24 de mayo de 2019

La Habana (3)


Lo primero que me llamó la atención tras atravesar el arco del Barrio Chino fue la torre de un edificio. Me vino a la cabeza el rascacielos de la Plaza de España de Madrid, pero no resultó ser ese, sino el Palacio de Telecomunicaciones de la Plaza de Cibeles. Y puede que no sea pura casualidad porque, aparte del parecido físico, el edificio de La Habana corresponde a ETECSA (Empresa de Telecomunicaciones de Cuba S.A.).

Nos topamos con un descampado terrizo lleno de coches aparcados y personas pululando, teniendo el honor de considerarse parque, concretamente El Curilla. No lo cruzamos sino que lo bordeamos para salir por la calle paralela a por la que entramos, aprovechando para comer. El único plato era un mejunje de dados de carne, rebanadas de plátano y arroz; todo refrito. La única cerveza era Cristal, siendo la típica cubana junto a Bucanero. Eso sí, comiendo en los mismos lugares que los propios cubanos los precios nos resultaban irrisorios tanto a mi amiga mexicana como para mí  como europeo. Lo mismo ocurrrió con los helados un poco más allá en la misma acera.

Ya de vuelta de nuestra avanzadilla por Centro Habana nos encontramos de frente con el Palacio de las Ursulinas. En estado lamentable e incluso con ropa tendida en sus ventanales, es un estilo mudéjar creciente en las primeras décadas del siglo XX y que no pasa desapercibido. Unos arcos de herradura que inevitablemente te traen a la cabeza la mezquita de Córdoba como en mi entrada anterior la Giraldilla me teletransportaba a la Giralda de Sevilla, ciudad a la que también me llevó la mezquita Koutoubia de Marrakech. Pfff, y las redes sociales repletas de "selfies". Con lo que se puede trabajar el cerebro viajando.

Como hicimos a la ida por calle Obismo lo hicimos a la vuelta por calle Muralla. Un paseo de seiscientos o setecientos metros pero con ambiente menos extranjero y más de dentro. Una algarabía de bicitaxistas mirando culos de turistas, carniceros despiezando cerdos enteros y barrenderas acicaladas en vez de jubiladas. La Plaza Nueva, que durante años estuvo abandonada, ahora es la Plaza Vieja que está remodelada. ¡Ay, los ases del destino que estampan nombres cronológicos con desatino!

De nuevo con mis parecidos razonables o sobaqueros (en vuestras manos queda), cuando estuve en la plaza onubense de Las Monjas recordé ésta en la que acababa de entrar. Más allá del buen estado de ambas, las terrazas y las conversaciones, fuentes y estatuas (centradas o no), en las dos plazas había dos edificios esquinados (uno en una y otro en la otra) de estética similar y pequeños torreones (valga la contradicción). En el cubano creo que está el hotel Los Frailes.

En la Plaza Vieja había de nuevo museos, galerías y salas de exposiciones. Remarcar que, si ya había visto un bar con banderas del Athletic Club de Bilbao, ahora me encontraba un cartel con el logotipo del Ayuntamiento de Barcelona. Y es que, hilando a lo velazqueño, a proterroristas, independentistas y comunistas: Dios los cria y ellos juntan. En la calle Oficios, empredrada como tantas otras, se encuentra el Convento de Santa Brígida. Aparte del llamativo nombre (sobre todo para mí y por temas personales), mi mente tuvo una nueva aparición, en este caso de la Abadía Benedictina del madrileño Valle de los Caídos. Y es que tanto brigidinas como benedictinos ofrecen hospedaje bueno y sencillo por igual.

Como creé y cité en mi última entrada mexicana, no hay tres sin cuatro. Y es que, entre librerías monotemáticas y pintores por escalones, entre niños en los parques y carteles "Jovellanos", terminó por darme hambre. Si bien no había comida para llevar, sí podía hacer fotografías para lo mismo.  Llegamos a la Plaza de San Francisco de Asís. Un cura con niño en brazo y cruz en mano (¿pensáis lo mismo que yo?) presidía la última de nuestras visitas. De nuevo cerca de la bahía como hicimos por la mañana, y echándole un ojo a los alrededores, volvimos a callejear y disfrutar tanto de monumentos como de detalles por aquí y por allá.

Una nueva visita a nuestras pizzeras, una pasada de refilón por la bodeguita abarrotada y de nuevo a uno de los dos bares/restaurantes para guiris de la Plaza de la Catedral. Que si consumías te daban Wifi, bla, bla, bla... ¡Malditos estafadores! Cinthia ligando con el de la esquina, yo clavando miradas desafiantes a vendedores de droga y la cucaracha bajo el portaescobillas. ¡Todo en orden!

