28 de febrero de 2019

Mérida (1)


















Mi estancia, más allá de viajes y escapadas, iba a ser en Chichí Suárez, a las afueras de Mérida y más allá de la autovía que la rodea, llamada perimetral. Chichí Suárez es como un pueblecito adosado a la ciudad, teniendo una tranquila calle principal en la que bien temprano montan puestecillos para comer a ambos lados de la calzada que termina en una hacienda para eventos. Mientras charlábamos con un sapo vino un abuelo a echarnos de allí.

El transporte es bueno como en casi todo México, pudiéndose llegar prácticamente a cualquier lado. Diferente es el tipo de transporte... Hace poco vi la película Roma que se desarrolla varias décadas atrás, y los autobuses ("camiones" allí) y furgonetas ("combis" allí) son las mismas de hoy. Si a eso sumamos el estado de las calles y el remate de los "guardias acostados" para reducir la marcha, está claro por qué terminé el mes con mi espalda del revés.

Hace años estuve en Mérida; una vez que fui expresamente para el centro e hice noche allí y alguna que otra vez de paso. Aún así esta vez tuve que consultar Google Maps para saber dónde me había dejado el autobús, que resultó ser en el Parque Eulogio Rosado. Es una de las plazas del centro que tomé como referencias para visitarlo, con la diferencia de ser la única de ellas no presidida por una iglesia.

Las ordenadas y cuadriculadas calles del centro poco tienen que ver con lo que hay en ellas. Es un hervidero de personas reflejado en aceras atestadas, coches y autobuses por doquier y voces y música relanzando productos y ofertas. Atravesé el callejón semicubierto de al lado de la catedral, esquivando birrias artísticas y apareciendo en la Plaza Grande, kilómetro cero de Mérida.

Hay muchos puntos visitables e interesantes en ella. En la catedral había misa, con lo que la dejé para más tarde y empecé por el Palacio de Gobierno, en el que son destacables su escalinata y el salón de suelo en modo tablero de ajedrez y cuadrados aleatorios. Aproveché esa primera planta para hacer fotos por los ventanales al igual que hice acto seguido desde la terraza del Ayuntamiento de Mérida.

Entré también en el Centro Cultural Olimpo, volviendo a colarme en su pequeño teatro como años atrás pero no habiendo esta vez jóvenes actuando sino dos solitarios hombres en la grada haciendo a saber qué. En la entrada no cobran, sólo piden rellenar en una libreta datos para estadísticas de visitantes. Pregunté a las recepcionistas qué había sido del Pasaje Picheta, el cual visité la otra vez y me encantaron su decoración y ambiente. Estaba en remodelación...

Entré en la Casa de los Montejos para recordar el jardín y echarle un ojo a la exposición, no sé si permanente o temporal. Le di un par de vueltas a la plaza, muy animada con la decoración navideña mas contrastada con tanto sol y calor.

Era la hora de comer y las calles estaban más calmadas. La otra vez que estuve en el Parque de San Juan había una feria o similar con decenas de niños a su libre albedrío, pero en esta ocasión pude entrar por un lado de la preciosa iglesia, bordear la fuente y salir por la estatua del repetitivo y recurrente Benito Juárez.

Dentro de las habituales caminatas y para quemar los dos trozos de pizza que almorcé rodeé el centro en dirección noreste para el Parque de la Mejorada. Más allá de la estatua e iglesia de turno, entré en la curiosa Cafebrería Punto Mid, donde poder echarle un ojo a los libros tomando una infusión que te regalan si compras uno. Allí hice tiempo y digestión hasta la reapertura de la catedral.

Me gustó tanto el descubrimiento que se me pasó la hora y había empezado otra misa. Este vez, ni corto ni perezoso, desenfundé y me puse a hacer fotografías tanto con mi 17 - 50 mm como con mi reluciente e innovador ojo de pez. Total, había unos yankis ("gringos" allí) con los móviles ("celulares" allí)...

Saliendo de la catedral y continuando por la misma acera hacia el norte se deja a la derecha el Parque Hidalgo y a la izquierda el Parque Santa Lucía. En el primero hay hoteles y bares para guiris, con el detalle de que en uno de estos últimos vi la final de la Eurocopa de 2012 que ganó España. En el segundo están las sillas gigantes donde a la gente le encanta fotografiarse.

Por allí cruza la cale 55, en la que adentrándome ligeramente descubrí un restaurante (Cartas a Frida) de decoración atractiva y una galería (Le Cirque) de recepcionista atrayente. Ahí mismo está el hotel San Juan, en el que hice noche hace años. Pedí que me pidieran un Uber y a la cama.

Fotografías:
www.flickr.com/photos/alvaromartinfotografia/albums/72157703462474782

Página web:
www.alvaromartinfotografia.com

20 de febrero de 2019

Playa del Carmen


















La necesidad de un cambio de aires me plantó en esta ciudad seis o siete años atrás, una historia que comenzó en un hotelucho cucarachero y terminó en mi pecho cual medalla militar. ¿Por medio? Cuatro meses de un sinfín de experiencias que no voy a ponerme a relatar, pero que capté como inicio de los treinta cuando fueron el cierre de los veinte. Y ya está bien de rodeos salvo a la cuadriculada e iluminada urbe para un aterrizaje de cara al mar.

