30 de agosto de 2019

Tavira













Tocaba escapada veraniega y nos decidimos por Tavira, donde ya estuve  hace más de diez años para desayunar de camino a Lisboa. Esta vez llegamos de noche y nos quedamos en las afueras del pueblo a dormir, concretamente en Mi Casa Su Casa; más que recomendable. Fácil de encontrar, aparcamiento en la puerta, un hombre saliendo a recibirnos de madrugada, habitaciones estupendas y desayuno en  modo "haga y coja lo que quiera".

La otra vez dejé el coche por el sur cerca de un hotel mamotreto (idealizado por aquella época) y bajé por la calle Dr. Marcelino Franco. Esta vez dejamos el coche por el oeste al lado de la iglesia de San Francisco y bajamos mirando negocios locales de cierta originalidad, aparte de un museo fotográfico/estafa. En cualquier caso, terminamos en el centro, con su plaza y parque. Es donde paré la otra vez, pero esta continuamos.

Cruzamos el río Gilao por un bonito puente que conecta las dos partes céntricas del pueblo. Estuvimos una hora tomándonos infusiones y charlando en una esquina de la Plaza de Antonio Padinha. Allí se encuentran el Jardín de la Alagoa y la iglesia de San Pablo.

Continuamos en paralelo al río hasta volver a cruzarlo por otro puente, echarle un ojo al mercado, pasar cerca de las multitudes comiendo pescado, atravesndos el parque y llegando al castillo. Lo tenía un poco borrado de la memoria y subimos a él. Un tranquilo patio central y unas muy buenas vistas de Tavira. Por las escaleras, si no tienes cuidado, te puedes matar.

Almorzamos al lado de donde dejamos el coche, concretamente en el restaurante Avenida. Probé el bacalao dorado, un plato muy típico de allí y riquísimo. ¡Me lo apunto! También comprobé y confirmé mi incomparable portugués respecto a la última vez que fui a tierras lusitanas. Pude hablar con el camarero más allá de leerle y señalarle la carta.

Pasamos en coche por las calles estrechas de la parte antigua para dejarlo bajo el puente más grande y cercano a la desembocadura. Dejamos la réflex en el maletero (por eso sólo hay fotografías de la mañana) y recogimos otras cosas como las toallas. Y es que... ¡nos íbamos a la playa! Compramos los billetes para el ferri y nos pusimos a esperar en la acera; sentados y a la sombra. Pasó un vagabundo y embarcamos poco despúes.

Son unos veinte minutos de navegación hasta poner pie en madera, concretamente en la del pequeño puerto (si es que llega a serlo). Es más que suficiente y es lo que pega en ese parque natural, pero al lado había un enorme cartel anunciando la próxima construcción de un nuevo superpuerto. ¡Yuju! (...). Anduvimos un poco para atravesar un campamento ("camping" para los que no sepáis español) y dimos con una preciosa y enorme playa. Plantamos la sombrilla en la parte más oeste, junto al faro y el espigón. Un agua muy limpia y fría.

El tiempo allí pasó volando, y el último ferri no salía muy tarde, así que hicimos todo de vuelta y terminamos descansando (sí, la playa cansa) tomándonos un rico helado. Caravana a la salida por turistas/residentes temporales acudiendo en masa a los centros comerciales, nos perdimos en un descampado al que le terminé por ver su aquel. De vuelta para cruzar la frotnera sobre el río Guadiana tras una por sorpresa e improvisada escapada a un pueblo que tenía olvidado.

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4 de agosto de 2019

Córdoba

La carretera de Málaga a Sevilla poco tiene que ver con la de Málaga a Córdoba. A partir de la separación tras bajar del Puerto de las Pedrizas, la primera empieza con la Vega de Antequera, toda llana y sin más, y continúa por más y más fábricas conforme te vas acercando a la capital. La que va hacia Córdoba poco tiene que ver, pues lo que ves es campo y más campo, con bonitos y pequeños pueblos por aquí y por allá (con la excepción de Lucena, pero que no se ve mucho desde la autovía).

Quedamos en la estación de autobuses y, una vez nos encontramos tras llamadas y mensajes, aprovechamos para desayunar allí. Comenzamos a caminar por los Jardines de la Victoria, esa alamenda que no recuerdo si tiene álamos y que atraviesa gran parte de Córdoba de norte a sur. Dejamos  a un lado el Teatro de la Axerquía, donde estuve hace un par de años para un concierto de Ara Malikian, y al otro lado el Alcázar de los Reyes Cristianos, en el que me hubiera encantado hacer fotografías pero estaba cerrado.

Cruzamos el Guadalquivir por el puente de San Rafael para pasear de forma paralela a las aguas por la Avenida de Cádiz. Resulta que íbamos a conocer e investigar una zona que por internet parecía atractiva, pero que conforme íbamos avanzando e introduciéndonos la cosa cambiaba. Lo que en un principio se llamaba Sector Sur pasó a llamarse Polígono del Guadaquivir, activando las alertas. A través de tan bonito entorno llegamos a donde íbamos.

Resultó ser un barrio de VPO que apestaba a orina. Unos bloques pagados por todos pero sólo para que gitanos y más gitanos estén tirados a la sombra entre jaulas de gallos de pelea y botellas de vino y cerveza. No tardé mucho en entender que no era lugar para asentarme. Por suerte, no eran más que cuatro o cinco calles entrelazadas, con lo que rápidamente ya estábamos  por zona transitable y decente, parándonos en un bar a tomarnos una infusión.

Entre el puente de San Rafael y el Romano fuimos a nivel más bajo que la carretera y junto al río, por un camino de nuevo paralelo al mismo y lleno de árboles y matorrales. Por allí había gente sacando al perro o corriendo. Resurgimos en la Torre de Calahorra, nos plantamos junto a la mezquita/catedral y nos introdujimos por el centro de la ciudad en busca de dónde almorzar. Terminamos quedándonos en el restaurante La Tata. Recuerdo la maravillosa y estupenda ensalada de la huerta positivamente; recuerdo a la mujer fuma que te fuma echada en la barra exterior negativamente.