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21 de mayo de 2019

La Habana (2)

Nos levantamos con la idea de tomar como referencia las cuatro plazas principales de La Habana Vieja y, si encartaba, introducirnos en Centro Habana y El Prado. En menos de cinco minutos pasamos por la aún cerrada La Bodeguita del Medio y nos plantamos en la Plaza de la Catedral. En un callejón sin salida descubrimos el Taller Experimental de Gráfica donde, aparte de darse cursos teóricos y prácticos, se encuentra el Museo de Grabados. El hombre de allí, serio y amable, nos permitió fotografiar.

Entramos en la Plaza de Armas pegados al Castillo de la Real Fuerza con la Giraldilla mirándonos tras el foso. Estuvimos un rato en la bahía viendo pasar buques mercantes y frente al colosal Cristo de La Habana. Rodeamos la plaza fijándonos en hoteles y palacios, sin dejar a un lado detalles y construcciones más pequeñas, pero no menos importantes, como El Templete y la Casa del Agua Las Tinajas.

Encaramos la calle Obispo (la principal de La Habana Vieja) y paramos a desayunar en la Panadería-Dulcería San José. En la planta baja siempre hay cola para llevar, pero subiendo la escalera había una cafetería sólo para nosotros. Nos sentamos junto al balcón y leímos el mismo tipo de carta que se puede encontrar en España o Andalucía: bocadillo de jamón y queso con zumo de naranja. Bueno, con esto último me ocurrió como en Lisboa, recalcando la palabra "natural" pero recibiendo lo que les daba la gana. Por cierto, extranjero de unos sesenta años con una cubana de entre veinte y treinta. No hablaban entre sí, pareciendo un contrato de acompañamiento, tanto en silla como en cama.

Lo de "Cuba Libre" da risa a poco que uno sepa de historia reciente y actualidad. Una marca para curar la penas a un pueblo cubano reprimido por la dictadura comunista. Las tiendas de productos básicos como agua, jabón o medicina tienen una variedad escasa o nula. Productos contados, colas en las puertas y acceso limitado. Farmacias clásicas y cooperativas textiles antiguas son una atracción para el turista, pero una sobreexplotación para los trabajadores.

Podría continuar hablando de las tiendas de recuerdos con la única temática de la revolución y las caras del Che y Fidel hasta en la sopa; o de los grupos de música controlados y centrados sólo para restaurantes turísticos. Pero voy a compensar hablando de históricos hoteles como el Nuevo Mundo y el Marqués de Prado Ameno (donde aprovechamos para contratar la inminente escapada a Viñales). Y mercadillos alocados y galerías refinadas que dan gusto de visitar.

Entre hombres mayores alimentando gatos por los parques a mulatas despanpanantes saliendo de los institutos; entre monumentos, escritos y pinturas revalorizando los orígenes españoles a escudos de ratas huídas décadas atrás; entre espectaculares coches norteamericanos a cochambrosos autos soviéticos. Y es que, a grosso modo, estos dos últimos aliños sobre la base de los descubridores son los que han terminado haciendo el país de hoy día. Cuba huele a España por los cuatro costados.

Después de multitudes y estrecheces salimos a campo abierto o, más concretamente, a El Prado. Aparte de los taxis incitando con sus colores y las franquicias inmiscuyendo sus prendas y joyas, el protagonismo se lo llevan edificios como el Hotel Inglaterra (de decoración y arquitectura española), el Gran Teatro (antiguo Centro Gallego) y el Capitolio (copia del de Washington D.C.). En modo de resumen: música en vivo en lo primero, grupos de niños visitando lo segundo y escalinata para arriba y para abajo en lo tercero (estaba cerrado y con la cúpula en rehabilitación desde 2010).

En la otra acera se encuentran los restaurados y porticados edificios de colores fríos, todo un clásico en fotografías y pinturas de la ciudad. Enfrente está el Parque de la Fraternidad y la parada de autobús de la noche anterior. Ya no estaba desubicado y giramos hacia el lado derecho del edificio más imponente de Latinoamérica con la tercera estatua más alta del mundo para encarar el barrio de las rimas.

