17 de marzo de 2020

Moscú (3)

Un clásico en nuestros viajes es desayunar en el hotel e ir a la parte más alta del mismo en busca de unas vistas que capturar. Cumplimos y tomamos el metro hasta la estación de Kuznetskiy para aparecer en una concurrida calle peatonal. Nos incorporamos a Ulitsa Bolshaya Lubyanka,  una gran avenida con tiendas y paseantes de mucho lujo (sí, eso de estar vacío pero aparentar lo contrario), demostrándolo tanto las marcas como las vestimentas respectivamente.

Llegamos al Teatro Bolshói y entreabrimos la puerta para investigar, pero los dos hombretones de turno nos echaron para atrás con mala cara. Empezó a llover con fuerza y nos cobijamos en una concurrida parada de autobús donde nadie le esperaba, teniéndome que poner pegado a la parte trasera. Cuando escampó nos dirigimos al cercano TsUM. Está en muchas guías, pero nos decepcionó por no ser más que un El Corte Inglés (¡socorro, ECI por todas partes!) estilo Puerto Banús. Hay que reconocer que el edificio como tal tiene su estilo/encanto gótico renacentista. Aquí también aprovechamos la azotea, donde se encontraba el restaurante, para ver los alrededores.

Un poco para acá y para allá hasta que nos paramos a preguntar por nuestro siguiente "check-point". La mujer, joven, alta y atractiva, nos dijo amablemente que la siguiéramos, que iba a pasar cerca. Nos dió unas ligeras indicaciones al despedirnos, pero terminamos volviendo a preguntar en la ya conocida y nombrada plaza del Monumento a Pushkin.

Resulta que a habíamos pasado por delante de Eliseevsky, pero su entrada era la de un portal común que llevaba a un pasillo también común. Se trata de un antiguo palacio contruido en el siglo XVIII y adaptado a ultramarinos por el comerciante y millonario Grigiry Eliseev. Robado/requisado/nacionalizado por los bolcheviques durante la Revolución Rusa (El Coleta piensa en estas cosas cada noche mientras se la...), siempre ha mantenido diseño y arquitectura neobarroca, así como productos tanto de la época como actuales. Lo estropea una pequeña habitación del fondo más estilo chino de barrio.

Todavía no entendemos el sentido de que dos grandes camiones de limpieza fueran disparando enormes chorros de agua al cielo. El caso es que, cuando lo vimos venir, corrimos a refugiarnos en una parte cubierta de la acera en la que restauraban un edificio. Esa coincidencia espacio-tiempo nos salvó de empaparnos como los almerienses camino de sus trabajos. Cruzamos la Plaza de la Revolución, nada que ver con la de La Habana en cuanto a estética, pero mucho encuanto a significado; cuando los comunistas masacran e invaden lo pintan todo de rosa (más bien de rojo) con la palabra "revolución". En fin, atravesamos una cuesta/curva/callejón para pararnos a almorzar.

El restaurante Vanil´noye Nebro estaba en una tranquila y sencilla plaza en la que había mesas en el exterior cubiertas con grandes sombrillas (menos mal). Los camareros eran una desagradable perroflauta y un servicial homosexual a leguas. Este último demostró su profesionalidad y decencia haciendo todo lo posible para protegernos y cubrirnos durante el diluvion universal que acaeció. Mientras tanto, la camarera se resguardaba y fumaba sin parar. Fue todo un momentazo; es inegable.

Fotografías:
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Página web:
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