Dejamos a un lado la iglesia de San Pedro para callejear por las típicas casas andaluzas y cordobesas; muchas preparadas para la inminente Feria de los Patios. Todo un museo de naturaleza y arte por partes iguales y al aire libre. Rodeamos el interior de la Plaza de las Correderas, visitamos una farmarcia como no podía faltar e hicimos una nueva parada frente al Templo Romano; heladería El Rubio. Allí continuamos y continuaríamos temas repetitivos que más adelante hubo que parar en seco.

El siguiente punto habitual y lógico en el que aparecimos fue la Plaza de las Tendillas; junto con la anterior, las dos principales de Córdoba. Como he dicho alguna que otra vez, en las ciudades españolas coexisten franquicias con tiendas particulares, ya sean nuevas o clásicas. Me quejo por enésima vez del alcalde de Málaga, mi ciudad, por darle preferencia a lo de fuera frente a lo de dentro, destrozando el entorno.

Apareció casi a cosa hecha la tienda cuyo nombre era "¡Qué bueno volver a verte!" acompañado de los nombres de Sevilla y Málaga, ciudades de las que cada uno de nosotros procedíamos. Tras rechazar, mas agradecer, un regalo quinielístico, fuimos sin prisa pero sin pausa de vuelta a la estación de autobús; una despedida agridulce por las temidas y repetivas matracas a reflexionar. Me relajé conduciendo de vuelta y me pedí un chino del mismo sabor pero más gustoso. Todo está en compensar.

Fotografías (no de 2019, sino de 2014):
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7 de julio de 2019

Viñales (2)


La siguiente parada fue en una plantación de tabaco, ineludible por ser Viñales la zona de mayor producción de tabaco de toda Cuba. Aparte de la extensión de las plantaciones hasta el infinito, entramos en una fábrica de tabaco. Más allá de la plantación y recolección, un hombre hizo un puro delante de nosotros, explicándolo paso a paso, y se puso a fumárselo la mar de tranquilo. Era un tipo muy chulo pero con gracia, diciendo que el gobierno sólo le permite quedarse con un 10%, pero que él hacía lo que quería.

Un compañero estaba en la barra de fuera recolectando y contando los billetes que le entraban de los visitantes a cambio de zumos de fruta (sobre todo coco) y botellines de 125 mililitros rellenos de semillas de lo que parecía tabaco. Entre bueyes, vacas y perros llegamos a la carretera, donde algunos se pararon en el puestecillo de un hombre mayor que vendía plátanos.

El almuerzo fue en un restaurante al aire libre, con sólo estructuras de hierro y recubierto de paja. Mi amiga Cinthia y yo comimos unos muy buenos platos de comida criolla; por suerte, un poco apartados de la multitud. Estábamos rodeados y casi encajonados entre grandes montañas y mogotes, todo verde y vigilado por rapaces revoloteando. Buscamos nuestro autobús, pues repito que todos eran iguales y sólo diferenciables por sus números, y retomamos la ruta.

La última parada fue ante la Cueva del Indio, donde nos esperaba en la entrada un grupo que combinaba fuego y música (tragar fuego, concretamente). Estuvimos descendiendo entre estalagtitas y estalagmitas a través de poca luz (¡pero la oscuridad ya estaba allí!). En las profundidades había un embarcadero desde el que partimos por un río subterráneo, mientras que el timonel nos iba indicando a dónde mirar para reconocer y captar representaciones naturales y parecidos razonables en la roca.

En modo de resumen: nos apeábamo, fotografiábamos/disfrutábamos y nos metíamos en un autobús. Y así, todas las visitas. Y esta última no fue diferente, desembocando, atravesando el mercadillo turístico de turno (cacharritos para imitar sonidos de animales al soplar, arte de la zona y los personajes de siempre) y de vuelta al punto de partida.

Mientras atravesaba el pueblo de Viñales compaginaba ver la calmada vida de allí con reflexionar y confirmar mis pensamientos. "Plus ultra" de la lacra comunista, Cuba es un país e isla que invita a verlo de un extremo a otro. Ciudades y pueblos; plantaciones y campos. Me corroboraba ideas y me ponía otras del revés. Y es que, al igual que Bobobó, yo quería arroz a la cubana, pero allí no lo encontré.


Viñales (1)

Una de las noches en La Habana nos fuimos después de cenar al Hotel el Tejadillo, donde por un precio módico te daban una hora de wifi junto con una infusión. Muy amables los empleados y muy acogedor el ambiente, más aún lloviendo como estaba. Y, como quedaba cerca de nuestra casa de Airbnb, es donde elegimos para que nos recogiera el autobús para la escapada. No me gustan los viajes organizados, pero en esta ocasión era por practicidad.

El autobús era de los que se ven por toda la ciudad, no sé si del gobierno o dependientes del mismo. Fue muy puntual y cuando nos montamos estaba vacío. Pero resulta que era el primer punto de recogida y estuvimos más de una hora de hotel en hotel recogiendo sobre todo a españoles, italianos y sudamericanos.

Bueno, nos lo tomamos como el típico autobús turístico de todas las ciudades. Llevó también un tiempo salir de la metrópolis, pero una vez fuera ya era todo campo, embalses y plantaciones con casas diseminadass por aquí y por allá. Todo el tiempo con la guía explicando e informando sobre cada uno de los lugares que íbamos a ir visitando; en español e italiano si no recuerdo mal.

Después de atravesar la provincia de Artemisa, nombre que me trae muchos recuerdos de mi adolescencia, entramos en la de Pinar del Río y, concretamente, en el municipio de Viñales. Es aquí donde pasamos el resto de la jornada, en el Valle de Viñales y, a su vez, en la Sierra de los Órganos; un nombre que me encanta.

