24 de junio de 2019

La Habana (6)

Los restaurantes y bares de Cuba son facilmente diferenciables entre para cubanos y para turistas. En el primer caso hay pollo refrito, pizzas y hamburguesas a precios absequibles para ellos e irrisorios para nosotros. En el segundo caso son precios inalcanzables para ellos y simplemente baratos para nosotros. El último día elegimos esta última opción porque nos pillaba cerca.

El vuelo de vuelta a Cancún salía por la tarde, con lo que aún teníamos toda una mañana para aprovecharla. Salimos de nuevo de La Habana Vieja y tomamos el mismo autobús que nos dejó a la llegada junto a El Capitolio, siendo el número 14 si no recuerdo mal. El ir todos apretados como en una lata de sardinas no implica que los cubanos pierdan su hospitalidad y educación, siempre pendientes de ofrecer asiento a personas mayores.

Nos bajamos donde lo dejamos el día anterior, en la Plaza de la Revolución. Comenzamos a introducirnos en El Vedado y, preguntando a unos y a otros, terminamos en la calle San Antonio Chiquito, donde está una de las entradas a la Necrópolis Cristóbal Colón (un cementerio, para entendernos). Es un cuadrado de 1 kilómetro de diámetro en el que todas sus calles están también cuadriculadas como los ejércitos romanos. Puedo decir, con todo el respeto del mundo, que hay tumbas a punta pala, literalmente.

En la calle por la que entramos, una de las dos principales que hacen una cruz, nos encontramos a unos hombres restaurando una imágen angelical. Seguimos avanzando de forma lenta y cruzando de lado a lado para ir deteniéndonos a ver esculturas y leer epitafios. Había varias mujeres y un hombre rodeando una tumba mientras decían cosas ininteligibles y la iban rozando no recuerdo si con flores o telas. Y es que resultó que era muy famosa, la de Amelia Goyri, más conocida como La Milagrosa. Decenas de agradecimientos sobre el mármol.

Esquivamos la capilla del punto central, no sin meter la cabeza por la puerta para ver a un par de monjas sentadas en una oficina, y caminamos viendo personas limpiando, tanto empleados por el recinto como familiares por las tumbas. Para visitar el cementerio con cierto detalle harían falta horas y horas, pero atravesando la avenida principal (Obispo Espada la primera mitad y Cristóbal Colón la segunda) es suficiente para hacerse uan idea y disfrutar de tan colosal cementerio y, a su vez, fuente de arte.

Salimos precisamente por donde es la entrada principal, un imponente pórtico bizantino con un par de oficinas a los lados y la bandera cubana presidiendo. Ya estábamos en pleno El Vedado, con avenidas de varios carriles, restaurantes y tiendas grandes y gasolineras. A pesar de esto no había mucho bullicio, cosa que se agradece para ir tranquilos y fijándonos en detalles. Las calles laterales eran aún más relajadas con casas en las que, más allá de como se viva en ellas por las concreciones cubanas, apetece quedarse a vivir. Pintadas de colores, con plantas, terrazas, jardines y el coche en la puerta. Muy al estilo Beberly Hill pero controlado a pies juntillas por el gobierno.

A veces me recordaba a videojuegos tipo The Last of Us por los carteles de neón soltados y destruidos, balanceándose en las alturas. Otras veces me llevaba a tiempos pasados como el restaurante Varsovia. Y es que cuanto más viajes haces más conexiones geográficas vienen a tu mente, más conexiones neuronales crecen en tu cerebro. Incluso ya de vuelta en autobús fijándonos en cada detalle  o evento que iba pasando ante tus ojos.

Recgimos nuestro equipaje en La Habana Vieja e hicimos lo mismo que a la llegada, tomando de nuevo el autobús 14 para bajarnos una hora después en el gran cruce de Rancho Boyeros. No queríamos ir con el tiempo pegado al culo y cogimos, como no podía ser de otra forma, taxi de los clásicos, bonitos y antiguos. ¡Más vale tarde que nunca! Muy amable el conductor veinteañero y a pasar el control de seguridad en unos minutos, sin la pesadilla de la llegada.

Bueno, ¿qué decir de La Habana y Cuba en general? Más allá de mis enfados y mosqueos cuando me voy cruzando con señales comunistas del tipo que sean. Aparte de las charlas con los cubanos y las historias o situaciones que te cuentan. Más allá de las intuiciones y sus posteriores confirmaciones acerca de las limitaciones en todos  los ámbitos que provinen de una dictadura (sobre todo de izquierda). Aparte de la mala leche e improperios que me surgen cuando voy descubiendo todas esas cosas... Pfff...