Que me recibiera una de las personas más valiosas de mi vida compensaba el cansancio de tantas horas de viaje, alguien que había estado siempre al pie del cañón sin importar tiempo o distancia. Nada más salir de la terminal y a pesar de su escasa altura la vi entre el tumulto de taxistas y operadores turísticos, y me lancé hacia ella a abrazarla. La hora de ADO hacia Playa se hizo bien corta entre conversaciones y chismorreos, entre lluvia y oscuridad. Unos tacos al pastor completaron mis necesidades básicas y a dormir.

La mañana empezó desde el Parque Fundadores, entre los ferris a Cozumel y la Capilla de Nuestra Señora del Carmen; el comienzo de la Quinta Avenida. Ésta es turismo por el día y desenfreno de sexo y alcohol por la noche, con un toque de tiroteos cuando menos te lo esperas. ¡Es la salsa de la muerte!

Mi interés no era más que recordar mi estancia pasada. Me gusta que continúe el Jardín de Marieta con tiendas/talleres de arte. Es donde sacar la cabeza a respirar antes de volver a meterse en el vacío. No me gusta que hayan quitado la Calle Corazón para poner un hotel. Le daba un mínimo toque mágico a tanta falsedad. Paramos a almorzar unas riquísimas tostadas en Las Helodias y aprovechamos para criticar a todo el que por allí pasaba vigilados por el chiguagua boxeador.

Llegamos hasta La Bodeguita del Medio, de más relumbrón pero menos encanto que la original o, al menos, eso creía. Hicimos el camino de vuelta por las calles paralelas, girando en el campo de fútbol y haciéndome una foto delante de donde viví, el mayor monumento para mí.

Nos detuvimos en el hotel Reina Roja porque, entre otras cosas, tenía en mente hacer una foto concreta desde allí. Pero más que concreta fue concreto, mucho concreto, pues había nuevas construcciones tapando el horizonte. Aún así el hotel mantiene su toque alternativo en la planta baja, semilujo y precios altos en las habitaciones y su enorme piscina en la planta superior.

Resulta que era Fin de Año y tenía que cenar a regañadientes en la casa de una amiga de mi amiga. La cena terminaron siendo unas pizzas de enfrente del hotel en el que nos alojábamos, allá perdido por la Avenida Constituyentes para arriba. En vez de a las nueve terminamos llegando a las once con un par de botellas de lambrusco del Wallmart para cumplir. Y allí nos plantamos, en una urbanización (o "condominio" en mexicano) a las afueras, en la carretera Cancún - Tulúm en sentido a este último.

La que vivía e invitaba allí era la ya citada amiga de mi amiga, yendo avisado de antemano de que era loca y ninfómana. Lo bueno y que comprobé era que cuando estaba borracha se comportaba normal; y lo estaba. Luego había dos hombres entre los cuarenta y cincuenta frente a un grupo de veinteañeras feas y sosas que no hacían más que mirar sus móviles respectivos. Yo, que no bebo, me rellené más de una vez la copa temiendo una noche larga y aburrida.

Llegó una chica extrajera y guapa, pero también de escasas neuronas. Lo bueno fue que se llevó a todas las demás de fiesta y a guarrear, ¡y allí empezó tó! Lo que parecía que iba a ser un mortuorio se activó. Más allá de la amiga de mi amiga, que sólo decía una palabra o esgrimía una sonrisa mostrando su aparato dental (ninfómana? OMG!), los dos hombres, mi amiga y yo comenzamos temas superficiales, mas pronto nos metimos en otros más profundos e interesantes. Los dos hombres e incluso mi amiga me sorprendieron en cuanto a cultura y conversación. Tanto que rechacé un ofrecimiento a irnos.

Lo que esperaba como una Nochebuena porqueriosa y aburrida terminó en darle al pico hasta las dos o tres de la madrugada. Es una de las muchas cosas buenas que tienen este tipo de viajes, personas que te presentan y que posiblemente nunca volverás a ver, pero que te aportaron y recordarás.

Nos despertamos más frescos que una lechuga para desayunar cerca del hotel como la mañana anterior pero con más dificultad por ser 1 de Enero. Tras revuelto de nopal con frijoles tocaron empanadas. ¡Oh, qué descubrimiento! Bajamos para el centro y nos acoplamos en el Marley Coffe, elegante pero informal, moderno pero de temática perroflauta. Comparte edificio con un hotel para yanquis pero con dos o tres detalles aprovechables para fotografía o vídeo.

¡Y poco más! Callejenado por aquí y cambiando euros por pesos por allá, zampando ceviches, paseando por la plaza del ayuntamiento entre los puestecillos de vestidos yucatecos o oaxaqueños y recogiendo las maletas de, ejem, ejem, consignas para introducirnos en uno de los famosos congeladores ADO y echar más de cuatro horas hacia Mérida.

Fotografías:
www.flickr.com/photos/alvaromartinfotografia/albums/72157702955145152

Página web:
www.alvaromartinfotografia.com