El Mirador de los Jazmines fue nuestra primera parada. Un hotel tranquilo y con piscina, a la izquierda de una enorme terraza desde la que disfrutar de unas vistas espectaculares, todo lleno de los famosos mogotes. Había un grupo dd música que, si bien no suele gustarme la parafernalia turística, allí venía como anillo al dedo.

Otro rato de autobús hasta el Mural de la Prehistoria, una enorme pintura de 120 x 80 metros hecha por Leovigildo González Morillo de forma directa y con pincel sobre la roca del mogote Pita. Quizá en las fotografías no se valoran las dimensiones reales, pero cuando uno lo compara con los caballos que pastan por abajo sí que lo entiende. Lógico que hicieran falta más de cinco años para terminarlo. No quisiera pasar por alto al simpático abuelete que tiraba de los bueyes e intentaba ligarse a mi amiga Cinthia.

Fotografías:
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24 de junio de 2019

La Habana (6)

Los restaurantes y bares de Cuba son facilmente diferenciables entre para cubanos y para turistas. En el primer caso hay pollo refrito, pizzas y hamburguesas a precios absequibles para ellos e irrisorios para nosotros. En el segundo caso son precios inalcanzables para ellos y simplemente baratos para nosotros. El último día elegimos esta última opción porque nos pillaba cerca.

El vuelo de vuelta a Cancún salía por la tarde, con lo que aún teníamos toda una mañana para aprovecharla. Salimos de nuevo de La Habana Vieja y tomamos el mismo autobús que nos dejó a la llegada junto a El Capitolio, siendo el número 14 si no recuerdo mal. El ir todos apretados como en una lata de sardinas no implica que los cubanos pierdan su hospitalidad y educación, siempre pendientes de ofrecer asiento a personas mayores.

Nos bajamos donde lo dejamos el día anterior, en la Plaza de la Revolución. Comenzamos a introducirnos en El Vedado y, preguntando a unos y a otros, terminamos en la calle San Antonio Chiquito, donde está una de las entradas a la Necrópolis Cristóbal Colón (un cementerio, para entendernos). Es un cuadrado de 1 kilómetro de diámetro en el que todas sus calles están también cuadriculadas como los ejércitos romanos. Puedo decir, con todo el respeto del mundo, que hay tumbas a punta pala, literalmente.

En la calle por la que entramos, una de las dos principales que hacen una cruz, nos encontramos a unos hombres restaurando una imágen angelical. Seguimos avanzando de forma lenta y cruzando de lado a lado para ir deteniéndonos a ver esculturas y leer epitafios. Había varias mujeres y un hombre rodeando una tumba mientras decían cosas ininteligibles y la iban rozando no recuerdo si con flores o telas. Y es que resultó que era muy famosa, la de Amelia Goyri, más conocida como La Milagrosa. Decenas de agradecimientos sobre el mármol.

Esquivamos la capilla del punto central, no sin meter la cabeza por la puerta para ver a un par de monjas sentadas en una oficina, y caminamos viendo personas limpiando, tanto empleados por el recinto como familiares por las tumbas. Para visitar el cementerio con cierto detalle harían falta horas y horas, pero atravesando la avenida principal (Obispo Espada la primera mitad y Cristóbal Colón la segunda) es suficiente para hacerse uan idea y disfrutar de tan colosal cementerio y, a su vez, fuente de arte.

Salimos precisamente por donde es la entrada principal, un imponente pórtico bizantino con un par de oficinas a los lados y la bandera cubana presidiendo. Ya estábamos en pleno El Vedado, con avenidas de varios carriles, restaurantes y tiendas grandes y gasolineras. A pesar de esto no había mucho bullicio, cosa que se agradece para ir tranquilos y fijándonos en detalles. Las calles laterales eran aún más relajadas con casas en las que, más allá de como se viva en ellas por las concreciones cubanas, apetece quedarse a vivir. Pintadas de colores, con plantas, terrazas, jardines y el coche en la puerta. Muy al estilo Beberly Hill pero controlado a pies juntillas por el gobierno.

A veces me recordaba a videojuegos tipo The Last of Us por los carteles de neón soltados y destruidos, balanceándose en las alturas. Otras veces me llevaba a tiempos pasados como el restaurante Varsovia. Y es que cuanto más viajes haces más conexiones geográficas vienen a tu mente, más conexiones neuronales crecen en tu cerebro. Incluso ya de vuelta en autobús fijándonos en cada detalle  o evento que iba pasando ante tus ojos.

Recgimos nuestro equipaje en La Habana Vieja e hicimos lo mismo que a la llegada, tomando de nuevo el autobús 14 para bajarnos una hora después en el gran cruce de Rancho Boyeros. No queríamos ir con el tiempo pegado al culo y cogimos, como no podía ser de otra forma, taxi de los clásicos, bonitos y antiguos. ¡Más vale tarde que nunca! Muy amable el conductor veinteañero y a pasar el control de seguridad en unos minutos, sin la pesadilla de la llegada.

Bueno, ¿qué decir de La Habana y Cuba en general? Más allá de mis enfados y mosqueos cuando me voy cruzando con señales comunistas del tipo que sean. Aparte de las charlas con los cubanos y las historias o situaciones que te cuentan. Más allá de las intuiciones y sus posteriores confirmaciones acerca de las limitaciones en todos  los ámbitos que provinen de una dictadura (sobre todo de izquierda). Aparte de la mala leche e improperios que me surgen cuando voy descubiendo todas esas cosas... Pfff...

¿Qué iba diciendo? ¡Ah, sí! ¡Que La Habana es maravillosa! La historia española es la base de La Habana de hoy en día, retocada y endulzada por un azúcar glas proveniente de prehispánicos, norteamericanos, soviéticos, revolucionarios y todos los líos entre ellos. Y todo esto está representado en sus calles. Publicidad y cartelería; tipos de ropa y medios de transporte; construcciones sencillas pero llamativas, construcciones enormes y magestuosas.

