16 de abril de 2020

Moscú (6)













Que la Catedral de Cristo Salvador actual no tenga más de veinte años no le resta un ápice de magestuosidad y atracción; qué menos con las tecnologías de ahora. La combinación de sus paredes blancas y sus torres doradas la hacen limpia y preciosa. Pero, más allá de su exterior, y por mas viajes que hago, no termino de pillar las reglas del poder o no hacer fotografías en museos, catedrales, etc. Casi convencido de que es un producto de la aleatoria estupidez humana, resumiré lo que primero se me vino a los ojos: el hermoso fresco de la cúpula, sus más de diez portales y el original iconostasio.

A diferencia de la catedral original, y elujubrando que aprovechando el hueco de la enorme piscina que hubo entre la existencia temporal de la una y la otra, la catedral nueva tiene un sótano. En él está la Iglesia de la Transfiguración del Señor. Se accede por una estrecha escalera que no recuerdo si de caracol, pero sí curvada. No me viene a la cabeza ninguna otra catedral o iglesia con otra bajo la misma. Quizá me suena una cripta o similar en Edimburgo...

Detrás de Cristo Salvador hay un puente peatonal y de acero llamado Patriarshiy, que cruza el río Moscova y el canal Vodootvodny, atravesando la isla que hay entre ambos. Este segundo tramo es el que cruzamos el día anterior, y, respecto al primero, nos paramos echados en la barandilla para disfrutar del relativamente cercano Kremlin. Como era nuestro próximo destino, bajamos por unas escaleras semioculas para caminar en parapelo y en sentido contrario al río hasta plantarnos frente a una de las torres puntiagudas de las turbias y misteriosas instalaciones; Puerta Borovitsky.

Empezamos a recorrer el Jardín de Alexander con las murallas del Kremlin a la derecha y estuvimos tanteando para entrar en el Museo de la Armería, pero terminamos por desistir dado el tiempo que nos quedaba; sólo entramos a echarle un ojo a la tienda. También nos paramos y sentamos en la acera para tomarnos otro de los típicos helados de los puestecillos de por allí. Nos encontramos con la Tumba del Soldado Desconocido y un par de soldados firmes a cada lado, tras la cual se encuentra una larga losa de granito rojo dividida en 33 partes, representando cada una de ellas a las ciudades de la gloria militar.

Comimos en el sótano de una más que decente hamburguesería de la calle Kuznetskiy, frente al centro comercial Tsum. Cruzamos entre Ferrari y Maserati hasta la Plaza de la Revolución para tomar el metro en la estación de Teatral'naya y despedirnos del Moscú. Del centro, claro, porque todavía quedaba una gran tarde/noche...

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2 de abril de 2020

Moscú (5)

La Biblioteca Nacional Rusa de San Petersburgo no la llegamos a ver, con lo que la Biblioteca del Estado Ruso de Moscú no nos la podíamos perder. A pesar de que Dostoyevsky nos recibió con simpatía y amabilidad, yo, tanto antes como después del viaje, continúo más afín a Tolstói. Contra aquellos que nos gobiernan y La muerte de Ivan Ilich me han encantaron respectivamente.

El día estaba muy soleado y la luz entraba a borbotones por los ventanales. Eso no impedía que las enormes lámparas dejaran de lucir colgando y enganchadas de trabajados techos y marmoleadas columnas; todas encendidas. Tras la seguridad, comenzamos a subir tremendas escalinatas con lectores y estudiantes a ambos lados.

Fuimos atravesando y descubriendo entre grandes y ordenadas estanterías de madera y tambaleantes y saturados estantes metálicos. Las típicas pantallas bibliotecarias verdes que recubren las bombillas de luz anaranjada, una por cada mesa de los muchos universitarios que había, me recordó a la estupenda película de Los ríos de color púrpura y me recordó que la segunda parte me queda por ver.

Y un rayo de lógica y explicación brotaba al pasar de la calle Mokhovaya a la Volkhonka entre cuesta abajo, obras y un cruce de grafitis por las paredes exteriores de los edificios y presidido por Vladímir el Grande con su enorme cruz. Y es que, lo que de entrada creíamos que era una facultad, resultó siendo el Museo Pushkin, el más grande de Rusia tras el Hermitage.

Cuando terminan los edificios de la acera contraria y aparece de repente un monumento de tamaña envergadura como la Catedral de Cristo Salvador (o Redentor) te quedas boquiabierto. Y es que, dentro de las ortodoxas, es la más alta del mundo con sus 103 metros.

Fue construida en el siglo XIX pero, tras la llamada "revolución" de los socialcomunistas de la URSS, y a lo que también se dedicaban en los tiempos previos a la Guerra Civil Española, la demolieron entre fusilamiento y fusilamiento. Se supone que era para construir el denominado Palacio de los Sóviets, pero éste nunca fue levantado.

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31 de marzo de 2020

Moscú (4)

Ya había dejado de llover y aprovechamos para atravesar la Plaza Roja, cruzar el puente Bolshoy Moskvoretsky (que estaba en obras...) sobre el río Moscova y plantarnos en la serpenteante isla. Caminamos por el lado sur de ésta y fuimos disfrutando de las casas del lado opuesto, con bonitos y suaves colores. Cruzamos de nuevo, esta vez no el río sino el canal, por el puente Luzhkov. Éste es peatonal y curvado, con la peculiaridad de tener escalones por la parte central. El otro lado del canal ya pertenecía al distrito de Zamoskvorech, y continuamos paseando por la ribera de éste. Había grupos de jóvenes protegiéndose bajo los puentes mientras hablaban, escuchaban música y monopatinaban. De hecho, por todo el borde del río, una vez reincorporado el canal, había rampas "half pipe" invertidas que no sé si eran también para ello.

