24 de agosto de 2020

Atenas (1)




Entre el concierto y su posterior/estresante aventura moscovita, necesitábamos claramente una recarga de energía, haciéndola de cabezada en cabezada en el avión. De todas formas, no fue mucho tiempo porque aterrizamos en el aeropuerto Eleftherios Venizelos (nombre de quien fue siete veces primer ministro de Grecia) a primeras horas de la mañana. Tomamos un tren hasta el centro de la metrópolis y nos sentamos en la importante y animada Plaza Syntagma (Plaza de la Constitución) para desayunar.

Bueno, lo de animada como tal fue por la tarde, de entrada lo que abundan son personas durmiendo sobre cartones. Tomamos la sí que burbujeante calle Ermou, aparentemente la principal del centro, una parte de la ciudad más que reconocible por ser casi la única no cuadriculada. A lo largo de ella se combinaban las típicas y limpias franquicias con locales cerrados, carteleados y grafiteados.


A medio camino está Panaguia Kapnikarea, una muy pequeña iglesia ortodoxa de arquitectura bizantina que parece ser de las más antiguas de Atenas. Entre callejones ramificados, quioscos de prensa y puestecillos de comida terminamos saliendo por la izquierda. Un simple giro que nos llevó a mas silencio entre gatos que miraban de soslayo y abuelos viendo el tránsito desde sus terrazas. Pasamos las tiendas más familiares y subimos monte para empezar a divisar entre olivos el Templo de Erecteión. Los puestecillos eran ahora de bonitos y sencillos dibujos de los alrededores colgados de alambres cual papel fotográfico en el revelado.

Llegamos a un mirador desde el que sorprenderse porque, si bien la población de la ciudad no destaca respecto a la media europea, su tremenda extensión hasta el infinito sí que lo hace. Estaba presidido por la famosa Acrópolis de Atenas. No teníamos la intención de invertir nuestro tiempo y dinero en visitarla, menos aún con la masificación turística. La rodeamos y, aparte de negros ilegales con trabajos igualmente ilegales, había tinglados con las bufandas del Parathinaikos y Olympiacos.


Pero lo que llamaba la atención, quizá solamente a mí, era un hombre mayor con pelambrera abandonada, sentado justo en la sombra de unos árboles y rodeado de cartones. El más llamativo y visible ponía las palabras "Brain Tumor" acompañadas de imágenes del cerebro y un circulito marcando donde, supuestamente, lo tenía. Me acerqué a él para sustituir sus gritos agoreros a los cuatro vientos por una conversación más personal conmigo. Compartimos vivencias en común y me despedí amablemente sin, si no recuerdo mal, dejarle un duro.

Ya por el lado contrario y paralelo respecto a Ermou caminamos por Dionysiou Areopagitou, una calle de bonita peatonalización y florecidas casas que terminaba en unos de los barrios más nombrados por las guías turísticas; Plaka. Me recordó a Uskudar, la parte asiática de la relativamente cercana Estambul. Pero rápidamente pasamos por delante de lo que parecía sólo una panadería, mas también tenía opciones para almorzar en la terraza, y nos pedimos las típicas y riquísimas musacas para recordar que estábamos en Atenas. Es lo que ocurre cuando te duermes en Rusia y te despiertas en Grecia...

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