Pero lo más importante es la gente. Los cubanos son cultos y educados; amables y parlanchines; alegres y activos; abiertos y serviciales. Y eso, repito, los cubanos. De las cubanas... ¡mejor no digo nah! Encantado de haber visitado un país que en un pricipio no me atraía pero que ahora no me arrepiento. Meterse por sus zonas glamurosas y atravesar los barrios humildes para ver el contraste entre lo que hay dentro y la imagen hacia fuera. Nada de ir a Varadero a hacerse "selfies", sino a La Habana profunda a disfrutar tanto de lo bueno como de lo malo.

No puedo evitarlo. Si me dan a elegir diría egoistamente que Cuba se quede como está. Es como viajar a la España de mis abuelos sin necesidad de Chrono Cross o Chrono Trigger. Un viaje en el tiempo sobre una versión del Triángulo de las Bermudas que te permite regresar. Un "coast to coast" americano pero caribeño que nadie puede resistir.

¡Viva Cuba Libre! Ups... se me escapó...

Fotografías:
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22 de junio de 2019

La Habana (5)

La calle San Lázaro termina en la Universidad de La Habana, donde giramos a la izquierda para comenzar a pasear por calles tranquilas mientras hacíamos la digestión. Era un ambiente de barrio, cruzándonos con carritos de helados, grupos de vecinos charlando en las puertas de las casas, mujeres volcando los cubos de fregar y parejas de la mano. Llegamos a una zona con más activdad y, preguntando como tantas veces, llegamos al cruce donde la avenida Salvador Allendde pasa a llamarse Carlos III.

Allí está la entrada principal de la Quinta de los Molinos, importante por haber sido la residencia de los Capitanes Generales durante el período colonial y también del militar Máximo Gómez, además del museo del mismo nombre y el Jardín Botánico de la ciudad. Mi amiga Cinthia prefirió esperarme fuera mientras yo entraba a inspeccionar, empezando por una serie de jaulas con gallos, tórtolas y demás. También había un vivero, tanto con una zona de trabajo donde supongo que regogían y enviaban materiales como una zona de plantas perfectamente ordenadas y cubiertas por plásticos transparentes.

Entre las múltiples estatuas que había me encantaron las de los dos perros, uno al lado del otro; firmes y fieles. Descubrí que se encuentra allí el Instituto Superior de Ciencias y Tecnología Nucleares que, aunque por fuera parece abandonado, según me he informado imparte muchas licenciaturas, diplomaturas, cursos, etc. El gobierno forma y educa hasta unos altos estándares, pero los cohíbe de llevarlos a la práctica.

Entre grandes pajareras recubiertas de enredaderas y rodeadas de agua llegué a lo que parece un pequeño museo y un par de oficinas que, como tan de moda está nombrarlo en España, será un centro de interpretación. Me llamó la atención un cartel que, además de la programación sociocultural y ambietal del centro, tenía el logotipo de Euskal Fondoa, una asociación vasca. Es curioso que a lo largo de este viaje me vaya encontrado exclusivamente colaboraciones con países o comunidades autónomas de donde había y hay ideas proterroristas, independentistas y comunistas. De nuestros bolsillos al gobierno, del gobierno a las comunidades autónomas y de las comunidades autónomas a países comunistas. Casualidades de la vida...

Por suerte los cubanos aman a España, y nada más retomar la marcha encontramos a un hombre mayor con una polo con la bandera. Me permitió amablemente hacerle una fotografía, pero luego pidió dinero. No lo critico porque probablemente yo también lo haría en la situación en la que los tienen.

Doblamos hacia la izquierda para encarar la Avenida de la Independencia (uff, que nombres más cansinos...) y continuamos dejando a un lado la Terminal de Ómnibus de La Habana  (una palabra rara en español pero habitual en portugués) y la Sala Polivalente Ramón Fonst. He puesto este nombre en Google para informarme y lo primero que me ha salido es un catalán independentista que escupe odio a España por lo cuatro costados. No me extrañó demasiado pero, por suerte y alivio, tirando para abajo resultó corresponder a un esgrimista cubano.

Tsss, pero no os relajéis por ello más que con un simple suspiro de alivio, pues el siguiente "checkpoint" fue la Plaza de... mmm... ¿como era...? ¡Ah, sí! ... de la Revolución... Que más que una plaza es un enorme descampado asfaltado. En una parte están las instalaciones del Ministerio del Interior, donde están las llamativas y vistas hasta en la sopa caras de Fidel y el Che. Me sorprendió una señal de "prohibido volar dron". Y es que es en esa plaza donde se celebran los discursos y charlas procomunistas. Según me he informado, las miles de personas que acuden a estos eventos suelen ser masas enviadas por el gobierno, siendo por ello que no quieran más cámaras que las de su propia televisión. La manpulación a través de los medios de comunicación; todo un clásico.

Más allá de temas políticos, el Memorial José Martí es gigante e impresionante. Presidido por una estatua de dimensiones bíblicas representándolo a él en postura El Pensador de Rodin. Se trata de un edificio con forma de estrella de cinco puntas (desde plano picado o vista cenital) y de más de 130 metros de altura.construido sobre lo que antes se llamaba Loma de los Catalanes y donde estaba la Ermita de Montserrat (venga, pelillos a la mar...). En la parte baja tiene un museo cuya temática no me interesa y por lo que no entré. Un temible acensor te eleva a unas alturas que, si no fuera por el mismo, sólo habitan aveces rapaces. Si no fuera porque sólo iba de ocio, además de la presión de los turistas, las sucias cristaleras y demás, era para quedarse horas fotografiando y disfrutando las vistass que cubrían más de 50 kms a la redonda.