¿Qué iba diciendo? ¡Ah, sí! ¡Que La Habana es maravillosa! La historia española es la base de La Habana de hoy en día, retocada y endulzada por un azúcar glas proveniente de prehispánicos, norteamericanos, soviéticos, revolucionarios y todos los líos entre ellos. Y todo esto está representado en sus calles. Publicidad y cartelería; tipos de ropa y medios de transporte; construcciones sencillas pero llamativas, construcciones enormes y magestuosas.

Pero lo más importante es la gente. Los cubanos son cultos y educados; amables y parlanchines; alegres y activos; abiertos y serviciales. Y eso, repito, los cubanos. De las cubanas... ¡mejor no digo nah! Encantado de haber visitado un país que en un pricipio no me atraía pero que ahora no me arrepiento. Meterse por sus zonas glamurosas y atravesar los barrios humildes para ver el contraste entre lo que hay dentro y la imagen hacia fuera. Nada de ir a Varadero a hacerse "selfies", sino a La Habana profunda a disfrutar tanto de lo bueno como de lo malo.

No puedo evitarlo. Si me dan a elegir diría egoistamente que Cuba se quede como está. Es como viajar a la España de mis abuelos sin necesidad de Chrono Cross o Chrono Trigger. Un viaje en el tiempo sobre una versión del Triángulo de las Bermudas que te permite regresar. Un "coast to coast" americano pero caribeño que nadie puede resistir.

¡Viva Cuba Libre! Ups... se me escapó...

Fotografías:
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22 de junio de 2019

La Habana (5)

La calle San Lázaro termina en la Universidad de La Habana, donde giramos a la izquierda para comenzar a pasear por calles tranquilas mientras hacíamos la digestión. Era un ambiente de barrio, cruzándonos con carritos de helados, grupos de vecinos charlando en las puertas de las casas, mujeres volcando los cubos de fregar y parejas de la mano. Llegamos a una zona con más activdad y, preguntando como tantas veces, llegamos al cruce donde la avenida Salvador Allendde pasa a llamarse Carlos III.

Allí está la entrada principal de la Quinta de los Molinos, importante por haber sido la residencia de los Capitanes Generales durante el período colonial y también del militar Máximo Gómez, además del museo del mismo nombre y el Jardín Botánico de la ciudad. Mi amiga Cinthia prefirió esperarme fuera mientras yo entraba a inspeccionar, empezando por una serie de jaulas con gallos, tórtolas y demás. También había un vivero, tanto con una zona de trabajo donde supongo que regogían y enviaban materiales como una zona de plantas perfectamente ordenadas y cubiertas por plásticos transparentes.

Entre las múltiples estatuas que había me encantaron las de los dos perros, uno al lado del otro; firmes y fieles. Descubrí que se encuentra allí el Instituto Superior de Ciencias y Tecnología Nucleares que, aunque por fuera parece abandonado, según me he informado imparte muchas licenciaturas, diplomaturas, cursos, etc. El gobierno forma y educa hasta unos altos estándares, pero los cohíbe de llevarlos a la práctica.

Entre grandes pajareras recubiertas de enredaderas y rodeadas de agua llegué a lo que parece un pequeño museo y un par de oficinas que, como tan de moda está nombrarlo en España, será un centro de interpretación. Me llamó la atención un cartel que, además de la programación sociocultural y ambietal del centro, tenía el logotipo de Euskal Fondoa, una asociación vasca. Es curioso que a lo largo de este viaje me vaya encontrado exclusivamente colaboraciones con países o comunidades autónomas de donde había y hay ideas proterroristas, independentistas y comunistas. De nuestros bolsillos al gobierno, del gobierno a las comunidades autónomas y de las comunidades autónomas a países comunistas. Casualidades de la vida...

Por suerte los cubanos aman a España, y nada más retomar la marcha encontramos a un hombre mayor con una polo con la bandera. Me permitió amablemente hacerle una fotografía, pero luego pidió dinero. No lo critico porque probablemente yo también lo haría en la situación en la que los tienen.

Doblamos hacia la izquierda para encarar la Avenida de la Independencia (uff, que nombres más cansinos...) y continuamos dejando a un lado la Terminal de Ómnibus de La Habana  (una palabra rara en español pero habitual en portugués) y la Sala Polivalente Ramón Fonst. He puesto este nombre en Google para informarme y lo primero que me ha salido es un catalán independentista que escupe odio a España por lo cuatro costados. No me extrañó demasiado pero, por suerte y alivio, tirando para abajo resultó corresponder a un esgrimista cubano.

