30 de agosto de 2019

Tavira

Tocaba escapada veraniega y nos decidimos por Tavira, donde ya estuve  hace más de diez años para desayunar de camino a Lisboa. Esta vez llegamos de noche y nos quedamos en las afueras del pueblo a dormir, concretamente en Mi Casa Su Casa; más que recomendable. Fácil de encontrar, aparcamiento en la puerta, un hombre saliendo a recibirnos de madrugada, habitaciones estupendas y desayuno en  modo "haga y coja lo que quiera".

La otra vez dejé el coche por el sur cerca de un hotel mamotreto (idealizado por aquella época) y bajé por la calle Dr. Marcelino Franco. Esta vez dejamos el coche por el oeste al lado de la iglesia de San Francisco y bajamos mirando negocios locales de cierta originalidad, aparte de un museo fotográfico/estafa. En cualquier caso, terminamos en el centro, con su plaza y parque. Es donde paré la otra vez, pero esta continuamos.

Cruzamos el río Gilao por un bonito puente que conecta las dos partes céntricas del pueblo. Estuvimos una hora tomándonos infusiones y charlando en una esquina de la Plaza de Antonio Padinha. Allí se encuentran el Jardín de la Alagoa y la iglesia de San Pablo.

Continuamos en paralelo al río hasta volver a cruzarlo por otro puente, echarle un ojo al mercado, pasar cerca de las multitudes comiendo pescado, atravesndos el parque y llegando al castillo. Lo tenía un poco borrado de la memoria y subimos a él. Un tranquilo patio central y unas muy buenas vistas de Tavira. Por las escaleras, si no tienes cuidado, te puedes matar.

Almorzamos al lado de donde dejamos el coche, concretamente en el restaurante Avenida. Probé el bacalao dorado, un plato muy típico de allí y riquísimo. ¡Me lo apunto! También comprobé y confirmé mi incomparable portugués respecto a la última vez que fui a tierras lusitanas. Pude hablar con el camarero más allá de leerle y señalarle la carta.

Pasamos en coche por las calles estrechas de la parte antigua para dejarlo bajo el puente más grande y cercano a la desembocadura. Dejamos la réflex en el maletero (por eso sólo hay fotografías de la mañana) y recogimos otras cosas como las toallas. Y es que... ¡nos íbamos a la playa! Compramos los billetes para el ferri y nos pusimos a esperar en la acera; sentados y a la sombra. Pasó un vagabundo y embarcamos poco despúes.

Son unos veinte minutos de navegación hasta poner pie en madera, concretamente en la del pequeño puerto (si es que llega a serlo). Es más que suficiente y es lo que pega en ese parque natural, pero al lado había un enorme cartel anunciando la próxima construcción de un nuevo superpuerto. ¡Yuju! (...). Anduvimos un poco para atravesar un campamento ("camping" para los que no sepáis español) y dimos con una preciosa y enorme playa. Plantamos la sombrilla en la parte más oeste, junto al faro y el espigón. Un agua muy limpia y fría.

El tiempo allí pasó volando, y el último ferri no salía muy tarde, así que hicimos todo de vuelta y terminamos descansando (sí, la playa cansa) tomándonos un rico helado. Caravana a la salida por turistas/residentes temporales acudiendo en masa a los centros comerciales, nos perdimos en un descampado al que le terminé por ver su aquel. De vuelta para cruzar la frotnera sobre el río Guadiana tras una por sorpresa e improvisada escapada a un pueblo que tenía olvidado.

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