Si bien el Memorial José Martí está en el centro y el Ministerio del Interior con sus dos personajes al norte, al sur está el Comité Central del PCC (Partido Comunista de Cuba). Es también un gran edificio, no esta vez en altura sino en extensión, cuya parte central tiene cierto aire al Memorial de Lincoln en Washington mas su nombre le relaciona más con la china comunista (Comité Central del Partido Comunista de China). En fin, teorías comunistas pero prácticas capitalistas. Extraño...

Todo aquello era ya parte de El Vedado, una de las tres partes principales de La Habana. Pero nuestras energías estaban bajo mínimos y nos dirigimos a La Habana Vieja a cenar en una hamburguesería humilde y sencilla, donde si pides ua loncha más d queso te cobrán una ridícula (para nosotros) cantidadad de pesos más. Y allí terminó la jornada, reflexionando y comentando sobre lo visitado a lo largo del día.

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16 de junio de 2019

La Habana (4)

No recuerdo el desayuno de esa mañana, pero sí que callejeamos rápido para aparecer en El Prado, a la altura del Museo de Bellas Artes. Me gusta visitar museos en mis viajes porque, aunque sólo se suele quedar en mi mente un 5 o 10 por ciento de las obras, es mejor que no verlos. En esta ocasión el tiempo era escaso, así que lo dejamos de lado y pasamos por el Memorial Granma, una construcción de cemento y cristal, y con un techo formado de hexágonos. Lo rodean tanques y aviones relacionados con la invasión de la Bahía de Cochinillos.

Continuando hacia el mar y en el lado derecho se encuentra la Iglesia del Ángel Custodio. Me pareció relativamente reciente, pero resulta que tiene más de cuatrocientos años. En ella se bautizó, entre otros, Martí. Al otro lado, es decir, a la izquierda, está la que era la residencia del presidente y posteriormente dictador Batista. Hoy, evidentemente a cosa hecha, es el Museo de la Revolución. Está presidido por un, esta vez sí, SUB-100, un cazacarros hecho sobre la estructura de los míticos T-34. Da gusto tener uno tan cerca (siempre que no sea en una guerra, claro).

En la Plaza 13 de Marzo nos paramos a hablar con un barrendero de unos 50 años y color café con leche. Nos estuvo contando que trabajaba obligado por el gobierno, porque si por él fuera no estaría allí, ya que no le daba ni para comer. También dijo/intuimos que nos contaba todos los males de la vida en Cuba porque éramos turistas, pues no se puede hablar entre los mismos cubanos. ¿Razón? Por lo visto no se trata de espías o infiltrados en concreto, sino que todo cubano puede comunicar comentarios contra la república al gobierno a cambio de una recompensa, muy valoradas las propinas allí. Para entendernos, que no te puedes fiar ni de tu padre, literalmente.

El resultado de irse de la lengua, según el barrendero, es que te recogen en una de las pequeñas furgonetas que ya habíamos visto por allí, todo metal menos el cristal delantero, para llevarte a inyectarte locura, también literalmente. O sea, que se les borra la memoria y los dejan majaretas. La otra opción habitual ea matarlos directamente. Nos habló también del edificio que teníamos justo enfrente, también con las ventanas frontales opacas y las caras de Martí, Fidel y Che. Lo usan, entre otras cosas, para adoctrinar niños. Sus explicaciones y argumentos fueron más que creíbles, y le dimos algo de dinero. Igualito que los moros, que te echan un rollo y, si no, se ponen agresivos...

Nos sorprendió el ciclobús; lo que viene siendo un autobús que, más allá de su nombre e imagen indicativa, lo que hacía era recoger a hombres con sus motos en una parada. Hay que reconocer que es bastante llamativo. Terminamos de atravesar la rotonda a lo loco hasta plantarnos en el paseo marítimo o, como suele ser llamado en latinoamérica y especialmente allí, El Malecón. Al otro lado del Canal de Entrada (hay un túnel por debajo) se encuentra El Morro, una fortaleza con su faro; una imagen de postal.

Se dirigió a mí concretamente un hombre claramente cubano pero hablándome en inglés, con lo que le seguí la corriente. Pasados unos minutos pasé a hablarle en español y se sorprendió, diciendo que parecía alemán (eing???). Nos estuvo contando que trabajaba para el Ballet Nacional de Cuba y que en breve iba a actuar en Madrid. Me extrañó bastante porque, que yo sepa, son contados los cubanos a los que la estupenda dictadura comunista permite salir del país. Y es cierto, pues entre lo que nos contó él, lo que nos contó el barrendero y lo que me informé por mi cuenta, resulta que: los llevan, los vigilan, bailan y los meten en un avión. Y así todos los capítulos...

Hasta los perros quieren huir de allí, y el que venía con nosotros desde la plaza terminó desistiendo y yéndose. Entre cubanos bailando con apampladas guiris para que los sacaran de allí y grupos musicales que invitaban a bailar y, de camino, recibir una limosna, fuimos caminando en paralelo al mar, entre pescadores y olor a sal.

Entre moles decadentes salpicaban edificios coloridos con cierta actividad. Destacan, por ejemplo, el restaurante Nazdarovie de ondeante bandera soviética y la Sociedad Asturiana Castropol donde comer y beber lo que encarte. Sobre lo primero decir que no sorprende, ya no sólo por la colaboración de la URSS con Cuba en tiempos pasados, sino porque me encuentro la misma bandera por mi país. En fin, ya sabemos que la izquierda siempre diferencia entre exterminios buenos y exterminios malos. Se permite la bandera de unos pero no de otros. ¡Ah, se me olvidaba! Un rato antes pasé por delante de la Embajada de España en la que unos días antes estuvo Pedro el Okupa dándose la mano y haciéndose fotos con dictadores. Los del buenismo miraron para otro lado y los españoles lo terminaron por hacer presidente. ¡Dos huevos ahí!