Tsss, pero no os relajéis por ello más que con un simple suspiro de alivio, pues el siguiente "checkpoint" fue la Plaza de... mmm... ¿como era...? ¡Ah, sí! ... de la Revolución... Que más que una plaza es un enorme descampado asfaltado. En una parte están las instalaciones del Ministerio del Interior, donde están las llamativas y vistas hasta en la sopa caras de Fidel y el Che. Me sorprendió una señal de "prohibido volar dron". Y es que es en esa plaza donde se celebran los discursos y charlas procomunistas. Según me he informado, las miles de personas que acuden a estos eventos suelen ser masas enviadas por el gobierno, siendo por ello que no quieran más cámaras que las de su propia televisión. La manpulación a través de los medios de comunicación; todo un clásico.

Más allá de temas políticos, el Memorial José Martí es gigante e impresionante. Presidido por una estatua de dimensiones bíblicas representándolo a él en postura El Pensador de Rodin. Se trata de un edificio con forma de estrella de cinco puntas (desde plano picado o vista cenital) y de más de 130 metros de altura.construido sobre lo que antes se llamaba Loma de los Catalanes y donde estaba la Ermita de Montserrat (venga, pelillos a la mar...). En la parte baja tiene un museo cuya temática no me interesa y por lo que no entré. Un temible acensor te eleva a unas alturas que, si no fuera por el mismo, sólo habitan aveces rapaces. Si no fuera porque sólo iba de ocio, además de la presión de los turistas, las sucias cristaleras y demás, era para quedarse horas fotografiando y disfrutando las vistass que cubrían más de 50 kms a la redonda.

Si bien el Memorial José Martí está en el centro y el Ministerio del Interior con sus dos personajes al norte, al sur está el Comité Central del PCC (Partido Comunista de Cuba). Es también un gran edificio, no esta vez en altura sino en extensión, cuya parte central tiene cierto aire al Memorial de Lincoln en Washington mas su nombre le relaciona más con la china comunista (Comité Central del Partido Comunista de China). En fin, teorías comunistas pero prácticas capitalistas. Extraño...

Todo aquello era ya parte de El Vedado, una de las tres partes principales de La Habana. Pero nuestras energías estaban bajo mínimos y nos dirigimos a La Habana Vieja a cenar en una hamburguesería humilde y sencilla, donde si pides ua loncha más d queso te cobrán una ridícula (para nosotros) cantidadad de pesos más. Y allí terminó la jornada, reflexionando y comentando sobre lo visitado a lo largo del día.

Fotografías:
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16 de junio de 2019

La Habana (4)

No recuerdo el desayuno de esa mañana, pero sí que callejeamos rápido para aparecer en El Prado, a la altura del Museo de Bellas Artes. Me gusta visitar museos en mis viajes porque, aunque sólo se suele quedar en mi mente un 5 o 10 por ciento de las obras, es mejor que no verlos. En esta ocasión el tiempo era escaso, así que lo dejamos de lado y pasamos por el Memorial Granma, una construcción de cemento y cristal, y con un techo formado de hexágonos. Lo rodean tanques y aviones relacionados con la invasión de la Bahía de Cochinillos.

Continuando hacia el mar y en el lado derecho se encuentra la Iglesia del Ángel Custodio. Me pareció relativamente reciente, pero resulta que tiene más de cuatrocientos años. En ella se bautizó, entre otros, Martí. Al otro lado, es decir, a la izquierda, está la que era la residencia del presidente y posteriormente dictador Batista. Hoy, evidentemente a cosa hecha, es el Museo de la Revolución. Está presidido por un, esta vez sí, SUB-100, un cazacarros hecho sobre la estructura de los míticos T-34. Da gusto tener uno tan cerca (siempre que no sea en una guerra, claro).

En la Plaza 13 de Marzo nos paramos a hablar con un barrendero de unos 50 años y color café con leche. Nos estuvo contando que trabajaba obligado por el gobierno, porque si por él fuera no estaría allí, ya que no le daba ni para comer. También dijo/intuimos que nos contaba todos los males de la vida en Cuba porque éramos turistas, pues no se puede hablar entre los mismos cubanos. ¿Razón? Por lo visto no se trata de espías o infiltrados en concreto, sino que todo cubano puede comunicar comentarios contra la república al gobierno a cambio de una recompensa, muy valoradas las propinas allí. Para entendernos, que no te puedes fiar ni de tu padre, literalmente.

