18 de febrero de 2020

San Petersburgo (5)

El Puente del Palacio es el más icónico de la ciudad, sobre todo cuando se abre para el paso de los grandes barcos. Nosotros lo que hicimos fue caminar sobre él para cruzar el Río Nevá hasta la Isla Vassiltievsky. Dejamos a nuestra izquierda el Museo Zoológico y el Museo Central Naval (no viendo ninguno entre horarios y obras), y a la derecha un pequeño mirador.

Al poco cruzamos otro puente (traduzcámolo como "Puente del Intercambio") hasta la Isla de Petrogradosky. Unos pasos más allá había un barco antiguo y amarrado, reformado para restaurante y... ¿gimnasio? No hay dos sin tres y, por fin, terminamos en la Isla de Záyachi a través de un pequeño y cuidado puente de madera. Fuimos rodeando las murallas de la Fortaleza de San Pedro y San Pablo hasta dar con la entrada. Al oeste de la catedra, y por lo tanto también de la isla, se situa el Bastión Trubetskoy. Era el edificio principal de cuando todo el recinto funcionaba como cárcel.

El interior de la catedral, en comparación con muchas otras visitadas, no es espectacularmente curiosa. Pero sí que lo es lo que hay bajo ella; todos los zares enterrados. En las dos paredes de un pasillo había textos, imágenes y un árbol genealógico. En Rusia, como en la mayoría de los países, respetan su historia, sin habérseles ocurrido desenterrar ni trasladar cadáveres en helicóptero y con mala leche.

Una vez fuera de la catedral y mientras Lola y yo le echábamos un ojo a unos carteles que había al aire libre, sí que nos pasó por encima (tampoco podía ser por otro lado) un enorme helicóptero, porque parecía haber una base militar al otro lado del Estrecho de Kronverkoky; en realidad, un canal.

Resulta que la Isla Záyachy significa Isla de los Conejos, quedándose Lola fotografiando una graciosa escultura de ellos. Yo, mientras tanto, anduve esta vez hacia el este de la fortaleza, salí de ella, la bordeé por sus arenas para, entrar por donde llegamos, y dar con Lola un buen rato después. Una vez juntos, cruzamos hacia la más que transitada Avenida Kameenstrovsky (otro de esos nombres que se me olvidan nada más leerlos).

La Mezquita de San Petersburgo siempre aparece sola e iluminada; resplandeciente. Pero, como suele ocurrir y termino diciendo, cuando te plantas en persona delante del monumento, pues... Es precioso, de eso no hay duda, pero había personas de cháchara en la puerta, un coche en doble fila y estaba muy nublado. La típica fotografía con chica de espalda subiendo los escalones, como que no. Quedémonos con que hemos visto la, hasta principios del siglo XX, la mezquita más grande y alta del mundo.

Terminamos la más que completa jornada merendando pasteles e infusiones en la cadena CoffeeShop Company, disfrutando de la calefacción y el silecion (quizá demasiado este último) y mirando la estación de metro de Gorkovskaya (dedicada al escritor Máximo Gorki), muy llamativa por su forma de platillo volante e iluminación.

Y fue por donde nos fuimos a las profundidades (bajo tierra y agua) para perdernos como nos ocurría siempre. No importa la seguridad con la que nos metiéramos en el vagón, que cuando salíamos a las frías calles petersburguesas nos teníamos que dar la vuelta. Por suerte y con el tiempo, todo pasó de risa a chachondeo. ¡Qué si no!

Fotografías:
https://www.flickr.com/photos/alvaromartinfotografia/albums/72157711918114252

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10 de febrero de 2020

San Petersburgo (4)


En vez de salir esta vez del hotel girando a izquierda y derecha como el día anterior, lo hicimos a izquierda e izquierda para encarar la calle Ulitsa Nekrasova y descrubir otras áreas de San Petersburgo; más rusos y menos chinos.

Nos paramos a ver la entrada y los escaparates del teatro de marionetas Bolshoi, con curiosos muñecos y carteles. Aparecimos en una avenida más concurrida y la cruzamos un poco más adelante  para entrar en la calle Ulitsa Pestelya (en realidad "ulitsa" significa "calle" al igual que "prospekt" significa "avenida", con lo que reconozco mis redundancias).

