20 de febrero de 2019

Playa del Carmen


















La necesidad de un cambio de aires me plantó en esta ciudad seis o siete años atrás, una historia que comenzó en un hotelucho cucarachero y terminó en mi pecho cual medalla militar. ¿Por medio? Cuatro meses de un sinfín de experiencias que no voy a ponerme a relatar, pero que capté como inicio de los treinta cuando fueron el cierre de los veinte. Y ya está bien de rodeos salvo a la cuadriculada e iluminada urbe para un aterrizaje de cara al mar.

Que me recibiera una de las personas más valiosas de mi vida compensaba el cansancio de tantas horas de viaje, alguien que había estado siempre al pie del cañón sin importar tiempo o distancia. Nada más salir de la terminal y a pesar de su escasa altura la vi entre el tumulto de taxistas y operadores turísticos, y me lancé hacia ella a abrazarla. La hora de ADO hacia Playa se hizo bien corta entre conversaciones y chismorreos, entre lluvia y oscuridad. Unos tacos al pastor completaron mis necesidades básicas y a dormir.

La mañana empezó desde el Parque Fundadores, entre los ferris a Cozumel y la Capilla de Nuestra Señora del Carmen; el comienzo de la Quinta Avenida. Ésta es turismo por el día y desenfreno de sexo y alcohol por la noche, con un toque de tiroteos cuando menos te lo esperas. ¡Es la salsa de la muerte!

Mi interés no era más que recordar mi estancia pasada. Me gusta que continúe el Jardín de Marieta con tiendas/talleres de arte. Es donde sacar la cabeza a respirar antes de volver a meterse en el vacío. No me gusta que hayan quitado la Calle Corazón para poner un hotel. Le daba un mínimo toque mágico a tanta falsedad. Paramos a almorzar unas riquísimas tostadas en Las Helodias y aprovechamos para criticar a todo el que por allí pasaba vigilados por el chiguagua boxeador.

Llegamos hasta La Bodeguita del Medio, de más relumbrón pero menos encanto que la original o, al menos, eso creía. Hicimos el camino de vuelta por las calles paralelas, girando en el campo de fútbol y haciéndome una foto delante de donde viví, el mayor monumento para mí.

Nos detuvimos en el hotel Reina Roja porque, entre otras cosas, tenía en mente hacer una foto concreta desde allí. Pero más que concreta fue concreto, mucho concreto, pues había nuevas construcciones tapando el horizonte. Aún así el hotel mantiene su toque alternativo en la planta baja, semilujo y precios altos en las habitaciones y su enorme piscina en la planta superior.

Resulta que era Fin de Año y tenía que cenar a regañadientes en la casa de una amiga de mi amiga. La cena terminaron siendo unas pizzas de enfrente del hotel en el que nos alojábamos, allá perdido por la Avenida Constituyentes para arriba. En vez de a las nueve terminamos llegando a las once con un par de botellas de lambrusco del Wallmart para cumplir. Y allí nos plantamos, en una urbanización (o "condominio" en mexicano) a las afueras, en la carretera Cancún - Tulúm en sentido a este último.

La que vivía e invitaba allí era la ya citada amiga de mi amiga, yendo avisado de antemano de que era loca y ninfómana. Lo bueno y que comprobé era que cuando estaba borracha se comportaba normal; y lo estaba. Luego había dos hombres entre los cuarenta y cincuenta frente a un grupo de veinteañeras feas y sosas que no hacían más que mirar sus móviles respectivos. Yo, que no bebo, me rellené más de una vez la copa temiendo una noche larga y aburrida.

Llegó una chica extrajera y guapa, pero también de escasas neuronas. Lo bueno fue que se llevó a todas las demás de fiesta y a guarrear, ¡y allí empezó tó! Lo que parecía que iba a ser un mortuorio se activó. Más allá de la amiga de mi amiga, que sólo decía una palabra o esgrimía una sonrisa mostrando su aparato dental (ninfómana? OMG!), los dos hombres, mi amiga y yo comenzamos temas superficiales, mas pronto nos metimos en otros más profundos e interesantes. Los dos hombres e incluso mi amiga me sorprendieron en cuanto a cultura y conversación. Tanto que rechacé un ofrecimiento a irnos.

Lo que esperaba como una Nochebuena porqueriosa y aburrida terminó en darle al pico hasta las dos o tres de la madrugada. Es una de las muchas cosas buenas que tienen este tipo de viajes, personas que te presentan y que posiblemente nunca volverás a ver, pero que te aportaron y recordarás.

Nos despertamos más frescos que una lechuga para desayunar cerca del hotel como la mañana anterior pero con más dificultad por ser 1 de Enero. Tras revuelto de nopal con frijoles tocaron empanadas. ¡Oh, qué descubrimiento! Bajamos para el centro y nos acoplamos en el Marley Coffe, elegante pero informal, moderno pero de temática perroflauta. Comparte edificio con un hotel para yanquis pero con dos o tres detalles aprovechables para fotografía o vídeo.

¡Y poco más! Callejenado por aquí y cambiando euros por pesos por allá, zampando ceviches, paseando por la plaza del ayuntamiento entre los puestecillos de vestidos yucatecos o oaxaqueños y recogiendo las maletas de, ejem, ejem, consignas para introducirnos en uno de los famosos congeladores ADO y echar más de cuatro horas hacia Mérida.

Fotografías:
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