7 de julio de 2019

Viñales (2)


La siguiente parada fue en una plantación de tabaco, ineludible por ser Viñales la zona de mayor producción de tabaco de toda Cuba. Aparte de la extensión de las plantaciones hasta el infinito, entramos en una fábrica de tabaco. Más allá de la plantación y recolección, un hombre hizo un puro delante de nosotros, explicándolo paso a paso, y se puso a fumárselo la mar de tranquilo. Era un tipo muy chulo pero con gracia, diciendo que el gobierno sólo le permite quedarse con un 10%, pero que él hacía lo que quería.

Un compañero estaba en la barra de fuera recolectando y contando los billetes que le entraban de los visitantes a cambio de zumos de fruta (sobre todo coco) y botellines de 125 mililitros rellenos de semillas de lo que parecía tabaco. Entre bueyes, vacas y perros llegamos a la carretera, donde algunos se pararon en el puestecillo de un hombre mayor que vendía plátanos.

El almuerzo fue en un restaurante al aire libre, con sólo estructuras de hierro y recubierto de paja. Mi amiga Cinthia y yo comimos unos muy buenos platos de comida criolla; por suerte, un poco apartados de la multitud. Estábamos rodeados y casi encajonados entre grandes montañas y mogotes, todo verde y vigilado por rapaces revoloteando. Buscamos nuestro autobús, pues repito que todos eran iguales y sólo diferenciables por sus números, y retomamos la ruta.

La última parada fue ante la Cueva del Indio, donde nos esperaba en la entrada un grupo que combinaba fuego y música (tragar fuego, concretamente). Estuvimos descendiendo entre estalagtitas y estalagmitas a través de poca luz (¡pero la oscuridad ya estaba allí!). En las profundidades había un embarcadero desde el que partimos por un río subterráneo, mientras que el timonel nos iba indicando a dónde mirar para reconocer y captar representaciones naturales y parecidos razonables en la roca.

En modo de resumen: nos apeábamo, fotografiábamos/disfrutábamos y nos metíamos en un autobús. Y así, todas las visitas. Y esta última no fue diferente, desembocando, atravesando el mercadillo turístico de turno (cacharritos para imitar sonidos de animales al soplar, arte de la zona y los personajes de siempre) y de vuelta al punto de partida.

Mientras atravesaba el pueblo de Viñales compaginaba ver la calmada vida de allí con reflexionar y confirmar mis pensamientos. "Plus ultra" de la lacra comunista, Cuba es un país e isla que invita a verlo de un extremo a otro. Ciudades y pueblos; plantaciones y campos. Me corroboraba ideas y me ponía otras del revés. Y es que, al igual que Bobobó, yo quería arroz a la cubana, pero allí no lo encontré.


Viñales (1)

Una de las noches en La Habana nos fuimos después de cenar al Hotel el Tejadillo, donde por un precio módico te daban una hora de wifi junto con una infusión. Muy amables los empleados y muy acogedor el ambiente, más aún lloviendo como estaba. Y, como quedaba cerca de nuestra casa de Airbnb, es donde elegimos para que nos recogiera el autobús para la escapada. No me gustan los viajes organizados, pero en esta ocasión era por practicidad.

El autobús era de los que se ven por toda la ciudad, no sé si del gobierno o dependientes del mismo. Fue muy puntual y cuando nos montamos estaba vacío. Pero resulta que era el primer punto de recogida y estuvimos más de una hora de hotel en hotel recogiendo sobre todo a españoles, italianos y sudamericanos.

Bueno, nos lo tomamos como el típico autobús turístico de todas las ciudades. Llevó también un tiempo salir de la metrópolis, pero una vez fuera ya era todo campo, embalses y plantaciones con casas diseminadass por aquí y por allá. Todo el tiempo con la guía explicando e informando sobre cada uno de los lugares que íbamos a ir visitando; en español e italiano si no recuerdo mal.

Después de atravesar la provincia de Artemisa, nombre que me trae muchos recuerdos de mi adolescencia, entramos en la de Pinar del Río y, concretamente, en el municipio de Viñales. Es aquí donde pasamos el resto de la jornada, en el Valle de Viñales y, a su vez, en la Sierra de los Órganos; un nombre que me encanta.

El Mirador de los Jazmines fue nuestra primera parada. Un hotel tranquilo y con piscina, a la izquierda de una enorme terraza desde la que disfrutar de unas vistas espectaculares, todo lleno de los famosos mogotes. Había un grupo dd música que, si bien no suele gustarme la parafernalia turística, allí venía como anillo al dedo.

Otro rato de autobús hasta el Mural de la Prehistoria, una enorme pintura de 120 x 80 metros hecha por Leovigildo González Morillo de forma directa y con pincel sobre la roca del mogote Pita. Quizá en las fotografías no se valoran las dimensiones reales, pero cuando uno lo compara con los caballos que pastan por abajo sí que lo entiende. Lógico que hicieran falta más de cinco años para terminarlo. No quisiera pasar por alto al simpático abuelete que tiraba de los bueyes e intentaba ligarse a mi amiga Cinthia.

Fotografías:
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Página web:
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