5 de abril de 2019

Isla Mujeres


















Hace unos años estuve en esta isla rodeándola por completo y viendo que, a pesar de ser relativamente pequeña, tenía más de un punto que destacar. Más allá de las partes más conocidas como Playa Norte donde te deja el ferri y Punta Sur presidida por la diosa Ixchel, se me quedó grabado el contraste social en tan poco espacio, habiendo entre las dos zonas otra llamada Salinas, donde decenas o cientos de casas en estado lamentable rodean un par de lagunas llenas de basura y con un olor putrefacto. No se trata de criticar a la isla que, de por sí, me gusta mucho y me trae buenos recuerdos, sino que esto no es una guía turística sino más bien un cuadernos de bitácora donde tanto lo bueno como lo malo tienen cabida.

Recién llegado de Cuba mi réflex echaba tanto humo como los fusiles de Rorke´s Drift (o, más mexicano, El Álamo), haciendo la excepción de dejarla en el hotel de Cancún para hacer con una visión aún más abierta la escapada a Isla Mujeres propuesta por una chica llamada Marisol. Lo de la cámara ha hecho que ponga esta fotografía desde el ferri nada más salir de Puerto Juárez siete años atrás.

Me recogió en taxi en la misma rotonda de la estación de autobuses de Cancún y nos estuvimos tanteando en espera del ferri hacia Isla Mujeres, incluyendo la presentación de unos amigos que volvieron a aparecer cerca de la hora de comer. Durante el balanceo hacia la isla estuvimos intercambiando puntos de vista sobre un hecho puntual que me contó y que desembarcó en apertura de mentes. Nos tumbamos/sentamos unos veinte o treinta metros más allá de la orilla, pero no en la playa sino en el mar, con el agua por la cintura. Y eso invita a hablar y hablar, tocando tanto temas globales como personales. Una arquitecta harta de ejercer como tal porque va en contra de la protección del planeta y lo deja para reflexionar sobre qué hacer con su vida. ¡Olé!

Nos levantamos por hambre/exceso de sol y comimos donde no recuerdo el nombre y tomamos el postre donde tampoco, pero en ambos casos salí con el dedo gordo hacia arriba. Quien en los primeros minutos me hizo dudar, a esas alturas hacía que el tiempo pasara volando tanto que perdí el ferri. Eso hizo sentarnos a tomar infusiones y hacernos ver nuestro sincronismo a la hora de descubrir nuestras visiones de la vida. Una conversación de la que no recuerdo cada frase pero sí la coincidencia de carácteres a la hora de interpretar la existencia. Ahí el tiempo corrió aún más rápido.

Rematamos yéndonos al punto clave de la isla para ver la puesta de sol y nos despedimos tras casi robarle inintencionadamente un bolso que le llevé todo el día y que tenía casi implantado. Nada de tonteo o ligoteo (que yo sepa), sino ocho horas de conversaciones profundas y existencialistas que echo mucho de menos en mi día a día. La vuelta a tierra firme la pasé con la mente en el limbo tras semejante coito reflexivo y mental, despertándome de mi estado semionírico el taxista dicharachero que me llevó a coger mochila y cámara e irme para Mérida.

Fotografías:
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