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14 de mayo de 2019

La Habana (1)

Despegamos de Cancún y aterrizamos en el aeropuerto José Martí de La Habana, momento en el que mi amiga Cinthia se quedó sin pasaporte tras pasar el control. Las guardias de seguridad (o lo que fueran), con cuerpazos y vestimenta de burdel, no respondían más que con que esperásemos. Cada equis tiempo venían a hacerle preguntas y se iban. También hubo que ponerse en batería con otros recién llegados, en modo La Chaqueta Metálica, para que un perro olisqueara el equipaje. Más de una hora después, con Cinthia desesperada ante el pasotimo de las encargadas, dijo que se estaba orinando. Ahí sí reaccionaron, metiédola rápidamente en un cuartillo para hacerle unos rayos X e interrogarla. Una vez comprobado que no tenía nada sospechoso en su estómago devolvieron el pasaporte y adiós muy buenas. No discuto que relacionen mexicanos con tráfico de droga, pero esa bienvenida a los viajeros es impresentable.

Cambiamos de Euro a Peso Cubano Convertible (CUC), que es el que dan a los visitantes. Nada que ver con el CUP, la moneda de valor irrisorio que maneja el pueblo. Esquivamos taxistas, preguntamos por aquí y por allá y caminamos una media hora hasta Boyeros para coger el autobús P12. Llegamos al centro sumando una hora más, y nada más bajarnos pregunté a una señora dónde estaba el Capitolio, respondiéndonos y señalandolo a escasos metros. Fue patética mi pregunta, sí, pero pongo en mi defensa que teníamos un árbol pegado y era de noche.

Una vez ubicados nos introdujimos en La Habana Vieja con la sensación de meternos en la boca del lobo, aunque terminamos por darnos cuenta de que la decadencia ambiental es común allí. Preguntamos a un hombre y callejeamos hasta dar con nuestro alojamiento en la calle Aguiar. El porterillo electrónico estaba en proceso de cambio a otro con cámara, pero con métodos arcáicos y cables colgando por la fachada. La dueña, de unos 50 años, simpática y activa, nos explicó detalladamente el funcionamiento del ascensor y las cerraduras. Ignoramos lo primero por su más que inseguro estado y entramos al bonito salón común y a nuestra decente habitación.

Nos recomendó una pizzeria cercana y nos dirigimos a ella atravesando el Parque Cervantes. Lo que una hora antes nos parecieron bandas sospechosas resultaron ser grupos de jóvenes conectados al Wifi; lo nuevo de allí. Si bien en Mérida (México) hay Internet gratuito e inagotable en todas las plazas y parques del centro, en La Habana cobran 2 CUCP (una barbaridad para los cubanos) por hora. Menos tiempo y encima cobrando. Doy por hecho que muchas URLs inaccesibles, navegación controlada y velocidad mínima. Y es que el comunismo mira por el pueblo...

En la cena, aparte de lo buenas que estaban las limonadas y las pizzas, hechas con cariño y esmero, estuvimos conversando con las camareras. Nos contaron que son del mismo pueblo del este de la isla, pero que se conocieron en La Habana en busca de trabajo. Tanto los negocios como las viviendas son del gobierno, con lo que las horas y horas de trabajo son para subsistir. La de aproximadamente veiticinco años (Danelin) con pareja, pero la casi adolescente (Yudit) compartía un cuchitril y estaba más desesperada. No pedía dinero, más bien que la sacara del país. Nos fuimos reflexionando sobre ello.

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3 de mayo de 2019

Huelva (2)


















Cien o doscientos metros hacia el sur llegamos al Muelle del Tinto, una obra de Gustave Eiffel que me recuerda también a Almería, no sabiendo si hay relación directa entre ellos. Más allá de su antiguo uso comercial, hoy es para recreo y ocio de familias, parejas y amigos. Para disfrutar del sol del de invierno cuando estuvimos allí. Tiene tres plantas, pudiéndose disfrutar desde el final de la más alta de unas muy buenas vistas. El Nuevo Colombino es donde juega el Recreativo de Huelva y se encuentra justo enfrente, en el paseo marítimo.

Este equipo es el decano del fútbol español porque fue creado por los ingleses que se establecieron por terrenos onubenses hace más de un siglo para la extracción de cobre. Aparte de fábricas y construcciones que aún perduran, lo más típico y conocido es el Barrio Reina Victoria, Barrio Obrero o, más coloquial, Barrio Inglés. De estilo entre neomudéjar, andalúz y colonial, es una zona de unas ocho hectáreas sobre el Cerro de San Crisóbal, haciendo contraste con los bloques y edificios comunes que lo rodean.

La estancia en Huelva no terminó aquí, sino que cruzamos el puente esta vez de vuelta y nos desviamos ligeramente para aparcar al lado del Monumento a los Descubridores, una columna de más de 45 metros sobre su promontorio. También construida hace más de un siglo y recientemente restaurada.