Aparte del monumento a Pedro el Grande, visible desde lejos por sus velas, y la cercana y dorada cúpula de la Catedral de Cristo Salvador, se veía en la lejanía y a través de los pequeños callejones un enorme edificio que me desorientó. Pensaba que era el Edificio de Kotelnicheskaya Naberezhnaya (Universidad Estatal de Moscú), visto el día anterior. Pero, no, resulta que las Siente Hermanas, que también había citado pero sin saber qué eran realmente, son los siete rascacielos de estilo soviético que hay repartidos por Moscú. El de este caso era el Ministerio de Asuntos Exteriores.

Después de hombres enchaquetados que salían a fumar en los portales de sus oficinas, pasamos por delante del Central House of Artist, el cual parece incluir el Museo de Arte Contemporáneo New Tretyakov, galerías un poco anticuadas y exposiciones temporales. Me llamó la atención que, una cosa que me encontré y sorprendió hace más de veinte años junto al Guadalquivir, como son chorros de agua que surgían del mismo suelo para refrescarse, estuvieran también junto al Moskova, frente a la galería. No es que sea un gran descubrimiento, pero me extrañó en una ciudad como Moscú. También es cierto que, investigando por la red, se ven muchas personas tomando allí el sol en verano. El cambo climático...

Empezó a llover de nuevo y nos resguardamos entre los que parecían ser puestos para ferias, mercadillos, quioscos o a saber; pero vacíos. Fue una bonita escena la del rascacielos de fondo, los tardíos rayos de sol entre las nubes y las gotas de agua sobre el crucero turístico estilo Mississippi. Dejamos atrás a una romática pareja también resguardada (¿está en su sitio la palabra "también"?) y a un chaval absorto en su móvil para profundizar en el Parque Gorki y hacer parada a merendar.

Tras porciones de pasteles e infusiones de tés nos levantamos para voler por otra parte del parque. A pesar de que el sol había desaparecido y estaba chispeando, había más viandantes por allí. Unos trabajadores montando y probando un escenario y un estanque con grandes chorros de colores nos llevaron hasta el museo del parque, con grandes columnas y adornos soviéticos, incluyendo la cara de Lenin. Nos pusimos a cubierto para aprovechar las muchas alternativas fotográficas que daba, sobre todo con el ojo de pez.

Ahora, a tiempo pasado, me da mucho coraje no haber continuado hasta el final del parque pues, aparte de haber localizado el estadio Luzhniki, a donde iríamos el día siguiente, hubiéramos descubierto el famosos y, por lo que veo, precioso Cementerio Novodévichi. También es verdad que la lluvia y la noche no acompañaban a ello. Y, además, creía que era donde se desarrolló una escena de Golden Eye (una de mis películas preferidas) pero, no; fue en el Memento Park de Budapest (¡pero tampoco lo ví allí!). Subimos la gran avenida o casi autovía proveniente del Puente de Krimsky para entrar en la estación de metro de Oktiábrskaya.

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17 de marzo de 2020

Moscú (3)

Un clásico en nuestros viajes es desayunar en el hotel e ir a la parte más alta del mismo en busca de unas vistas que capturar. Cumplimos y tomamos el metro hasta la estación de Kuznetskiy para aparecer en una concurrida calle peatonal. Nos incorporamos a Ulitsa Bolshaya Lubyanka,  una gran avenida con tiendas y paseantes de mucho lujo (sí, eso de estar vacío pero aparentar lo contrario), demostrándolo tanto las marcas como las vestimentas respectivamente.

Llegamos al Teatro Bolshói y entreabrimos la puerta para investigar, pero los dos hombretones de turno nos echaron para atrás con mala cara. Empezó a llover con fuerza y nos cobijamos en una concurrida parada de autobús donde nadie le esperaba, teniéndome que poner pegado a la parte trasera. Cuando escampó nos dirigimos al cercano TsUM. Está en muchas guías, pero nos decepcionó por no ser más que un El Corte Inglés (¡socorro, ECI por todas partes!) estilo Puerto Banús. Hay que reconocer que el edificio como tal tiene su estilo/encanto gótico renacentista. Aquí también aprovechamos la azotea, donde se encontraba el restaurante, para ver los alrededores.

Un poco para acá y para allá hasta que nos paramos a preguntar por nuestro siguiente "check-point". La mujer, joven, alta y atractiva, nos dijo amablemente que la siguiéramos, que iba a pasar cerca. Nos dió unas ligeras indicaciones al despedirnos, pero terminamos volviendo a preguntar en la ya conocida y nombrada plaza del Monumento a Pushkin.

Resulta que a habíamos pasado por delante de Eliseevsky, pero su entrada era la de un portal común que llevaba a un pasillo también común. Se trata de un antiguo palacio contruido en el siglo XVIII y adaptado a ultramarinos por el comerciante y millonario Grigiry Eliseev. Robado/requisado/nacionalizado por los bolcheviques durante la Revolución Rusa (El Coleta piensa en estas cosas cada noche mientras se la...), siempre ha mantenido diseño y arquitectura neobarroca, así como productos tanto de la época como actuales. Lo estropea una pequeña habitación del fondo más estilo chino de barrio.

