31 de marzo de 2019

Celestún


















La salida de El Lucero del Alba creó dudas por ambas partes, pero el interés aparecido tres o cuatro días después por la escapada a Celestún empezó a aclarar el tema y el uso de mi hombro y brazo como almohada ya en el autobús lo confirmó todo.

Nada más llegar completamos la lancha que iba a partir compartiéndola con un grupo de mexicanos aparte del piloto/guía. Nos despedimos de los impasibles pelícanos prometiéndoles volver a verlos y comenzamos a navegar en paralelo a la costa con botes sobre las olas y bocanadas de agua a la cara hasta girar para introducirnos en la Reserva de la Biosfera Ría Celestún.

Íbamos zigzagueando de forma curvada por las pseudoislas donde los cientos de flamencos hacían pie ("patas" en este caso). A veces nos miraban indiferentes y otras echaban a volar sobre nosotros en un escenario idílico, con el motor apagado y sólo escuchando el piar de las aves y los suaves golpes del agua contra la tambaleante lancha.

De las aguas cristalinas de la playa, y pasando por las rosadas de la ría, entramos con calma en las oscuras de los manglares hasta llegar al transparente y grande Ojo de Agua y hacer una parada para bañarnos entre minúsculos pececillos.

No era necesario hacer todo el camino de vuelta, con lo que nos bajamos al lado del puente de entrada al pueblo y nos llevaron en motocarro al mismo. Nos sentamos a pie de playa a comer en un restaurante tranquilo como todo Celestún. Me encantó el pescado empanado ("emparedado" allí) escuchando el romper de las olas desde poniente y a los camareros de charla a falta de más clientes.

Ya estaba anocheciedo cuando nos levantamos a dar un paseo por la playa y hacer parada al final del muelle. Decidimos quedarnos en una de las pocas hostales y estuvimos en ella más de cuatro horas, con lo que fue difícil encontrar cena al salir. Nos hablaron de un Oxxo cercano, pero terminó siendo una copia barata que, junto con una taquería a punto de cerrar, nos hizo el avío.

Desayunamos en la plaza del pueblo y caminamos hacia el puerto para cumplir la promesa con los pelícanos plantados en grupo sobre las barcas amarradas. Diana estuvo todo el rato hablando por el móvil por temas de trabajo mientras yo aprovechaba para captar como vivía la gente y los animales de allí. Y ahí terminó la romántica y hollywoodiense escapada a Celestún.

Fotografías:
www.flickr.com/photos/alvaromartinfotografia/albums/72157703462474782/page3

Página web:
www.alvaromartinfotografia.com