Librerías infantiles, puestos de frutas y vecinos hablando en los portales. Un ambiente más de barrio a pesar de no estar especialmente lejos del centro. Lo que todo el rato veíamos al fondo de la calle estaba ahora a nuestro lado, tratándose de la Iglesia de San Gran Mártir y Sanador Pantaleón (la madre se lució...), y por cuyos alrededores Lola desapareció un rato.

Cruzamos preciosos puentes sobre los numerosos ríos y canales de la ciudad, recordándome uno de ellos al de Alejandro III de París. Atravesamos el Jardín Mikhailov, uno de los primeros desarrollos poco después de la fundación de San Petersburgo, pasando por detrás de nuestro destino.

El centro Colección Museo Ruso de San Petersburgo de Málaga es filial del Museo Estatal Ruso, y frente a este último nos encontrábamos. Mi visita en el Edificio de Tabacalera de mi ciudad poco después de la inaguración ni me decepcionó ni me impresionó, combinando verdaderas obras de arte con algún que otro elemento sobrante (realmente sólo hay uno hoy en día).

Esperaba mucho de este museo original y adelanto que para nada me desilusionó a pesar de no entrar por su esplendorosa portada sino por una escalera hacia pasillos subterráneos. Las salas eran sobrias y elegantes, cediendo el protagonismo a cuadros y esculturas. Tiene el mayor depósito de arte ruso y, lógicamente, lo expuesto es una esplendorosa muestra.

Lo que más marcado se me quedó  después de un par de horas fue lo esperado, es decir, las pinturas de la época soviética de hoz y martillo, de cazadores/agricultures en el campo y de trabajadores en la ciudad, sin dejar a un lado las imágenes de batallas y guerreros. Me encantó la también sencilla decoración del restaurante que está de paso hacia la salida, la cual nos aclaró al atravesarla la duda que tuvimos veinticuatro horas atrás

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9 de febrero de 2020

San Petersburgo (3)

Lo citado con anterioridad era sólo la guinda del pastel, ¡y menuda guinda y menudo pastel! Éste último es la Plaza del Museo (ya se podrían haber currado un poco más el nombre); semicircular, enorme y presidida por la Columna de Alejandro. Toda la parte curvada contraria al Hermitage es el Edificio del Estado Mayor.

Entre las dos alas hay un arco de triunfo conmemorando la victoria rusa sobre Napoleón tras la invasión de éste, usando para ello una llamativa escultura de un hombre (del que reconozco desconocer su identidad) con caballos a ambos lados. Por ahí se puede llegar a la parte ya final de la Avenida Nevsky atravesando el pasaje Bolshaya Norskaya. Pero no lo hicimos. Era 26 de Mayo, el día previo a la Fiesta Mayor de San Petersburgo, y estaban provando los equipos con una música celestial. He estado mucho tiempo buscando por Internet el concierto del día siguiente, pero nada. Suerte que Lola tiene un pequeño fragmento de las pruebas subido a Instagram.

Paramos a comer en Shaurma, justo en el comienzo de la Avenida Nevsky. A pesar de su sospechoso nombre no sólo había shawarmas, teniendo opciones de platos caseros. La que estaba en la caja me recordó a una camarera de Budapest en cuanto a pechos operados y rayos UVA, pero esta rusa era desagradable. De todas formas, volvimos los demas días por la localización.

Lo siguiente fue el parque donde se encuentra el edificio del almirantazgo, centro de diseño/construcción de barcos y con mucha influencia de Pedro I. Como tantos puntos de la ciudad, es Patrimonio Historico de la UNESCO y aparece en libros de, por ejemplo, Vladimir Nabokov. Entre hombres practicando esgrima y niños correteando dimos con el Caballero de Bronce, una escultura ecuestre de Pedro el Grande. Ésto lo acabo de descubrir, pues en vivo nos pareció Catalina la Grande a Lola y a mí.

