1 de marzo de 2019

Izamal



La otra vez que estuve en Mérida me metí en la parte superior del mercado y teniendo poco que ver porque estaban limpiando y a punto de cerrar. Esta vez entramos en la planta baja a primera hora de la mañana para desayunar. Con lo que me gustan las empanadas mexicanas y lo rápido que me las tuve que comer por la inquietante presencia de cucarachas.

Estuvimos esperando en una miniexplanada cerca del Parque Eulogio Rosado a que nos recogiera la combi hacia Izamal, aprovechando el aire acondicionado que salía de una de las cientos de Farmacias Similares, un despilfarro energético que puntualmente nos vino bien. Por el camino hubo parada en una gasolinera para que el conductor orinara y también en un pueblo de cuyo nombre no puedo acordarme.

El centro de Izamal es el Convento de San Antonio de Padua y lo que todo el mundo va a ver básicamente por turismo o religión. Frente a ella está el Parque 5 de Mayo donde una mujer con micrófono y orando nos recibió. El edificio fue construido sobre y con restos mayas y posee el atrio cerrado más grande tras San Pedro de El Vaticano. Quizá por eso fue visitado por Juan Pablo II hace unas décadas y hay una estatua que lo recuerda.

Cuando llegamos había misa en la iglesia, con lo que le dimos una vuelta al claustro y su jardín, recordándome a San Bernardino de Siena en Valladolid, a unos kilómetros de allí. Una escalera lleva hasta el camarín de la Virgen de la Purísima Concepción y los detalles históricos y obras de arte que la acompañan.

Al salir a la izquierda está el mercado donde comimos y a la derecha el Parque Itzamna que atravesamos. A diferencia de la mayoría de pueblos y ciudades mexicanos que cada casa tiene un color diferente, en Izamal tienden a ser todas del mismo color naranja, dándole ese toque distintivo. Entre los muchos puntos arqueológicos nos dispusimos a subir la pirámide Kinich Kakm.

Lo que parecía no más de veinte escalones resultó un efecto óptico porque a poco de empezar había una explanada para tomar o recuperar energía y hacer la verdadera subida. Desde arriba destaca el convento rodeado por casas y árboles con capillas y restos mayas intercalados. Junto con las plazas y el mercado ya nombrados terminó siendo una escapada de dos o tres horas que mereció la pena.

Fotografías:
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