Todavía no entendemos el sentido de que dos grandes camiones de limpieza fueran disparando enormes chorros de agua al cielo. El caso es que, cuando lo vimos venir, corrimos a refugiarnos en una parte cubierta de la acera en la que restauraban un edificio. Esa coincidencia espacio-tiempo nos salvó de empaparnos como los almerienses camino de sus trabajos. Cruzamos la Plaza de la Revolución, nada que ver con la de La Habana en cuanto a estética, pero mucho encuanto a significado; cuando los comunistas masacran e invaden lo pintan todo de rosa (más bien de rojo) con la palabra "revolución". En fin, atravesamos una cuesta/curva/callejón para pararnos a almorzar.

El restaurante Vanil´noye Nebro estaba en una tranquila y sencilla plaza en la que había mesas en el exterior cubiertas con grandes sombrillas (menos mal). Los camareros eran una desagradable perroflauta y un servicial homosexual a leguas. Este último demostró su profesionalidad y decencia haciendo todo lo posible para protegernos y cubrirnos durante el diluvion universal que acaeció. Mientras tanto, la camarera se resguardaba y fumaba sin parar. Fue todo un momentazo; es inegable.

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14 de marzo de 2020

Moscú (2)



Continuamos hacia el reciente y moderno Parque Zaryadye, del que me encantó la parte del camino que quedaba suspendida sobre la carretera e incluso sobre el Río Moscova. Entre su muy bien diseñada y cuidada vegetación tiene muchos puntos de interés, como una sala de exposiciones incrustada en el terreno o una sala de conciertos de cubierta semitransparente. Esta última tiene también unas gradas exteriores en las que en ese momento la gente asistía a bailes de negros africanos. Lo hacían presididos por las grandes y coloridas letras que formaban BRICS, siendo las iniciales de Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica.

Entendí su significado por un pseudomáster que hice hace más de una década y describiéndolo ahora con vagancia y copia/pega de Wikipedia como: "asociación económica-comercial de las cinco economías nacionales emergentes que en la década de los 2000 eran las más prometedoras del mundo". Yo lo resumo como "países no de acuerdo con occidente y que planean por su cuenta". Y por nuestra cuenta nos volvimos por el lateral contrario al río, por donde se encuentran hermosos y reducidos edificios en los que se encuentran monasteriores, museos e iglesias.

Después de habernos pasado por encima el helicóptero oficial de Putin y, lógica y supuestamente, el mismo Putin para aterrizar en el muy cercano Kremlin, nos fuimos alejando del colosal Rascacielos de Stalin, las Siente Hermanas o, actualmente, Edificio Principal de la Universidad Estatal de Moscú. Y ya, para terminar el día de la llegada a Moscú, lo que nos quedaba por visitar era el GUM, un espectacular edificio tanto por fuera como por dentro y que alberga un lujoso y pijo centro comercial. Lo fuimos visitando entre sus victorianas plantas y pasillos, llamándome la atención una tienda de las marca TechnoGym, la de mi amada máquina Kinesis One.

Nos sentamos a merendar los típicos y baratos helados rusos y, tras ello, nos metimos en un ascensor para evitar las ya usadas escaleras mecánicas. Coincidimos en el mismo con una mujer con un carro y vestimenta trabajadora que nos miró con desconfianza. Entonces la puerta se abrió y aparecimos en las cocinas subterráneas, saliendo la nombrada y quedándonos nosotros como si nada. Parecía no ser ascensor para el público, y no recuerdo ni como, terminamos en otra planta subterránea ocupada con un supermercado "gourmet" a lo El Corte Inglés, y que no habríamos descubierto si no fuera por este lío. Me recordó a la escena de Indiana Jones en la que Harrioson Ford y Sean Connery, sentados y atados, aparecen sin querer por donde no debían.

Pasando por delante del Teatro Bolshói nos metimos en el metro. Un rato después, y supuestamente, habíamos salido de la misma parada que por la mañana. Es decir, la del hotel. Pero no reconocíamos nada y no sabíamos por qué. Perdidos de nuevo y con Google Maps liándonos aún más, comenzamos a preguntar por aquí y por allá. En una floristería que todavía estaba abierta no tenían ni idea. Mirando un mapa de nuevo en la estación se nos acercó un hombre que, estando en Málaga, sería un chusma para robar/pedir. Pero, no, venía a ofrecerse para ayudarnos en vista de la pinta de desesperados que tendríamos. No fue la única vez, pues los rusos se acercan en cuanto intuyen duda.

Entre una cosa y otra y un buen rato después terminamos descubriendo que esa estación de metro tenía cuatro salidas/entradas, en distintas calles cada una y a tropecientos metros de una a otra. Una vez ubicados, entramos en nuestro Opencor de turno (espero que ECI me pague por mis citas) y llegamos al hotel. Nos dijo la recepcionista que no había habitación libre, pero que para compensar las molestias nos tenían una reservada en el otro Ibis de enfrente, de una estrella más. Bueno, una recompensa tras la odisea.