Todavia en el mismo parque y entre las ramas de los árboles se podía entrever la esplendorosa cúpula de la Catedral de San Isaac. Creo que fue por la hora, pero terminamos por no subir, arrepintiéndonos de no haberlo intentado de nuevo, porque tenían que verse unas vistas alucinantes. Estuvimos observando una sesión fotográfica de boda en exteriores.

Pasamos por  uno de los lados del Monumento a Nicolás I (último, y asesinado junto a su familia por los comunistas, zar de Rusia) y cruzamos el Río Moika a través del Puente Azul. Sencillo pero precioso. Fuimos por la parte sur del cauce disfrutando de los bonitos y cuidados edificios del otro lado, alternando vivos colores entre ellos. El siguiente puente, como constaba escrito en el edificio de una de las cuatro esquinas del rectángulo, era el Au Pont Rouge. Sí, no me preguntéis por qué, pero estaba en francés. O, sí, ¡preguntádmelo, sí!

Y tras vueltas y vueltas aparecimos una vez más en la Avenida Nevsky, columna vertebral de San Petersburgo y razón por la que la nombro regularmente. La vida no era la de las cinco de la madrugada cuando bajamos, sino ahora con todas las tiendas abiertas y masas a las que esquivar. Una vez llegados al hotel, Lola y yo echamos una siesta y algo más. Aún por la tarde, pero con la luz absolutamente nocturna, nos acercamos a cenar a la rotonda de la estación; restaurante/bufet Stolovaya.

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27 de enero de 2020

San Petersburgo (2)

Las primeras pinceladas de esta Venecia norteña las descubrimos cuando cruzamos el Río Fortaka, en cuyo puente hay un hombre tocándole los huevos a su caballo. Dejando a un lado la Biblioteca Nacional de Rusia y al otro la Filarmónica de San Petersburgo, cruzamos esta vez el canal Griboedova para plantarnos ente a la Catedral de Kazán a la izquierda y la Iglesia del  Salvador Sobre la Sangre Derramada al fondo a la derecha.

Comenzamos recorriendo la zona circundante del parque que precedía a la catedral que lo presidía. La que parece fachada y entrada principal es en realidad un lateral, llevando a un bonito interior, mas más detallada y concreta sería la descripción proveniente de un experto en arte que de mí.

De nuevo cruzamos la Avenida Nevsky para recorrer el canal hasta la iglesia, no sin pararnos y entrar en la librería Don Knigi en el Singer Company Building, una imagen habitual en redes sociales o guías de San Petersburgo. En paralelo al agua nos detuvimos en el restaurante MOD (por lo visto, también tiene debajo o al lado su parte discotequera). Tomamos lo que parecía media manzana pintada de rojo, pero que terminó siendo un dulce riquísimo; infusiones aparte.

La iglesia es marcada y colorida en su exterior, estropeándola como siempre las obrass, siendo en este caso una especie de preservativo en la torre más alta. El interior es diáfano en cuanto a mobiliario, pero a tope de turistas, sobre todo de chinos cuyo único interés son las fotografías con el móvil. Para compensar todo están las pinturas que cubren techo y paredes, que son para quedarse un buen rato gozando de cada particularidad.

A  la salida paseamos por la otra parte del canal mientras íbamos echando un ojo a los puestecillos de mayor o menor atracción. Nos paramos e incluso abrimos una puerta para husmear lo que parecía un museo, pero como el cartel estaba en ruso no lo pudimos confirmar hasta el día siguiente.

Fuimos de un canal a otro en dirección noreste bordeando la zona aún más céntrica hasta dar con el Río Nevá (yo creo que único como tal) y pararnos a observar la panorámica, destacando la  justo enfrente Fortaleza de San Pedro y San Pablo, en la Isla Zayachy. La avenida paralela al río estaba cortada al tráfico aún no sé (o no recuerdo) por qué, con lo que paseábamos con total libertad.

Llegamos hasta el Puente del Palacio , uno de los muchos que se abren a la una de la madrugada para dejar pasar a barcos de mercancías y demás. Es una de las cosas que también aparece en todas las guías como imprescindible, pero nosotros ni mucho menos durábamos despiertos hasta entonces tras tantas horas de caminatas. Lo dejamos a la derecha y torcimos a la izquierda para rodear y plarnos frente al Palacio de Invierno. Es impresionante, grande y bonito. Y eso sólo de refilón nada más verlo, sin entrar en su historia, arquitectura, etc. Aprovechamos para ver el patio de la instalaciones  e informarnos sobre tarifas y horaios para el día siguiente.

