16 de junio de 2019

La Habana (4)

No recuerdo el desayuno de esa mañana, pero sí que callejeamos rápido para aparecer en El Prado, a la altura del Museo de Bellas Artes. Me gusta visitar museos en mis viajes porque, aunque sólo se suele quedar en mi mente un 5 o 10 por ciento de las obras, es mejor que no verlos. En esta ocasión el tiempo era escaso, así que lo dejamos de lado y pasamos por el Memorial Granma, una construcción de cemento y cristal, y con un techo formado de hexágonos. Lo rodean tanques y aviones relacionados con la invasión de la Bahía de Cochinillos.

Continuando hacia el mar y en el lado derecho se encuentra la Iglesia del Ángel Custodio. Me pareció relativamente reciente, pero resulta que tiene más de cuatrocientos años. En ella se bautizó, entre otros, Martí. Al otro lado, es decir, a la izquierda, está la que era la residencia del presidente y posteriormente dictador Batista. Hoy, evidentemente a cosa hecha, es el Museo de la Revolución. Está presidido por un, esta vez sí, SUB-100, un cazacarros hecho sobre la estructura de los míticos T-34. Da gusto tener uno tan cerca (siempre que no sea en una guerra, claro).

En la Plaza 13 de Marzo nos paramos a hablar con un barrendero de unos 50 años y color café con leche. Nos estuvo contando que trabajaba obligado por el gobierno, porque si por él fuera no estaría allí, ya que no le daba ni para comer. También dijo/intuimos que nos contaba todos los males de la vida en Cuba porque éramos turistas, pues no se puede hablar entre los mismos cubanos. ¿Razón? Por lo visto no se trata de espías o infiltrados en concreto, sino que todo cubano puede comunicar comentarios contra la república al gobierno a cambio de una recompensa, muy valoradas las propinas allí. Para entendernos, que no te puedes fiar ni de tu padre, literalmente.

El resultado de irse de la lengua, según el barrendero, es que te recogen en una de las pequeñas furgonetas que ya habíamos visto por allí, todo metal menos el cristal delantero, para llevarte a inyectarte locura, también literalmente. O sea, que se les borra la memoria y los dejan majaretas. La otra opción habitual ea matarlos directamente. Nos habló también del edificio que teníamos justo enfrente, también con las ventanas frontales opacas y las caras de Martí, Fidel y Che. Lo usan, entre otras cosas, para adoctrinar niños. Sus explicaciones y argumentos fueron más que creíbles, y le dimos algo de dinero. Igualito que los moros, que te echan un rollo y, si no, se ponen agresivos...

Nos sorprendió el ciclobús; lo que viene siendo un autobús que, más allá de su nombre e imagen indicativa, lo que hacía era recoger a hombres con sus motos en una parada. Hay que reconocer que es bastante llamativo. Terminamos de atravesar la rotonda a lo loco hasta plantarnos en el paseo marítimo o, como suele ser llamado en latinoamérica y especialmente allí, El Malecón. Al otro lado del Canal de Entrada (hay un túnel por debajo) se encuentra El Morro, una fortaleza con su faro; una imagen de postal.

Se dirigió a mí concretamente un hombre claramente cubano pero hablándome en inglés, con lo que le seguí la corriente. Pasados unos minutos pasé a hablarle en español y se sorprendió, diciendo que parecía alemán (eing???). Nos estuvo contando que trabajaba para el Ballet Nacional de Cuba y que en breve iba a actuar en Madrid. Me extrañó bastante porque, que yo sepa, son contados los cubanos a los que la estupenda dictadura comunista permite salir del país. Y es cierto, pues entre lo que nos contó él, lo que nos contó el barrendero y lo que me informé por mi cuenta, resulta que: los llevan, los vigilan, bailan y los meten en un avión. Y así todos los capítulos...

Hasta los perros quieren huir de allí, y el que venía con nosotros desde la plaza terminó desistiendo y yéndose. Entre cubanos bailando con apampladas guiris para que los sacaran de allí y grupos musicales que invitaban a bailar y, de camino, recibir una limosna, fuimos caminando en paralelo al mar, entre pescadores y olor a sal.

Entre moles decadentes salpicaban edificios coloridos con cierta actividad. Destacan, por ejemplo, el restaurante Nazdarovie de ondeante bandera soviética y la Sociedad Asturiana Castropol donde comer y beber lo que encarte. Sobre lo primero decir que no sorprende, ya no sólo por la colaboración de la URSS con Cuba en tiempos pasados, sino porque me encuentro la misma bandera por mi país. En fin, ya sabemos que la izquierda siempre diferencia entre exterminios buenos y exterminios malos. Se permite la bandera de unos pero no de otros. ¡Ah, se me olvidaba! Un rato antes pasé por delante de la Embajada de España en la que unos días antes estuvo Pedro el Okupa dándose la mano y haciéndose fotos con dictadores. Los del buenismo miraron para otro lado y los españoles lo terminaron por hacer presidente. ¡Dos huevos ahí!

Después de una buena caminata por El Malecón nos volvimos a introducir en la ciudad a la altura de un enorme hospital y atravesamos como pudimos una muy camelística muchedumbre de coches y personas hasta encarar la calle San Lázaro. Tras andar echándole un ojo a farmacias y tiendas de ultramarinos con grandes colas, y preguntando por aquí y por allá, terminamos por desviarnos ligeramente hacia el Callejón de Hamel. Viene en todas las guías de viaje pero, más allá de su creador y sus orígenes, a primera vista no es más que un mercadillo para guiris. Y a segunda y a tercera también porque, tras no encontrarnos en toda la mañana grupos de norteamericanos o europeos, los había allí.

Entre hombres haciéndole la enésima reparación a su coche, mujeres empujando sus pesados y atrayentes puestos de fruta y personas mayores de mirada pensativa (más bien perdida) y sus pintadas comunistas a sus espaldas (representa muy bien la situación del pueblo cubano) nos reincorporamos a San Lázaro para almorzar. Locos Por Cuba, un restaurante sencillo y acogedor que nos puso el típico pollo superempanado con el acompañamiento de turno. No está malo, pero sí es repetitivo. Tuvimos la suerte de comer en una pequeña terraza de la primera planta, viendo pasar tanto a los grandes y coloridos coches americanos como a los pequeños y oscuros soviéticos ya nombrados. Esto, un trabajador negro arreglando cables en las alturas y un edificio alto de fondo creaban en mi mente un Chicago años 30.

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