14 de marzo de 2020

Moscú (2)



Continuamos hacia el reciente y moderno Parque Zaryadye, del que me encantó la parte del camino que quedaba suspendida sobre la carretera e incluso sobre el Río Moscova. Entre su muy bien diseñada y cuidada vegetación tiene muchos puntos de interés, como una sala de exposiciones incrustada en el terreno o una sala de conciertos de cubierta semitransparente. Esta última tiene también unas gradas exteriores en las que en ese momento la gente asistía a bailes de negros africanos. Lo hacían presididos por las grandes y coloridas letras que formaban BRICS, siendo las iniciales de Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica.

Entendí su significado por un pseudomáster que hice hace más de una década y describiéndolo ahora con vagancia y copia/pega de Wikipedia como: "asociación económica-comercial de las cinco economías nacionales emergentes que en la década de los 2000 eran las más prometedoras del mundo". Yo lo resumo como "países no de acuerdo con occidente y que planean por su cuenta". Y por nuestra cuenta nos volvimos por el lateral contrario al río, por donde se encuentran hermosos y reducidos edificios en los que se encuentran monasteriores, museos e iglesias.


Después de habernos pasado por encima el helicóptero oficial de Putin y, lógica y supuestamente, el mismo Putin para aterrizar en el muy cercano Kremlin, nos fuimos alejando del colosal Rascacielos de Stalin, las Siente Hermanas o, actualmente, Edificio Principal de la Universidad Estatal de Moscú. Y ya, para terminar el día de la llegada a Moscú, lo que nos quedaba por visitar era el GUM, un espectacular edificio tanto por fuera como por dentro y que alberga un lujoso y pijo centro comercial. Lo fuimos visitando entre sus victorianas plantas y pasillos, llamándome la atención una tienda de las marca TechnoGym, la de mi amada máquina Kinesis One.

Nos sentamos a merendar los típicos y baratos helados rusos y, tras ello, nos metimos en un ascensor para evitar las ya usadas escaleras mecánicas. Coincidimos en el mismo con una mujer con un carro y vestimenta trabajadora que nos miró con desconfianza. Entonces la puerta se abrió y aparecimos en las cocinas subterráneas, saliendo la nombrada y quedándonos nosotros como si nada. Parecía no ser ascensor para el público, y no recuerdo ni como, terminamos en otra planta subterránea ocupada con un supermercado "gourmet" a lo El Corte Inglés, y que no habríamos descubierto si no fuera por este lío. Me recordó a la escena de Indiana Jones en la que Harrioson Ford y Sean Connery, sentados y atados, aparecen sin querer por donde no debían.


Pasando por delante del Teatro Bolshói nos metimos en el metro. Un rato después, y supuestamente, habíamos salido de la misma parada que por la mañana. Es decir, la del hotel. Pero no reconocíamos nada y no sabíamos por qué. Perdidos de nuevo y con Google Maps liándonos aún más, comenzamos a preguntar por aquí y por allá. En una floristería que todavía estaba abierta no tenían ni idea. Mirando un mapa de nuevo en la estación se nos acercó un hombre que, estando en Málaga, sería un chusma para robar/pedir. Pero, no, venía a ofrecerse para ayudarnos en vista de la pinta de desesperados que tendríamos. No fue la única vez, pues los rusos se acercan en cuanto intuyen duda.

Entre una cosa y otra y un buen rato después terminamos descubriendo que esa estación de metro tenía cuatro salidas/entradas, en distintas calles cada una y a tropecientos metros de una a otra. Una vez ubicados, entramos en nuestro Opencor de turno (espero que ECI me pague por mis citas) y llegamos al hotel. Nos dijo la recepcionista que no había habitación libre, pero que para compensar las molestias nos tenían una reservada en el otro Ibis de enfrente, de una estrella más. Bueno, una recompensa tras la odisea.

Fotografías:
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