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Moscú (1)

Delante de la misma Estación Leningradsky (noreste) tomamos el metro, hicimos transbordo a la línea 7 (Tagansko-Krasnopresnenskaya), apareciendo en la calle Marshala Biryuzova (noroeste) y comenzando a preguntar a los transeuntes hacia donde dirigirnos. Los rusos, encontra de lo que se suele pensar, son la mar de simpáticos y educados, pero casi nadia sabía dónde estaba el Ibis. Con esto, y tras esperarnos un rato sentados en un escalón de la acera, dimos unas vueltas para acá y para allá, bajo la autovía y de nuevo de vuelta. Resulta que lo teníamos relativamente cerca, tras un recinto entre cerrado y abierto de moles feas.

Tras disquisiciones y discusiones variadas sobre qué llevar y qué dejar en consigna, cruzamos el cercano parque presidido por un tanque T34, callejeamos entre bloques bajos y arboledas y cogimos de nuevo el metro hasta la calle Tverskaya, al lado del sencillamente nombrado Teatro de Rusia. Cruzamos por un paso subterráneo la avenida perpendicular y echamos un rato en la Plaza de Manège, donde se encuentra una cúpula de cristal coronada por una estatua de San Jorge a caballo y luchando contra un dragón. Entre tiovivo y mercadillo, entre la Duma de Moscú y el Museo Estatal de Historia, pasamos por la preciosa Puerta y Capilla Ibérica hasta llegar a la Plaza Roja.

Prácticamente toda la plaza estaba invadida por el montaje o desmontaje de decenas de casetas, lo que se puede incluir en las obras y más obras que uno va encontrándose en cada viaje. En la Plaza Roja hay dos catedrales: la famosa de San Basilio y la menos conocida de Kazán. Esta es muy pequeña pero merece la pena. Me dió coraje que, por muy prohibido que estuviera realizar fotografías en su interior, me llamaran la atención por hacer una desde su interior, que es muy diferente. Recorrimos la plaza por el lateral izquierdo hacia la catedral de San Basilio, presidida por un monumento en representación de "con la mano abierta no pasa nah".

Hicimos parada en el restaurante Vanilla Sky para hacer "tsss, una rusita" y comprobar que las de allí no alcanzan ni por asomo a las de El Fali y sus compis (Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la UMA). Entramos en la última catedral citada y descubrimos que, a pesar de su apariencia relativamente pequeña en cuanto a tamaño, en su interior hay numerosos pasillos y encondrijos que husmear. Tuvimos la suerte de encontrarnos a un, diría yo que, barítono cantando a capela literalmente. De la misma forma que con las pruebas de la Plaza del Museo de San Petersburgo, se me pusieron los vellos de punta y se me siguen poniendo cada vez que recuerdo/veo el vídeo con el móvil.

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10 de marzo de 2020

Flecha Roja



Tocaba despedirnos de San Petersburgo yendo al hotel para recoger nuestro equipaje. Al hotel... como si fuera tan fácil... ¿Dónde están las salidas de estas estaciones de metro? ¡Donde dicen los mapas de las paredes desde luego que no! Y es que, como ya había ocurrido y sido narrado, volvimos a perdernos por las profundidades de Petrogrado/Leningrado. Esta vez no estábamos para perder tiempo y, entre hastiados y desesperados, pillamos un taxi en la enésima y aleatoria estación por la que sacamos la cabeza.

Sí, sí, claro, como si se acabaran los problemas. El taxista hablaba el inglés de más allá de los Urales, y que entendiera a donde nos tenía que llevar llevó un rato. A eso hubo que sumarle el acuerdo de precio. Una vez que parecía todo listo nos pusimos en marcha, pero por el camino se puso a hablar por teléfono con alguien y al poco nos lo pasó. Parece ser que era su mujer, no sabiendo a día de hoy si era para que nos entendiésemos y aclarásemos con ella sobre el destino (¿pero no estábamos yendo hacia allá?) o para confirmar que su marido no le mentía. La llamada no sirvió de nada, continuando Lola y yo con prisas y los dedos cruzados para que todo saliera bien.

Afortunadamente, el loco y simpático taxista nos dejó en el hotel, cobrándonos más de lo que dijo, pero no había mucha diferencia y sí teníamos mucha prisa como para discutir. Cuando nos hicimos con nuestras maletas, en la recepción nos dijeron que teníamos que pagar una tasa de "yonosequé". Le contestamo a la chica que la compañera que nos recibió nos dijo que no teníamos más que pagar y que así iba a ser. Lo dijimos clara e imponentemente y nos fuimos. No estaba muy convencida de tener que cobrarnos, pero tenía que intentarlo.

Con el típico ruido del rodar de las maletas caminamos a paso ligero hasta la estación de tren. Un poco de información para confirmar, unas contadas viandas para el trayecto y unos preventivos desagües. Creo que fue entonces cuando terminamos saliendo sin querer por un lateral de la estación, teniendo que rodearla para repetir la operación de entrada. Y, sí, allí estaba el Flecha Roja, un histórico y mítico tren en el que, como se recuerda siempre, fue Anastasia. La única vez que había tomado un tren nocturno y había dormido en él fue cuando era relativamente pequeño, de Málaga a Barcelona y vuelta. Lo poco que lo recuerdo convertía esta ocasión en la primera.... prácticamente.

Se mantiene en todo lo posible la decoración de entonces, aparte de algún que otro detalle tecnológico. Muchos lujos y comodidades para tan poco espacio, descubriendo una cosa nueva cada vez que tirábamos de un mecanismo o pulsábamos un botón. Un asiento a cada lado con la opción de convertirse en cama, una mesa con revistas y tentempiés, un hueco en las alturas donde subir las maletas y alguna que otra pijada más. Estuvimos un buen rato buscando el truco para acceder al cuarto baño privado que no existía. La tele en ruso sólo era útil para dar un ambiente zarino y bohémio, mas poco más. El tren partía a las doce de la noche y tan cansados como estábamos (mmm... más bien "estaba") nos echamos a dormir.

