10 de marzo de 2020

Flecha Roja



Tocaba despedirnos de San Petersburgo yendo al hotel para recoger nuestro equipaje. Al hotel... como si fuera tan fácil... ¿Dónde están las salidas de estas estaciones de metro? ¡Donde dicen los mapas de las paredes desde luego que no! Y es que, como ya había ocurrido y sido narrado, volvimos a perdernos por las profundidades de Petrogrado/Leningrado. Esta vez no estábamos para perder tiempo y, entre hastiados y desesperados, pillamos un taxi en la enésima y aleatoria estación por la que sacamos la cabeza.

Sí, sí, claro, como si se acabaran los problemas. El taxista hablaba el inglés de más allá de los Urales, y que entendiera a donde nos tenía que llevar llevó un rato. A eso hubo que sumarle el acuerdo de precio. Una vez que parecía todo listo nos pusimos en marcha, pero por el camino se puso a hablar por teléfono con alguien y al poco nos lo pasó. Parece ser que era su mujer, no sabiendo a día de hoy si era para que nos entendiésemos y aclarásemos con ella sobre el destino (¿pero no estábamos yendo hacia allá?) o para confirmar que su marido no le mentía. La llamada no sirvió de nada, continuando Lola y yo con prisas y los dedos cruzados para que todo saliera bien.

Afortunadamente, el loco y simpático taxista nos dejó en el hotel, cobrándonos más de lo que dijo, pero no había mucha diferencia y sí teníamos mucha prisa como para discutir. Cuando nos hicimos con nuestras maletas, en la recepción nos dijeron que teníamos que pagar una tasa de "yonosequé". Le contestamo a la chica que la compañera que nos recibió nos dijo que no teníamos más que pagar y que así iba a ser. Lo dijimos clara e imponentemente y nos fuimos. No estaba muy convencida de tener que cobrarnos, pero tenía que intentarlo.

Con el típico ruido del rodar de las maletas caminamos a paso ligero hasta la estación de tren. Un poco de información para confirmar, unas contadas viandas para el trayecto y unos preventivos desagües. Creo que fue entonces cuando terminamos saliendo sin querer por un lateral de la estación, teniendo que rodearla para repetir la operación de entrada. Y, sí, allí estaba el Flecha Roja, un histórico y mítico tren en el que, como se recuerda siempre, fue Anastasia. La única vez que había tomado un tren nocturno y había dormido en él fue cuando era relativamente pequeño, de Málaga a Barcelona y vuelta. Lo poco que lo recuerdo convertía esta ocasión en la primera.... prácticamente.

Se mantiene en todo lo posible la decoración de entonces, aparte de algún que otro detalle tecnológico. Muchos lujos y comodidades para tan poco espacio, descubriendo una cosa nueva cada vez que tirábamos de un mecanismo o pulsábamos un botón. Un asiento a cada lado con la opción de convertirse en cama, una mesa con revistas y tentempiés, un hueco en las alturas donde subir las maletas y alguna que otra pijada más. Estuvimos un buen rato buscando el truco para acceder al cuarto baño privado que no existía. La tele en ruso sólo era útil para dar un ambiente zarino y bohémio, mas poco más. El tren partía a las doce de la noche y tan cansados como estábamos (mmm... más bien "estaba") nos echamos a dormir.

La luz de la mañana nos fue despertando hasta que abrimos las cortinas. Es una maravilla empezar el día atravesando los magestuosos bosques rusos y con el sonido y tambaleo del tren. Es una experiencia que impresiona por más que la esperes, pudiéndose ver muy normal en una pantalla pero única en la realidad. Después de un buen rato deleitándonos y comentando apareció una mujer hora antes de la llegada, como ya sabíamos, para traernos el desayuno. Crepés abiertos para rellenarlos a nuestro gusto con mermelada o salmón ahumado, yogures Danone con su nombre en cirílico, etc. No recuerdo si nos trajo infusión al final. Creo que sí.

Teníamos que habernos despertado aún más temprano, pues se me hizo corto ese disfrute de aproximadamente dos horas, pero tampoco es un viaje para despertadores y estrés, sino para relajarse y disfrutar con cada detalle. Una experiencia que aclaró todas las dudas que teníamos antes de decidirnos por su reserva. Sí, merecía la pena más que de sobra.
 
Ya estábamos viendo fábricas y moles diversas, lo que significaba que estábamos entrando en Moscú. Una ciudad que, con sólo su nombre, te avisa de que no es una cualquiera. Salíamos del ya solitario tren mientras nos fijábamos en los pasillos del interior y de la estética exterior, aprovechado la luz natural que no tuvimos por la noche . Hicimos unas pocas fotografías de recuerdo y nos fuimos alejando del Flecha Roja bajo la atenta mirada de sus serviciales y elegantes trabajadoras.

Fotografías (San Petersburgo):
https://www.flickr.com/photos/alvaromartinfotografia/albums/72157711918114252

Fotografías (Moscú):
https://www.flickr.com/photos/alvaromartinfotografia/albums/72157708972376852

Página web:
http://www.alvaromartinfotografia.com