Después de una buena caminata por El Malecón nos volvimos a introducir en la ciudad a la altura de un enorme hospital y atravesamos como pudimos una muy camelística muchedumbre de coches y personas hasta encarar la calle San Lázaro. Tras andar echándole un ojo a farmacias y tiendas de ultramarinos con grandes colas, y preguntando por aquí y por allá, terminamos por desviarnos ligeramente hacia el Callejón de Hamel. Viene en todas las guías de viaje pero, más allá de su creador y sus orígenes, a primera vista no es más que un mercadillo para guiris. Y a segunda y a tercera también porque, tras no encontrarnos en toda la mañana grupos de norteamericanos o europeos, los había allí.

Entre hombres haciéndole la enésima reparación a su coche, mujeres empujando sus pesados y atrayentes puestos de fruta y personas mayores de mirada pensativa (más bien perdida) y sus pintadas comunistas a sus espaldas (representa muy bien la situación del pueblo cubano) nos reincorporamos a San Lázaro para almorzar. Locos Por Cuba, un restaurante sencillo y acogedor que nos puso el típico pollo superempanado con el acompañamiento de turno. No está malo, pero sí es repetitivo. Tuvimos la suerte de comer en una pequeña terraza de la primera planta, viendo pasar tanto a los grandes y coloridos coches americanos como a los pequeños y oscuros soviéticos ya nombrados. Esto, un trabajador negro arreglando cables en las alturas y un edificio alto de fondo creaban en mi mente un Chicago años 30.

Fotografías:
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24 de mayo de 2019

La Habana (3)


Lo primero que me llamó la atención tras atravesar el arco del Barrio Chino fue la torre de un edificio. Me vino a la cabeza el rascacielos de la Plaza de España de Madrid, pero no resultó ser ese, sino el Palacio de Telecomunicaciones de la Plaza de Cibeles. Y puede que no sea pura casualidad porque, aparte del parecido físico, el edificio de La Habana corresponde a ETECSA (Empresa de Telecomunicaciones de Cuba S.A.).

Nos topamos con un descampado terrizo lleno de coches aparcados y personas pululando, teniendo el honor de considerarse parque, concretamente El Curilla. No lo cruzamos sino que lo bordeamos para salir por la calle paralela a por la que entramos, aprovechando para comer. El único plato era un mejunje de dados de carne, rebanadas de plátano y arroz; todo refrito. La única cerveza era Cristal, siendo la típica cubana junto a Bucanero. Eso sí, comiendo en los mismos lugares que los propios cubanos los precios nos resultaban irrisorios tanto a mi amiga mexicana como para mí  como europeo. Lo mismo ocurrrió con los helados un poco más allá en la misma acera.

Ya de vuelta de nuestra avanzadilla por Centro Habana nos encontramos de frente con el Palacio de las Ursulinas. En estado lamentable e incluso con ropa tendida en sus ventanales, es un estilo mudéjar creciente en las primeras décadas del siglo XX y que no pasa desapercibido. Unos arcos de herradura que inevitablemente te traen a la cabeza la mezquita de Córdoba como en mi entrada anterior la Giraldilla me teletransportaba a la Giralda de Sevilla, ciudad a la que también me llevó la mezquita Koutoubia de Marrakech. Pfff, y las redes sociales repletas de "selfies". Con lo que se puede trabajar el cerebro viajando.

Como hicimos a la ida por calle Obismo lo hicimos a la vuelta por calle Muralla. Un paseo de seiscientos o setecientos metros pero con ambiente menos extranjero y más de dentro. Una algarabía de bicitaxistas mirando culos de turistas, carniceros despiezando cerdos enteros y barrenderas acicaladas en vez de jubiladas. La Plaza Nueva, que durante años estuvo abandonada, ahora es la Plaza Vieja que está remodelada. ¡Ay, los ases del destino que estampan nombres cronológicos con desatino!

De nuevo con mis parecidos razonables o sobaqueros (en vuestras manos queda), cuando estuve en la plaza onubense de Las Monjas recordé ésta en la que acababa de entrar. Más allá del buen estado de ambas, las terrazas y las conversaciones, fuentes y estatuas (centradas o no), en las dos plazas había dos edificios esquinados (uno en una y otro en la otra) de estética similar y pequeños torreones (valga la contradicción). En el cubano creo que está el hotel Los Frailes.

En la Plaza Vieja había de nuevo museos, galerías y salas de exposiciones. Remarcar que, si ya había visto un bar con banderas del Athletic Club de Bilbao, ahora me encontraba un cartel con el logotipo del Ayuntamiento de Barcelona. Y es que, hilando a lo velazqueño, a proterroristas, independentistas y comunistas: Dios los cria y ellos juntan. En la calle Oficios, empredrada como tantas otras, se encuentra el Convento de Santa Brígida. Aparte del llamativo nombre (sobre todo para mí y por temas personales), mi mente tuvo una nueva aparición, en este caso de la Abadía Benedictina del madrileño Valle de los Caídos. Y es que tanto brigidinas como benedictinos ofrecen hospedaje bueno y sencillo por igual.

Como creé y cité en mi última entrada mexicana, no hay tres sin cuatro. Y es que, entre librerías monotemáticas y pintores por escalones, entre niños en los parques y carteles "Jovellanos", terminó por darme hambre. Si bien no había comida para llevar, sí podía hacer fotografías para lo mismo.  Llegamos a la Plaza de San Francisco de Asís. Un cura con niño en brazo y cruz en mano (¿pensáis lo mismo que yo?) presidía la última de nuestras visitas. De nuevo cerca de la bahía como hicimos por la mañana, y echándole un ojo a los alrededores, volvimos a callejear y disfrutar tanto de monumentos como de detalles por aquí y por allá.

Una nueva visita a nuestras pizzeras, una pasada de refilón por la bodeguita abarrotada y de nuevo a uno de los dos bares/restaurantes para guiris de la Plaza de la Catedral. Que si consumías te daban Wifi, bla, bla, bla... ¡Malditos estafadores! Cinthia ligando con el de la esquina, yo clavando miradas desafiantes a vendedores de droga y la cucaracha bajo el portaescobillas. ¡Todo en orden!