La luz de la mañana nos fue despertando hasta que abrimos las cortinas. Es una maravilla empezar el día atravesando los magestuosos bosques rusos y con el sonido y tambaleo del tren. Es una experiencia que impresiona por más que la esperes, pudiéndose ver muy normal en una pantalla pero única en la realidad. Después de un buen rato deleitándonos y comentando apareció una mujer hora antes de la llegada, como ya sabíamos, para traernos el desayuno. Crepés abiertos para rellenarlos a nuestro gusto con mermelada o salmón ahumado, yogures Danone con su nombre en cirílico, etc. No recuerdo si nos trajo infusión al final. Creo que sí.

Teníamos que habernos despertado aún más temprano, pues se me hizo corto ese disfrute de aproximadamente dos horas, pero tampoco es un viaje para despertadores y estrés, sino para relajarse y disfrutar con cada detalle. Una experiencia que aclaró todas las dudas que teníamos antes de decidirnos por su reserva. Sí, merecía la pena más que de sobra.
 
Ya estábamos viendo fábricas y moles diversas, lo que significaba que estábamos entrando en Moscú. Una ciudad que, con sólo su nombre, te avisa de que no es una cualquiera. Salíamos del ya solitario tren mientras nos fijábamos en los pasillos del interior y de la estética exterior, aprovechado la luz natural que no tuvimos por la noche . Hicimos unas pocas fotografías de recuerdo y nos fuimos alejando del Flecha Roja bajo la atenta mirada de sus serviciales y elegantes trabajadoras.

Fotografías (San Petersburgo):
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Fotografías (Moscú):
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28 de febrero de 2020

San Petersburgo (6)



Allá por finales de los ochenta y principios de los noventa había en España pocas cadenas de televisión comparado con ahora, muchas menos de pago. No recuerdo si en La 2, en un Canal + recién aparecido entonces, e incluso en un VHS ya desaparecido ahora, el caso es que vi un documental (creo que de National Geographic) del Museo Hermitage que se me quedó grabado. Treinta años después me encontraba en su interior esperando una considerable cola de seguridad para acceder a la exposición. La escalera principal te recibe con sus paredes blancas y decoración dorada. Esquivando a las poco avanzadas de mente (en incluso dementes) "instagramers" posando cual patéticas divas entramos a las salas como tal.

Y continuamos con los autómatas en Rusia, encontrándonos al poco de entrar en la Sala Pabellón con el Reloj del Pavo Real. Hecho por un británico y adquirido por la zarina Catalina II, ahora es de nuevo una novedad tras meses de restauración. Nosotros no lo vimos en movimiento porque lo hace a las horas en punto, pero por lo visto el pavo real, acompañado por un gallo y un búho, gira y levanta sus plumas timoneras o rectrices con música de acompañamiento.

En la misma sala se encuentra otra de las cosas que más me gustaron del museo, siendo esta el Mosaico Romano, una gran imagen circular en el suelo y presidida en el centro por la cara de no encuentro quién. Está rodeado de numerosas escenas entre personajes mitológicos y gladiadores, siendo una réplica de uno situado en El Vaticano.

Era el único día en el que, aun estando seminublado, la luz solar daba de forma directa en muchas partes de San Petersburgo, lo cual sólo pudimos disfrutar a través de los ventanales del Hermitage (por cierto, proveniente de "ermitage", "ermita" en francés). Lucía esplendorosa, por ejemplo, la Isla de Záyachy que visitamos la tarde anterior. También daba al Río Nevá un interminable pasillo a lo largo del cual se me iba cayendo la baba conforme me deleitaba con cada una de las miles de pinturas que lo forraban.

Bueno, tampoco voy a describir toda la visita porque estuvimos en ello desde poco después de la apertura hasta su cierre a las seis de la tarde. Entre salas y salones, pinturas y esculturas, países y épocas, techos curvados y acristalados. Hicimos una parada intermedia para comer lo que y como buenamente pudimos y terminamos comprando libros y recuerdos. Y para recuerdo el de la guiri de turno entrando por la salida e ignorando a los vociferantes y firmes encargados. En fin, un descomunal y excelente museo que, para ver y entender cada una de sus habitaciones y obras de arte, hay que verlo varias veces y por partes para no "stendhalizarse".

Parafraseando al monologuista Pepe Céspedes, antes de que llegara la oscuridad la luz aún estaba allí. Y eso aprovechamos para tomar un barco frente al Museo de Antrpología y Etnografía para hacer un típico tour turístico y rematar la estancia en la ciudad. La voz rusa proveniente de los altavoces era un poco pesadillesca conforme iba describiendo por donde pasábamos. Prácticamente no vimos nada nuevo a la vez que nuevo era todo. Desde las aguas del Nevá y sus afluentes todo se veía diferente.

De orilla a orilla hasta introducirnos por los canales interiores de San Petersburgo. Giros milimétricos del más que acostumbrado capitán, cesiones magistrales con compañeros en los cruces y pasos bajo puentes de gálibo discutible nos devolvieron al punto inicial. Todavía no soy realmente consciente del valor de haber estado en una ciudad con tanta historia concentrada a tantos kilómetros de donde vivo.