Nos metimos en el monasterio sin saber que se estaba celebrando una misa, con lo que nada más entrar pasamos entre los numerosos devotos para sentarnos en una banqueta del fondo. Terminada la misa (que no la cena) salieron los creyentes y quedamos cura y niños para recoger y nosotros para fotografiar.

Guiados por un grupo de señoras mayores bajamos hacia el río pasando por el Foro Iberoamericano, un noventero y feísimo teatro al aire libre. Entramos al Muelle de las Caravelas, donde el centro de atención son las reproducciones de la Pinta, la Niña y la Santa María. Se puede subir a ellas y entrar en ellas, destacando Colón haciendo sus mediciones y la tripulación gritando a los grumetes mediante altavoces ocultos. No olvidar el precioso entorno del Muelle de la Reina, las marismas y los "cuá-cuá".

Nombrar también la salida de nuevo por la carretera nacional entre casi infinitas instalaciones e infraestructuras, y sus llamativas luces mayormente rojas, fijas o intermitentes, que dan ese aire futurista que a veces relaciono con videojuegos o películas que me gustan. Ese mismo aire, ahora literal, es el que hace que Huelva tenga el mayor índice de cáncer de toda España.

Me planteé la ciudad como estupenda para vivir por sus numerosos y atractivos puntos urbanos y entornos naturales, tranquilidad y relax a la vez que su motivadora cercanía a Portugal. Pero después de los datos estadísticos me lo he replanteado. Me viene a la cabeza (nunca mejor dicho) un capítulo de Fringe que se desarrolla en un pueblo perdido por los bosques del norte estadounidense. ¡Ahí lo dejo!

Fotografías:
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Huelva (1)


















La entrada por la carretera nacional N-442 es entre el gris metálico de las torres industriales y el verde de la vegetación de las lagunas. Cruzamos el puente sobre la unión del Tinto y el Odiel e hicimos una parada en el Monumento a la Fe Descubridora, muy grande e imponente, y vallado por la celebración de una temática que cansa y aburre; tanto que no la voy a nombrar.

Dejamos el coche cerca del centro y nos introdujimos en el mismo. Igual que la entrada a través de un puente me recordó a la de Cádiz, la tranquilidad y soledad de las calles me recordó a Almería por más que fuera domingo. Pasamos por un descampado que olía a orina, pero que estaba decorado con enormes cartelones colgando de los edificios y con dibujos icónicos de la ciudad.

La Plaza de las Monjas sí que estaba animada como epicentro urbano que es, con terrazas alrededor de la misma, el Monumento Cristóbal Colón y una exposición sobre socialismo, comunismo y fotógrafos muy repetitivos y vistos. Gente de charla, niños persiguiendo palomas y un sol la mar de agradable.

Nos hicimos con un banco en la cercana y menos concurrida Plaza de Quintero Báez para, entre fiambrera y ensalada de supermercado, apañárnoslas para almorzar entre hambrientos e inocentes gorriones, y terminando con el reciclaje debido. Dejamos a nuestra derecha la sede de RTVE y una academia de portugués, lógica la existencia de esta última a pocos kilómetros del país y me encantaría tenerla en mi ciudad.

Preguntando a un par de mujeres cogidas del brazo terminamos en la Plaza de San Pedro, en la que entre hermandad e iglesia se encontraban los invitados de una boda recién concluida. Pasamos entre ellos hacia un callejón sin salida, pero útil para realizar fotografías. Rodeamos la iglesia y dejamos, esta vez a la izquierda, un edificio abandonado con pinta de mercado de abastos o similar.

Continuamos visitando la ciudad entre tiendas cerradas y escaparates curiosos hasta llegar a la desierta Plaza de la Merced. Es llamativo porque es donde se encuentra la catedral y, un poco detrás de ella, la plaza de toros. También había una facultad lógicamente cerrada un domingo. Preguntando de nuevo nos dirigimos hacia la plaza principal para orientarnos y encontrar el coche, pero dimos con él por el camino.

El puerto de Huelva me recordó al de Málaga una década atrás, con edificios como el de la anterior ubicacón del Aula del Mar o el silo. Barcos de pesca atracados y grandes camiones de mercancías. Echamos un ojo al Muelle de Levante, bares y restaurantes a pocos metros de las aguas del Tinto. Una versión mini de lo de Lisboa en el Tajo. Que conste que estas comparaciones que suelo hacer en las entradas de mis viajes no son para menospreciar, en este caso, a Huelva. Son sólo relaciones y recuerdos que van surgiendo en mi mente.

Fotografías:
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