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21 de mayo de 2019

La Habana (2)

Nos levantamos con la idea de tomar como referencia las cuatro plazas principales de La Habana Vieja y, si encartaba, introducirnos en Centro Habana y El Prado. En menos de cinco minutos pasamos por la aún cerrada La Bodeguita del Medio y nos plantamos en la Plaza de la Catedral. En un callejón sin salida descubrimos el Taller Experimental de Gráfica donde, aparte de darse cursos teóricos y prácticos, se encuentra el Museo de Grabados. El hombre de allí, serio y amable, nos permitió fotografiar.

Entramos en la Plaza de Armas pegados al Castillo de la Real Fuerza con la Giraldilla mirándonos tras el foso. Estuvimos un rato en la bahía viendo pasar buques mercantes y frente al colosal Cristo de La Habana. Rodeamos la plaza fijándonos en hoteles y palacios, sin dejar a un lado detalles y construcciones más pequeñas, pero no menos importantes, como El Templete y la Casa del Agua Las Tinajas.

Encaramos la calle Obispo (la principal de La Habana Vieja) y paramos a desayunar en la Panadería-Dulcería San José. En la planta baja siempre hay cola para llevar, pero subiendo la escalera había una cafetería sólo para nosotros. Nos sentamos junto al balcón y leímos el mismo tipo de carta que se puede encontrar en España o Andalucía: bocadillo de jamón y queso con zumo de naranja. Bueno, con esto último me ocurrió como en Lisboa, recalcando la palabra "natural" pero recibiendo lo que les daba la gana. Por cierto, extranjero de unos sesenta años con una cubana de entre veinte y treinta. No hablaban entre sí, pareciendo un contrato de acompañamiento, tanto en silla como en cama.

Lo de "Cuba Libre" da risa a poco que uno sepa de historia reciente y actualidad. Una marca para curar la penas a un pueblo cubano reprimido por la dictadura comunista. Las tiendas de productos básicos como agua, jabón o medicina tienen una variedad escasa o nula. Productos contados, colas en las puertas y acceso limitado. Farmacias clásicas y cooperativas textiles antiguas son una atracción para el turista, pero una sobreexplotación para los trabajadores.

Podría continuar hablando de las tiendas de recuerdos con la única temática de la revolución y las caras del Che y Fidel hasta en la sopa; o de los grupos de música controlados y centrados sólo para restaurantes turísticos. Pero voy a compensar hablando de históricos hoteles como el Nuevo Mundo y el Marqués de Prado Ameno (donde aprovechamos para contratar la inminente escapada a Viñales). Y mercadillos alocados y galerías refinadas que dan gusto de visitar.

Entre hombres mayores alimentando gatos por los parques a mulatas despanpanantes saliendo de los institutos; entre monumentos, escritos y pinturas revalorizando los orígenes españoles a escudos de ratas huídas décadas atrás; entre espectaculares coches norteamericanos a cochambrosos autos soviéticos. Y es que, a grosso modo, estos dos últimos aliños sobre la base de los descubridores son los que han terminado haciendo el país de hoy día. Cuba huele a España por los cuatro costados.

Después de multitudes y estrecheces salimos a campo abierto o, más concretamente, a El Prado. Aparte de los taxis incitando con sus colores y las franquicias inmiscuyendo sus prendas y joyas, el protagonismo se lo llevan edificios como el Hotel Inglaterra (de decoración y arquitectura española), el Gran Teatro (antiguo Centro Gallego) y el Capitolio (copia del de Washington D.C.). En modo de resumen: música en vivo en lo primero, grupos de niños visitando lo segundo y escalinata para arriba y para abajo en lo tercero (estaba cerrado y con la cúpula en rehabilitación desde 2010).

En la otra acera se encuentran los restaurados y porticados edificios de colores fríos, todo un clásico en fotografías y pinturas de la ciudad. Enfrente está el Parque de la Fraternidad y la parada de autobús de la noche anterior. Ya no estaba desubicado y giramos hacia el lado derecho del edificio más imponente de Latinoamérica con la tercera estatua más alta del mundo para encarar el barrio de las rimas.

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14 de mayo de 2019

La Habana (1)

Despegamos de Cancún y aterrizamos en el aeropuerto José Martí de La Habana, momento en el que mi amiga Cinthia se quedó sin pasaporte tras pasar el control. Las guardias de seguridad (o lo que fueran), con cuerpazos y vestimenta de burdel, no respondían más que con que esperásemos. Cada equis tiempo venían a hacerle preguntas y se iban. También hubo que ponerse en batería con otros recién llegados, en modo La Chaqueta Metálica, para que un perro olisqueara el equipaje. Más de una hora después, con Cinthia desesperada ante el pasotimo de las encargadas, dijo que se estaba orinando. Ahí sí reaccionaron, metiédola rápidamente en un cuartillo para hacerle unos rayos X e interrogarla. Una vez comprobado que no tenía nada sospechoso en su estómago devolvieron el pasaporte y adiós muy buenas. No discuto que relacionen mexicanos con tráfico de droga, pero esa bienvenida a los viajeros es impresentable.

Cambiamos de Euro a Peso Cubano Convertible (CUC), que es el que dan a los visitantes. Nada que ver con el CUP, la moneda de valor irrisorio que maneja el pueblo. Esquivamos taxistas, preguntamos por aquí y por allá y caminamos una media hora hasta Boyeros para coger el autobús P12. Llegamos al centro sumando una hora más, y nada más bajarnos pregunté a una señora dónde estaba el Capitolio, respondiéndonos y señalandolo a escasos metros. Fue patética mi pregunta, sí, pero pongo en mi defensa que teníamos un árbol pegado y era de noche.

