14 de mayo de 2019

La Habana (1)

Despegamos de Cancún y aterrizamos en el aeropuerto José Martí de La Habana, momento en el que mi amiga Cinthia se quedó sin pasaporte tras pasar el control. Las guardias de seguridad (o lo que fueran), con cuerpazos y vestimenta de burdel, no respondían más que con que esperásemos. Cada equis tiempo venían a hacerle preguntas y se iban. También hubo que ponerse en batería con otros recién llegados, en modo La Chaqueta Metálica, para que un perro olisqueara el equipaje. Más de una hora después, con Cinthia desesperada ante el pasotimo de las encargadas, dijo que se estaba orinando. Ahí sí reaccionaron, metiédola rápidamente en un cuartillo para hacerle unos rayos X e interrogarla. Una vez comprobado que no tenía nada sospechoso en su estómago devolvieron el pasaporte y adiós muy buenas. No discuto que relacionen mexicanos con tráfico de droga, pero esa bienvenida a los viajeros es impresentable.

Cambiamos de Euro a Peso Cubano Convertible (CUC), que es el que dan a los visitantes. Nada que ver con el CUP, la moneda de valor irrisorio que maneja el pueblo. Esquivamos taxistas, preguntamos por aquí y por allá y caminamos una media hora hasta Boyeros para coger el autobús P12. Llegamos al centro sumando una hora más, y nada más bajarnos pregunté a una señora dónde estaba el Capitolio, respondiéndonos y señalandolo a escasos metros. Fue patética mi pregunta, sí, pero pongo en mi defensa que teníamos un árbol pegado y era de noche.

Una vez ubicados nos introdujimos en La Habana Vieja con la sensación de meternos en la boca del lobo, aunque terminamos por darnos cuenta de que la decadencia ambiental es común allí. Preguntamos a un hombre y callejeamos hasta dar con nuestro alojamiento en la calle Aguiar. El porterillo electrónico estaba en proceso de cambio a otro con cámara, pero con métodos arcáicos y cables colgando por la fachada. La dueña, de unos 50 años, simpática y activa, nos explicó detalladamente el funcionamiento del ascensor y las cerraduras. Ignoramos lo primero por su más que inseguro estado y entramos al bonito salón común y a nuestra decente habitación.

Nos recomendó una pizzeria cercana y nos dirigimos a ella atravesando el Parque Cervantes. Lo que una hora antes nos parecieron bandas sospechosas resultaron ser grupos de jóvenes conectados al Wifi; lo nuevo de allí. Si bien en Mérida (México) hay Internet gratuito e inagotable en todas las plazas y parques del centro, en La Habana cobran 2 CUCP (una barbaridad para los cubanos) por hora. Menos tiempo y encima cobrando. Doy por hecho que muchas URLs inaccesibles, navegación controlada y velocidad mínima. Y es que el comunismo mira por el pueblo...

En la cena, aparte de lo buenas que estaban las limonadas y las pizzas, hechas con cariño y esmero, estuvimos conversando con las camareras. Nos contaron que son del mismo pueblo del este de la isla, pero que se conocieron en La Habana en busca de trabajo. Tanto los negocios como las viviendas son del gobierno, con lo que las horas y horas de trabajo son para subsistir. La de aproximadamente veiticinco años (Danelin) con pareja, pero la casi adolescente (Yudit) compartía un cuchitril y estaba más desesperada. No pedía dinero, más bien que la sacara del país. Nos fuimos reflexionando sobre ello.

Fotografías:
www.flickr.com/photos/alvaromartinfotografia/albums/72157703464968282

Página web:
www.alvaromartinfotografia.com