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San Petersburgo (5)



El Puente del Palacio es el más icónico de la ciudad, sobre todo cuando se abre para el paso de los grandes barcos. Nosotros lo que hicimos fue caminar sobre él para cruzar el Río Nevá hasta la Isla Vassiltievsky. Dejamos a nuestra izquierda el Museo Zoológico y el Museo Central Naval (no viendo ninguno entre horarios y obras), y a la derecha un pequeño mirador.

Al poco cruzamos otro puente (traduzcámolo como "Puente del Intercambio") hasta la Isla de Petrogradosky. Unos pasos más allá había un barco antiguo y amarrado, reformado para restaurante y... ¿gimnasio? No hay dos sin tres y, por fin, terminamos en la Isla de Záyachi a través de un pequeño y cuidado puente de madera. Fuimos rodeando las murallas de la Fortaleza de San Pedro y San Pablo hasta dar con la entrada. Al oeste de la catedra, y por lo tanto también de la isla, se situa el Bastión Trubetskoy. Era el edificio principal de cuando todo el recinto funcionaba como cárcel.

El interior de la catedral, en comparación con muchas otras visitadas, no es espectacularmente curiosa. Pero sí que lo es lo que hay bajo ella; todos los zares enterrados. En las dos paredes de un pasillo había textos, imágenes y un árbol genealógico. En Rusia, como en la mayoría de los países, respetan su historia, sin habérseles ocurrido desenterrar ni trasladar cadáveres en helicóptero y con mala leche. Una vez fuera de la catedral y mientras Lola y yo le echábamos un ojo a unos carteles que había al aire libre, sí que nos pasó por encima (tampoco podía ser por otro lado) un enorme helicóptero, porque parecía haber una base militar al otro lado del Estrecho de Kronverkoky; en realidad, un canal.

Resulta que la Isla Záyachy significa Isla de los Conejos, quedándose Lola fotografiando una graciosa escultura de ellos. Yo, mientras tanto, anduve esta vez hacia el este de la fortaleza, salí de ella, la bordeé por sus arenas para, entrar por donde llegamos, y dar con Lola un buen rato después. Una vez juntos, cruzamos hacia la más que transitada Avenida Kameenstrovsky (otro de esos nombres que se me olvidan nada más leerlos).

La Mezquita de San Petersburgo siempre aparece sola e iluminada; resplandeciente. Pero, como suele ocurrir y termino diciendo, cuando te plantas en persona delante del monumento, pues... Es precioso, de eso no hay duda, pero había personas de cháchara en la puerta, un coche en doble fila y estaba muy nublado. La típica fotografía con chica de espalda subiendo los escalones, como que no. Quedémonos con que hemos visto la, hasta principios del siglo XX, la mezquita más grande y alta del mundo.

Terminamos la más que completa jornada merendando pasteles e infusiones en la cadena CoffeeShop Company, disfrutando de la calefacción y el silecion (quizá demasiado este último) y mirando la estación de metro de Gorkovskaya (dedicada al escritor Máximo Gorki), muy llamativa por su forma de platillo volante e iluminación.

Y fue por donde nos fuimos a las profundidades (bajo tierra y agua) para perdernos como nos ocurría siempre. No importa la seguridad con la que nos metiéramos en el vagón, que cuando salíamos a las frías calles petersburguesas nos teníamos que dar la vuelta. Por suerte y con el tiempo, todo pasó de risa a chachondeo. ¡Qué si no!

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10 de febrero de 2020

San Petersburgo (4)


En vez de salir esta vez del hotel girando a izquierda y derecha como el día anterior, lo hicimos a izquierda e izquierda para encarar la calle Ulitsa Nekrasova y descrubir otras áreas de San Petersburgo; más rusos y menos chinos.

Nos paramos a ver la entrada y los escaparates del teatro de marionetas Bolshoi, con curiosos muñecos y carteles. Aparecimos en una avenida más concurrida y la cruzamos un poco más adelante  para entrar en la calle Ulitsa Pestelya (en realidad "ulitsa" significa "calle" al igual que "prospekt" significa "avenida", con lo que reconozco mis redundancias).

Librerías infantiles, puestos de frutas y vecinos hablando en los portales. Un ambiente más de barrio a pesar de no estar especialmente lejos del centro. Lo que todo el rato veíamos al fondo de la calle estaba ahora a nuestro lado, tratándose de la Iglesia de San Gran Mártir y Sanador Pantaleón (la madre se lució...), y por cuyos alrededores Lola desapareció un rato.

Cruzamos preciosos puentes sobre los numerosos ríos y canales de la ciudad, recordándome uno de ellos al de Alejandro III de París. Atravesamos el Jardín Mikhailov, uno de los primeros desarrollos poco después de la fundación de San Petersburgo, pasando por detrás de nuestro destino.

El centro Colección Museo Ruso de San Petersburgo de Málaga es filial del Museo Estatal Ruso, y frente a este último nos encontrábamos. Mi visita en el Edificio de Tabacalera de mi ciudad poco después de la inaguración ni me decepcionó ni me impresionó, combinando verdaderas obras de arte con algún que otro elemento sobrante (realmente sólo hay uno hoy en día).

Esperaba mucho de este museo original y adelanto que para nada me desilusionó a pesar de no entrar por su esplendorosa portada sino por una escalera hacia pasillos subterráneos. Las salas eran sobrias y elegantes, cediendo el protagonismo a cuadros y esculturas. Tiene el mayor depósito de arte ruso y, lógicamente, lo expuesto es una esplendorosa muestra.