El resultado de irse de la lengua, según el barrendero, es que te recogen en una de las pequeñas furgonetas que ya habíamos visto por allí, todo metal menos el cristal delantero, para llevarte a inyectarte locura, también literalmente. O sea, que se les borra la memoria y los dejan majaretas. La otra opción habitual ea matarlos directamente. Nos habló también del edificio que teníamos justo enfrente, también con las ventanas frontales opacas y las caras de Martí, Fidel y Che. Lo usan, entre otras cosas, para adoctrinar niños. Sus explicaciones y argumentos fueron más que creíbles, y le dimos algo de dinero. Igualito que los moros, que te echan un rollo y, si no, se ponen agresivos...

Nos sorprendió el ciclobús; lo que viene siendo un autobús que, más allá de su nombre e imagen indicativa, lo que hacía era recoger a hombres con sus motos en una parada. Hay que reconocer que es bastante llamativo. Terminamos de atravesar la rotonda a lo loco hasta plantarnos en el paseo marítimo o, como suele ser llamado en latinoamérica y especialmente allí, El Malecón. Al otro lado del Canal de Entrada (hay un túnel por debajo) se encuentra El Morro, una fortaleza con su faro; una imagen de postal.

Se dirigió a mí concretamente un hombre claramente cubano pero hablándome en inglés, con lo que le seguí la corriente. Pasados unos minutos pasé a hablarle en español y se sorprendió, diciendo que parecía alemán (eing???). Nos estuvo contando que trabajaba para el Ballet Nacional de Cuba y que en breve iba a actuar en Madrid. Me extrañó bastante porque, que yo sepa, son contados los cubanos a los que la estupenda dictadura comunista permite salir del país. Y es cierto, pues entre lo que nos contó él, lo que nos contó el barrendero y lo que me informé por mi cuenta, resulta que: los llevan, los vigilan, bailan y los meten en un avión. Y así todos los capítulos...

Hasta los perros quieren huir de allí, y el que venía con nosotros desde la plaza terminó desistiendo y yéndose. Entre cubanos bailando con apampladas guiris para que los sacaran de allí y grupos musicales que invitaban a bailar y, de camino, recibir una limosna, fuimos caminando en paralelo al mar, entre pescadores y olor a sal.

Entre moles decadentes salpicaban edificios coloridos con cierta actividad. Destacan, por ejemplo, el restaurante Nazdarovie de ondeante bandera soviética y la Sociedad Asturiana Castropol donde comer y beber lo que encarte. Sobre lo primero decir que no sorprende, ya no sólo por la colaboración de la URSS con Cuba en tiempos pasados, sino porque me encuentro la misma bandera por mi país. En fin, ya sabemos que la izquierda siempre diferencia entre exterminios buenos y exterminios malos. Se permite la bandera de unos pero no de otros. ¡Ah, se me olvidaba! Un rato antes pasé por delante de la Embajada de España en la que unos días antes estuvo Pedro el Okupa dándose la mano y haciéndose fotos con dictadores. Los del buenismo miraron para otro lado y los españoles lo terminaron por hacer presidente. ¡Dos huevos ahí!

Después de una buena caminata por El Malecón nos volvimos a introducir en la ciudad a la altura de un enorme hospital y atravesamos como pudimos una muy camelística muchedumbre de coches y personas hasta encarar la calle San Lázaro. Tras andar echándole un ojo a farmacias y tiendas de ultramarinos con grandes colas, y preguntando por aquí y por allá, terminamos por desviarnos ligeramente hacia el Callejón de Hamel. Viene en todas las guías de viaje pero, más allá de su creador y sus orígenes, a primera vista no es más que un mercadillo para guiris. Y a segunda y a tercera también porque, tras no encontrarnos en toda la mañana grupos de norteamericanos o europeos, los había allí.

Entre hombres haciéndole la enésima reparación a su coche, mujeres empujando sus pesados y atrayentes puestos de fruta y personas mayores de mirada pensativa (más bien perdida) y sus pintadas comunistas a sus espaldas (representa muy bien la situación del pueblo cubano) nos reincorporamos a San Lázaro para almorzar. Locos Por Cuba, un restaurante sencillo y acogedor que nos puso el típico pollo superempanado con el acompañamiento de turno. No está malo, pero sí es repetitivo. Tuvimos la suerte de comer en una pequeña terraza de la primera planta, viendo pasar tanto a los grandes y coloridos coches americanos como a los pequeños y oscuros soviéticos ya nombrados. Esto, un trabajador negro arreglando cables en las alturas y un edificio alto de fondo creaban en mi mente un Chicago años 30.

Fotografías:
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