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26 de enero de 2020

San Petersburgo (1)

Entre que si te iba a dar una sopresa, que si entonces para qué me lo dices, que si es que no sabía como hacerlo, que si entonces lo hago yo que sí sé, que si entonces no es una sorpresa, que si me da igual, que si bla, bla, bla... ¡Nos vamos a ver a Bon Jovi a Rusia! Extremismo puro; si no quedan entradas en el sitio más cercano (Madrid) pues nos vamos al más lejano (Moscú). Además, ya lo vi hará quince años en lo que se llamaba La Peineta. Billetes de avión, reservas de hotel, entradas para el concierto, visados, seguros médicos y... ¡despegamos!

Pero es que también lo vi en Barcelona unos pocos años después y allí es donde me encontraba un rato después haciendo unas horas de transbordo. No quería volver a pisar Cataluña para no dejar ni un sólo euro allí. No sólo porque ya le damos demasiado, sino porque a casi la mitad, ni agua. ¡Me sentiría el raro entre tanto Gurb! Me paré a pensar que los aeropuertos son zona neutral y, una vez más calmado mi patriotismo y horas de lectura, me puse a disfrutar de la Torre Collserola y del Templo del Tibidabo en la lejanía.

Ya aterrizados en el aeropuero de San Petersburgo nos enteramos de que la conexión autobús-metro entraría en funcionamiento en más de una hora, con lo que nos decantamos por un taxi. Entre el aeropuerto y lo que se podía ir considerando ciudad había unas afueras desoladoras. Grandes terrenos descampados por aquí y grupos de tres o cuatro edificios de más de veinte o treinta plantas por allá. Los cruces vacíos y los semáforos aburridos. Todo desierto y nosotros entre la soñolencia y la radio ininteligible de fondo.

Conforme íbamos entrando en San Petersburgo como tal empezaban a aparecer el orden, las calles y avenidas más señoriales y nuestro semioculto hotel. Éste era pequeño pero más que decente, con la pega de que nada más que había chinos acudiendo en tiempos cronometrados a  la  máquina de café e infusiones, pareciendo ser su único interés. La ciudad continuaba como deshabitada y con un frío terrible a pesar de ser (o parecer) de día. ¿Qué pasa? ¿Este es el esplendor de la famosa San Petersburgo? Pues sí, pero a las cinco de la madrugada que eran. Es lo que tienen las altas (o bajas) latitudes...

El hotel estaba cerca de la estación de tren, y dirigiéndonos hacia la rotonda/plaza en la que se encuentra pasamos por al lado de otro hotel llamado VOX. Cuando conoces a la persona con la que vas no hace falta más que señalar el cartel y emitir una ligera sonrisa para picarla telepáticamente. En la Plaza del Levantamiento, plagada de banderas rusas (¡pero qué fachas!) dejamos a un lado la curiosa estación de metro del mismo nombre para encarar la Avenida Nevsky, la principal de San Petersburgo y también con telas de los mismos tres colores cruzándola hasta el final (¡pero qué refachas!).

Lo poco abierto que nos íbamos encontrando avenida abajo era algún que otro antro del que salían jóvenes tambaleantes y vociferantes, más allá de vagabundos acurrucados. En vista del decrépito ambiente nos metimos en un extrañamente abierto y lógicamente vacío Starbucks para desayunar, envenenarnos y entrar en calor, ya que empezaba a ponerme en modo varsoviano.

El refrigerio nos permitió ir haciendo paradas para fotografiar detalles curiosos o disfrutar escaparates interesantes, porque estos turísticos de allí tenían su gracia con las conocidas "matrioshkas" y bonitos juguetes/adornos tales como los autómatas. Me vinieron a la mente libros como Las Luces de Septiembre y videojuegos como Syberia (su nombre ya le da cierta relación).

Fotografías:
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