Lo que más marcado se me quedó  después de un par de horas fue lo esperado, es decir, las pinturas de la época soviética de hoz y martillo, de cazadores/agricultures en el campo y de trabajadores en la ciudad, sin dejar a un lado las imágenes de batallas y guerreros. Me encantó la también sencilla decoración del restaurante que está de paso hacia la salida, la cual nos aclaró al atravesarla la duda que tuvimos veinticuatro horas atrás

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9 de febrero de 2020

San Petersburgo (3)

Lo citado con anterioridad era sólo la guinda del pastel, ¡y menuda guinda y menudo pastel! Éste último es la Plaza del Museo (ya se podrían haber currado un poco más el nombre); semicircular, enorme y presidida por la Columna de Alejandro. Toda la parte curvada contraria al Hermitage es el Edificio del Estado Mayor.

Entre las dos alas hay un arco de triunfo conmemorando la victoria rusa sobre Napoleón tras la invasión de éste, usando para ello una llamativa escultura de un hombre (del que reconozco desconocer su identidad) con caballos a ambos lados. Por ahí se puede llegar a la parte ya final de la Avenida Nevsky atravesando el pasaje Bolshaya Norskaya. Pero no lo hicimos. Era 26 de Mayo, el día previo a la Fiesta Mayor de San Petersburgo, y estaban provando los equipos con una música celestial. He estado mucho tiempo buscando por Internet el concierto del día siguiente, pero nada. Suerte que Lola tiene un pequeño fragmento de las pruebas subido a Instagram.

Paramos a comer en Shaurma, justo en el comienzo de la Avenida Nevsky. A pesar de su sospechoso nombre no sólo había shawarmas, teniendo opciones de platos caseros. La que estaba en la caja me recordó a una camarera de Budapest en cuanto a pechos operados y rayos UVA, pero esta rusa era desagradable. De todas formas, volvimos los demas días por la localización.

Lo siguiente fue el parque donde se encuentra el edificio del almirantazgo, centro de diseño/construcción de barcos y con mucha influencia de Pedro I. Como tantos puntos de la ciudad, es Patrimonio Historico de la UNESCO y aparece en libros de, por ejemplo, Vladimir Nabokov. Entre hombres practicando esgrima y niños correteando dimos con el Caballero de Bronce, una escultura ecuestre de Pedro el Grande. Ésto lo acabo de descubrir, pues en vivo nos pareció Catalina la Grande a Lola y a mí.

Todavia en el mismo parque y entre las ramas de los árboles se podía entrever la esplendorosa cúpula de la Catedral de San Isaac. Creo que fue por la hora, pero terminamos por no subir, arrepintiéndonos de no haberlo intentado de nuevo, porque tenían que verse unas vistas alucinantes. Estuvimos observando una sesión fotográfica de boda en exteriores.

Pasamos por  uno de los lados del Monumento a Nicolás I (último, y asesinado junto a su familia por los comunistas, zar de Rusia) y cruzamos el Río Moika a través del Puente Azul. Sencillo pero precioso. Fuimos por la parte sur del cauce disfrutando de los bonitos y cuidados edificios del otro lado, alternando vivos colores entre ellos. El siguiente puente, como constaba escrito en el edificio de una de las cuatro esquinas del rectángulo, era el Au Pont Rouge. Sí, no me preguntéis por qué, pero estaba en francés. O, sí, ¡preguntádmelo, sí!

Y tras vueltas y vueltas aparecimos una vez más en la Avenida Nevsky, columna vertebral de San Petersburgo y razón por la que la nombro regularmente. La vida no era la de las cinco de la madrugada cuando bajamos, sino ahora con todas las tiendas abiertas y masas a las que esquivar. Una vez llegados al hotel, Lola y yo echamos una siesta y algo más. Aún por la tarde, pero con la luz absolutamente nocturna, nos acercamos a cenar a la rotonda de la estación; restaurante/bufet Stolovaya.

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27 de enero de 2020

San Petersburgo (2)

Las primeras pinceladas de esta Venecia norteña las descubrimos cuando cruzamos el Río Fortaka, en cuyo puente hay un hombre tocándole los huevos a su caballo. Dejando a un lado la Biblioteca Nacional de Rusia y al otro la Filarmónica de San Petersburgo, cruzamos esta vez el canal Griboedova para plantarnos ente a la Catedral de Kazán a la izquierda y la Iglesia del  Salvador Sobre la Sangre Derramada al fondo a la derecha.

Comenzamos recorriendo la zona circundante del parque que precedía a la catedral que lo presidía. La que parece fachada y entrada principal es en realidad un lateral, llevando a un bonito interior, mas más detallada y concreta sería la descripción proveniente de un experto en arte que de mí.

De nuevo cruzamos la Avenida Nevsky para recorrer el canal hasta la iglesia, no sin pararnos y entrar en la librería Don Knigi en el Singer Company Building, una imagen habitual en redes sociales o guías de San Petersburgo. En paralelo al agua nos detuvimos en el restaurante MOD (por lo visto, también tiene debajo o al lado su parte discotequera). Tomamos lo que parecía media manzana pintada de rojo, pero que terminó siendo un dulce riquísimo; infusiones aparte.

