28 de febrero de 2020

San Petersburgo (6)



Allá por finales de los ochenta y principios de los noventa había en España pocas cadenas de televisión comparado con ahora, muchas menos de pago. No recuerdo si en La 2, en un Canal + recién aparecido entonces, e incluso en un VHS ya desaparecido ahora, el caso es que vi un documental (creo que de National Geographic) del Museo Hermitage que se me quedó grabado. Treinta años después me encontraba en su interior esperando una considerable cola de seguridad para acceder a la exposición. La escalera principal te recibe con sus paredes blancas y decoración dorada. Esquivando a las poco avanzadas de mente (en incluso dementes) "instagramers" posando cual patéticas divas entramos a las salas como tal.

Y continuamos con los autómatas en Rusia, encontrándonos al poco de entrar en la Sala Pabellón con el Reloj del Pavo Real. Hecho por un británico y adquirido por la zarina Catalina II, ahora es de nuevo una novedad tras meses de restauración. Nosotros no lo vimos en movimiento porque lo hace a las horas en punto, pero por lo visto el pavo real, acompañado por un gallo y un búho, gira y levanta sus plumas timoneras o rectrices con música de acompañamiento.

En la misma sala se encuentra otra de las cosas que más me gustaron del museo, siendo esta el Mosaico Romano, una gran imagen circular en el suelo y presidida en el centro por la cara de no encuentro quién. Está rodeado de numerosas escenas entre personajes mitológicos y gladiadores, siendo una réplica de uno situado en El Vaticano.

Era el único día en el que, aun estando seminublado, la luz solar daba de forma directa en muchas partes de San Petersburgo, lo cual sólo pudimos disfrutar a través de los ventanales del Hermitage (por cierto, proveniente de "ermitage", "ermita" en francés). Lucía esplendorosa, por ejemplo, la Isla de Záyachy que visitamos la tarde anterior. También daba al Río Nevá un interminable pasillo a lo largo del cual se me iba cayendo la baba conforme me deleitaba con cada una de las miles de pinturas que lo forraban.

Bueno, tampoco voy a describir toda la visita porque estuvimos en ello desde poco después de la apertura hasta su cierre a las seis de la tarde. Entre salas y salones, pinturas y esculturas, países y épocas, techos curvados y acristalados. Hicimos una parada intermedia para comer lo que y como buenamente pudimos y terminamos comprando libros y recuerdos. Y para recuerdo el de la guiri de turno entrando por la salida e ignorando a los vociferantes y firmes encargados. En fin, un descomunal y excelente museo que, para ver y entender cada una de sus habitaciones y obras de arte, hay que verlo varias veces y por partes para no "stendhalizarse".

Parafraseando al monologuista Pepe Céspedes, antes de que llegara la oscuridad la luz aún estaba allí. Y eso aprovechamos para tomar un barco frente al Museo de Antrpología y Etnografía para hacer un típico tour turístico y rematar la estancia en la ciudad. La voz rusa proveniente de los altavoces era un poco pesadillesca conforme iba describiendo por donde pasábamos. Prácticamente no vimos nada nuevo a la vez que nuevo era todo. Desde las aguas del Nevá y sus afluentes todo se veía diferente.

De orilla a orilla hasta introducirnos por los canales interiores de San Petersburgo. Giros milimétricos del más que acostumbrado capitán, cesiones magistrales con compañeros en los cruces y pasos bajo puentes de gálibo discutible nos devolvieron al punto inicial. Todavía no soy realmente consciente del valor de haber estado en una ciudad con tanta historia concentrada a tantos kilómetros de donde vivo.

Fotografías:
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