22 de abril de 2019

Matalascañas


















Tocaba hacer una escapada a Matalascañas, donde ya estuve el  año pasado y a donde este fui invitado de nuevo. Entre llegar en verano y en invierno hay un abismo. Restaurantes y bares cerrados, mercadillos desaparecidos, calles solitarias y aparcamiento de sobra. Un pueblo de pescadores convertido en un destino turístico mediante una construcción masiva y acelerada unas décadas atrás. Miles de viviendas sólo ocupadas los tres meses de verano.

Pero no se puede negar la evidencia, y estar en una casa adosada a cien metros de la playa es un gustazo. El sol de finales de invierno y principios de primavera invita a estar en el exterior. Desayunar en el porche echándole migas de pan a los gorriones e irse al paseo marítimo a hacer un poco de ejercicio es de las mejores formas de empezar el día.

La playa nunca me ha atraído especialmente, pero tirarse veinte o treinta minutos bajo una sombrilla con casi nadie alrededor es irresistible. La cocina daba a un patio trasero e invita a cocinar platos sanos y sencilos para comérselos viendo documentales como las tres partes de "El Imperio de los Zares" o capítulos sueltos y a media de "El Encantador de Gatos".

Nos fuimos hacia Mazagón pero sin llegar a él, deteniéndonos en el Parador Nacional. El interior clásico y elegante de la franquicia era de esperar, pero la localización con una playa virgen a los pies era un extra. El camarero tuvo el detalle de echar las cortinas por la bonita pero cegadora puesta de sol. Nos quedamos merendando y conversando hasta que llegó el momento de martirizarse viendo al Málaga.

En otra sobremesa empezamos una caminata por el paseo marítimo hacia el otro extremo en busca de la zona más animada o, al menos, menos muerta. Lo primero que me llamó la atención fue un bar llamado Ambos Mundos, creyendo que me resultaba familiar por haber estado en verano, pero descubriendo más tarde que era por un hotel que vi en La Habana dos o tres meses atrás.

Nos íbamos cruzando sobre todo con parejas mayores y algunos niños que jugaban a la pelota o al pilla-pilla. Los hoteles y urbanizaciones en primera línea de playa iban intercalando estilos de los años sesenta o setenta con otros más horrendos y modernos. Lo compensaban gatos que se colaban por las vallas y barcas de pesca apeadas en la arena.

Llegamos a donde termina la Playa Castilla, estando enfrente y en el agua lo que parecío una gran roca, pero que en el pasado era la Torre de la Higuera (llamada "La Peña" coloquialmente) y presidida e iluminada por el faro del mismo nombre.

Ya al anochecer hicimos parada en la calle del extremo occidental del pueblo para disfrutar de pasteles e infusiones. La iglesia estaba justo detrás, pero tuvimos que bordear unas obras para plantarnos ante su fea y sosa portada. Pero no todo es tan terrible, porque descubrí unos callejones en los que si mirabas hacia un lado veías la llamativa torre eclesiástica y hacia el otro el faro.

Fotografías:
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