21 de mayo de 2019

La Habana (2)

Nos levantamos con la idea de tomar como referencia las cuatro plazas principales de La Habana Vieja y, si encartaba, introducirnos en Centro Habana y El Prado. En menos de cinco minutos pasamos por la aún cerrada La Bodeguita del Medio y nos plantamos en la Plaza de la Catedral. En un callejón sin salida descubrimos el Taller Experimental de Gráfica donde, aparte de darse cursos teóricos y prácticos, se encuentra el Museo de Grabados. El hombre de allí, serio y amable, nos permitió fotografiar.

Entramos en la Plaza de Armas pegados al Castillo de la Real Fuerza con la Giraldilla mirándonos tras el foso. Estuvimos un rato en la bahía viendo pasar buques mercantes y frente al colosal Cristo de La Habana. Rodeamos la plaza fijándonos en hoteles y palacios, sin dejar a un lado detalles y construcciones más pequeñas, pero no menos importantes, como El Templete y la Casa del Agua Las Tinajas.

Encaramos la calle Obispo (la principal de La Habana Vieja) y paramos a desayunar en la Panadería-Dulcería San José. En la planta baja siempre hay cola para llevar, pero subiendo la escalera había una cafetería sólo para nosotros. Nos sentamos junto al balcón y leímos el mismo tipo de carta que se puede encontrar en España o Andalucía: bocadillo de jamón y queso con zumo de naranja. Bueno, con esto último me ocurrió como en Lisboa, recalcando la palabra "natural" pero recibiendo lo que les daba la gana. Por cierto, extranjero de unos sesenta años con una cubana de entre veinte y treinta. No hablaban entre sí, pareciendo un contrato de acompañamiento, tanto en silla como en cama.

Lo de "Cuba Libre" da risa a poco que uno sepa de historia reciente y actualidad. Una marca para curar la penas a un pueblo cubano reprimido por la dictadura comunista. Las tiendas de productos básicos como agua, jabón o medicina tienen una variedad escasa o nula. Productos contados, colas en las puertas y acceso limitado. Farmacias clásicas y cooperativas textiles antiguas son una atracción para el turista, pero una sobreexplotación para los trabajadores.

Podría continuar hablando de las tiendas de recuerdos con la única temática de la revolución y las caras del Che y Fidel hasta en la sopa; o de los grupos de música controlados y centrados sólo para restaurantes turísticos. Pero voy a compensar hablando de históricos hoteles como el Nuevo Mundo y el Marqués de Prado Ameno (donde aprovechamos para contratar la inminente escapada a Viñales). Y mercadillos alocados y galerías refinadas que dan gusto de visitar.

Entre hombres mayores alimentando gatos por los parques a mulatas despanpanantes saliendo de los institutos; entre monumentos, escritos y pinturas revalorizando los orígenes españoles a escudos de ratas huídas décadas atrás; entre espectaculares coches norteamericanos a cochambrosos autos soviéticos. Y es que, a grosso modo, estos dos últimos aliños sobre la base de los descubridores son los que han terminado haciendo el país de hoy día. Cuba huele a España por los cuatro costados.

Después de multitudes y estrecheces salimos a campo abierto o, más concretamente, a El Prado. Aparte de los taxis incitando con sus colores y las franquicias inmiscuyendo sus prendas y joyas, el protagonismo se lo llevan edificios como el Hotel Inglaterra (de decoración y arquitectura española), el Gran Teatro (antiguo Centro Gallego) y el Capitolio (copia del de Washington D.C.). En modo de resumen: música en vivo en lo primero, grupos de niños visitando lo segundo y escalinata para arriba y para abajo en lo tercero (estaba cerrado y con la cúpula en rehabilitación desde 2010).

En la otra acera se encuentran los restaurados y porticados edificios de colores fríos, todo un clásico en fotografías y pinturas de la ciudad. Enfrente está el Parque de la Fraternidad y la parada de autobús de la noche anterior. Ya no estaba desubicado y giramos hacia el lado derecho del edificio más imponente de Latinoamérica con la tercera estatua más alta del mundo para encarar el barrio de las rimas.

Fotografías:
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