La iglesia es marcada y colorida en su exterior, estropeándola como siempre las obrass, siendo en este caso una especie de preservativo en la torre más alta. El interior es diáfano en cuanto a mobiliario, pero a tope de turistas, sobre todo de chinos cuyo único interés son las fotografías con el móvil. Para compensar todo están las pinturas que cubren techo y paredes, que son para quedarse un buen rato gozando de cada particularidad.

A  la salida paseamos por la otra parte del canal mientras íbamos echando un ojo a los puestecillos de mayor o menor atracción. Nos paramos e incluso abrimos una puerta para husmear lo que parecía un museo, pero como el cartel estaba en ruso no lo pudimos confirmar hasta el día siguiente.

Fuimos de un canal a otro en dirección noreste bordeando la zona aún más céntrica hasta dar con el Río Nevá (yo creo que único como tal) y pararnos a observar la panorámica, destacando la  justo enfrente Fortaleza de San Pedro y San Pablo, en la Isla Zayachy. La avenida paralela al río estaba cortada al tráfico aún no sé (o no recuerdo) por qué, con lo que paseábamos con total libertad.

Llegamos hasta el Puente del Palacio , uno de los muchos que se abren a la una de la madrugada para dejar pasar a barcos de mercancías y demás. Es una de las cosas que también aparece en todas las guías como imprescindible, pero nosotros ni mucho menos durábamos despiertos hasta entonces tras tantas horas de caminatas. Lo dejamos a la derecha y torcimos a la izquierda para rodear y plarnos frente al Palacio de Invierno. Es impresionante, grande y bonito. Y eso sólo de refilón nada más verlo, sin entrar en su historia, arquitectura, etc. Aprovechamos para ver el patio de la instalaciones  e informarnos sobre tarifas y horaios para el día siguiente.

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26 de enero de 2020

San Petersburgo (1)

Entre que si te iba a dar una sopresa, que si entonces para qué me lo dices, que si es que no sabía como hacerlo, que si entonces lo hago yo que sí sé, que si entonces no es una sorpresa, que si me da igual, que si bla, bla, bla... ¡Nos vamos a ver a Bon Jovi a Rusia! Extremismo puro; si no quedan entradas en el sitio más cercano (Madrid) pues nos vamos al más lejano (Moscú). Además, ya lo vi hará quince años en lo que se llamaba La Peineta. Billetes de avión, reservas de hotel, entradas para el concierto, visados, seguros médicos y... ¡despegamos!

Pero es que también lo vi en Barcelona unos pocos años después y allí es donde me encontraba un rato después haciendo unas horas de transbordo. No quería volver a pisar Cataluña para no dejar ni un sólo euro allí. No sólo porque ya le damos demasiado, sino porque a casi la mitad, ni agua. ¡Me sentiría el raro entre tanto Gurb! Me paré a pensar que los aeropuertos son zona neutral y, una vez más calmado mi patriotismo y horas de lectura, me puse a disfrutar de la Torre Collserola y del Templo del Tibidabo en la lejanía.

Ya aterrizados en el aeropuero de San Petersburgo nos enteramos de que la conexión autobús-metro entraría en funcionamiento en más de una hora, con lo que nos decantamos por un taxi. Entre el aeropuerto y lo que se podía ir considerando ciudad había unas afueras desoladoras. Grandes terrenos descampados por aquí y grupos de tres o cuatro edificios de más de veinte o treinta plantas por allá. Los cruces vacíos y los semáforos aburridos. Todo desierto y nosotros entre la soñolencia y la radio ininteligible de fondo.

Conforme íbamos entrando en San Petersburgo como tal empezaban a aparecer el orden, las calles y avenidas más señoriales y nuestro semioculto hotel. Éste era pequeño pero más que decente, con la pega de que nada más que había chinos acudiendo en tiempos cronometrados a  la  máquina de café e infusiones, pareciendo ser su único interés. La ciudad continuaba como deshabitada y con un frío terrible a pesar de ser (o parecer) de día. ¿Qué pasa? ¿Este es el esplendor de la famosa San Petersburgo? Pues sí, pero a las cinco de la madrugada que eran. Es lo que tienen las altas (o bajas) latitudes...

El hotel estaba cerca de la estación de tren, y dirigiéndonos hacia la rotonda/plaza en la que se encuentra pasamos por al lado de otro hotel llamado VOX. Cuando conoces a la persona con la que vas no hace falta más que señalar el cartel y emitir una ligera sonrisa para picarla telepáticamente. En la Plaza del Levantamiento, plagada de banderas rusas (¡pero qué fachas!) dejamos a un lado la curiosa estación de metro del mismo nombre para encarar la Avenida Nevsky, la principal de San Petersburgo y también con telas de los mismos tres colores cruzándola hasta el final (¡pero qué refachas!).

Lo poco abierto que nos íbamos encontrando avenida abajo era algún que otro antro del que salían jóvenes tambaleantes y vociferantes, más allá de vagabundos acurrucados. En vista del decrépito ambiente nos metimos en un extrañamente abierto y lógicamente vacío Starbucks para desayunar, envenenarnos y entrar en calor, ya que empezaba a ponerme en modo varsoviano.

El refrigerio nos permitió ir haciendo paradas para fotografiar detalles curiosos o disfrutar escaparates interesantes, porque estos turísticos de allí tenían su gracia con las conocidas "matrioshkas" y bonitos juguetes/adornos tales como los autómatas. Me vinieron a la mente libros como Las Luces de Septiembre y videojuegos como Syberia (su nombre ya le da cierta relación).

Fotografías:
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