4 de agosto de 2019

Córdoba

La carretera de Málaga a Sevilla poco tiene que ver con la de Málaga a Córdoba. A partir de la separación tras bajar del Puerto de las Pedrizas, la primera empieza con la Vega de Antequera, toda llana y sin más, y continúa por más y más fábricas conforme te vas acercando a la capital. La que va hacia Córdoba poco tiene que ver, pues lo que ves es campo y más campo, con bonitos y pequeños pueblos por aquí y por allá (con la excepción de Lucena, pero que no se ve mucho desde la autovía).

Quedamos en la estación de autobuses y, una vez nos encontramos tras llamadas y mensajes, aprovechamos para desayunar allí. Comenzamos a caminar por los Jardines de la Victoria, esa alamenda que no recuerdo si tiene álamos y que atraviesa gran parte de Córdoba de norte a sur. Dejamos  a un lado el Teatro de la Axerquía, donde estuve hace un par de años para un concierto de Ara Malikian, y al otro lado el Alcázar de los Reyes Cristianos, en el que me hubiera encantado hacer fotografías pero estaba cerrado.

Cruzamos el Guadalquivir por el puente de San Rafael para pasear de forma paralela a las aguas por la Avenida de Cádiz. Resulta que íbamos a conocer e investigar una zona que por internet parecía atractiva, pero que conforme íbamos avanzando e introduciéndonos la cosa cambiaba. Lo que en un principio se llamaba Sector Sur pasó a llamarse Polígono del Guadaquivir, activando las alertas. A través de tan bonito entorno llegamos a donde íbamos.

Resultó ser un barrio de VPO que apestaba a orina. Unos bloques pagados por todos pero sólo para que gitanos y más gitanos estén tirados a la sombra entre jaulas de gallos de pelea y botellas de vino y cerveza. No tardé mucho en entender que no era lugar para asentarme. Por suerte, no eran más que cuatro o cinco calles entrelazadas, con lo que rápidamente ya estábamos  por zona transitable y decente, parándonos en un bar a tomarnos una infusión.

Entre el puente de San Rafael y el Romano fuimos a nivel más bajo que la carretera y junto al río, por un camino de nuevo paralelo al mismo y lleno de árboles y matorrales. Por allí había gente sacando al perro o corriendo. Resurgimos en la Torre de Calahorra, nos plantamos junto a la mezquita/catedral y nos introdujimos por el centro de la ciudad en busca de dónde almorzar. Terminamos quedándonos en el restaurante La Tata. Recuerdo la maravillosa y estupenda ensalada de la huerta positivamente; recuerdo a la mujer fuma que te fuma echada en la barra exterior negativamente.

Dejamos a un lado la iglesia de San Pedro para callejear por las típicas casas andaluzas y cordobesas; muchas preparadas para la inminente Feria de los Patios. Todo un museo de naturaleza y arte por partes iguales y al aire libre. Rodeamos el interior de la Plaza de las Correderas, visitamos una farmarcia como no podía faltar e hicimos una nueva parada frente al Templo Romano; heladería El Rubio. Allí continuamos y continuaríamos temas repetitivos que más adelante hubo que parar en seco.

El siguiente punto habitual y lógico en el que aparecimos fue la Plaza de las Tendillas; junto con la anterior, las dos principales de Córdoba. Como he dicho alguna que otra vez, en las ciudades españolas coexisten franquicias con tiendas particulares, ya sean nuevas o clásicas. Me quejo por enésima vez del alcalde de Málaga, mi ciudad, por darle preferencia a lo de fuera frente a lo de dentro, destrozando el entorno.

Apareció casi a cosa hecha la tienda cuyo nombre era "¡Qué bueno volver a verte!" acompañado de los nombres de Sevilla y Málaga, ciudades de las que cada uno de nosotros procedíamos. Tras rechazar, mas agradecer, un regalo quinielístico, fuimos sin prisa pero sin pausa de vuelta a la estación de autobús; una despedida agridulce por las temidas y repetivas matracas a reflexionar. Me relajé conduciendo de vuelta y me pedí un chino del mismo sabor pero más gustoso. Todo está en compensar.

Fotografías (no de 2019, sino de 2014):
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Página web:
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