Una vez ubicados nos introdujimos en La Habana Vieja con la sensación de meternos en la boca del lobo, aunque terminamos por darnos cuenta de que la decadencia ambiental es común allí. Preguntamos a un hombre y callejeamos hasta dar con nuestro alojamiento en la calle Aguiar. El porterillo electrónico estaba en proceso de cambio a otro con cámara, pero con métodos arcáicos y cables colgando por la fachada. La dueña, de unos 50 años, simpática y activa, nos explicó detalladamente el funcionamiento del ascensor y las cerraduras. Ignoramos lo primero por su más que inseguro estado y entramos al bonito salón común y a nuestra decente habitación.

Nos recomendó una pizzeria cercana y nos dirigimos a ella atravesando el Parque Cervantes. Lo que una hora antes nos parecieron bandas sospechosas resultaron ser grupos de jóvenes conectados al Wifi; lo nuevo de allí. Si bien en Mérida (México) hay Internet gratuito e inagotable en todas las plazas y parques del centro, en La Habana cobran 2 CUCP (una barbaridad para los cubanos) por hora. Menos tiempo y encima cobrando. Doy por hecho que muchas URLs inaccesibles, navegación controlada y velocidad mínima. Y es que el comunismo mira por el pueblo...

En la cena, aparte de lo buenas que estaban las limonadas y las pizzas, hechas con cariño y esmero, estuvimos conversando con las camareras. Nos contaron que son del mismo pueblo del este de la isla, pero que se conocieron en La Habana en busca de trabajo. Tanto los negocios como las viviendas son del gobierno, con lo que las horas y horas de trabajo son para subsistir. La de aproximadamente veiticinco años (Danelin) con pareja, pero la casi adolescente (Yudit) compartía un cuchitril y estaba más desesperada. No pedía dinero, más bien que la sacara del país. Nos fuimos reflexionando sobre ello.

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3 de mayo de 2019

Huelva (2)


















Cien o doscientos metros hacia el sur llegamos al Muelle del Tinto, una obra de Gustave Eiffel que me recuerda también a Almería, no sabiendo si hay relación directa entre ellos. Más allá de su antiguo uso comercial, hoy es para recreo y ocio de familias, parejas y amigos. Para disfrutar del sol del de invierno cuando estuvimos allí. Tiene tres plantas, pudiéndose disfrutar desde el final de la más alta de unas muy buenas vistas. El Nuevo Colombino es donde juega el Recreativo de Huelva y se encuentra justo enfrente, en el paseo marítimo.

Este equipo es el decano del fútbol español porque fue creado por los ingleses que se establecieron por terrenos onubenses hace más de un siglo para la extracción de cobre. Aparte de fábricas y construcciones que aún perduran, lo más típico y conocido es el Barrio Reina Victoria, Barrio Obrero o, más coloquial, Barrio Inglés. De estilo entre neomudéjar, andalúz y colonial, es una zona de unas ocho hectáreas sobre el Cerro de San Crisóbal, haciendo contraste con los bloques y edificios comunes que lo rodean.

La estancia en Huelva no terminó aquí, sino que cruzamos el puente esta vez de vuelta y nos desviamos ligeramente para aparcar al lado del Monumento a los Descubridores, una columna de más de 45 metros sobre su promontorio. También construida hace más de un siglo y recientemente restaurada.

Nos metimos en el monasterio sin saber que se estaba celebrando una misa, con lo que nada más entrar pasamos entre los numerosos devotos para sentarnos en una banqueta del fondo. Terminada la misa (que no la cena) salieron los creyentes y quedamos cura y niños para recoger y nosotros para fotografiar.

Guiados por un grupo de señoras mayores bajamos hacia el río pasando por el Foro Iberoamericano, un noventero y feísimo teatro al aire libre. Entramos al Muelle de las Caravelas, donde el centro de atención son las reproducciones de la Pinta, la Niña y la Santa María. Se puede subir a ellas y entrar en ellas, destacando Colón haciendo sus mediciones y la tripulación gritando a los grumetes mediante altavoces ocultos. No olvidar el precioso entorno del Muelle de la Reina, las marismas y los "cuá-cuá".

Nombrar también la salida de nuevo por la carretera nacional entre casi infinitas instalaciones e infraestructuras, y sus llamativas luces mayormente rojas, fijas o intermitentes, que dan ese aire futurista que a veces relaciono con videojuegos o películas que me gustan. Ese mismo aire, ahora literal, es el que hace que Huelva tenga el mayor índice de cáncer de toda España.

Me planteé la ciudad como estupenda para vivir por sus numerosos y atractivos puntos urbanos y entornos naturales, tranquilidad y relax a la vez que su motivadora cercanía a Portugal. Pero después de los datos estadísticos me lo he replanteado. Me viene a la cabeza (nunca mejor dicho) un capítulo de Fringe que se desarrolla en un pueblo perdido por los bosques del norte estadounidense. ¡Ahí lo dejo!

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Huelva (1)


















La entrada por la carretera nacional N-442 es entre el gris metálico de las torres industriales y el verde de la vegetación de las lagunas. Cruzamos el puente sobre la unión del Tinto y el Odiel e hicimos una parada en el Monumento a la Fe Descubridora, muy grande e imponente, y vallado por la celebración de una temática que cansa y aburre; tanto que no la voy a nombrar.

Dejamos el coche cerca del centro y nos introdujimos en el mismo. Igual que la entrada a través de un puente me recordó a la de Cádiz, la tranquilidad y soledad de las calles me recordó a Almería por más que fuera domingo. Pasamos por un descampado que olía a orina, pero que estaba decorado con enormes cartelones colgando de los edificios y con dibujos icónicos de la ciudad.

La Plaza de las Monjas sí que estaba animada como epicentro urbano que es, con terrazas alrededor de la misma, el Monumento Cristóbal Colón y una exposición sobre socialismo, comunismo y fotógrafos muy repetitivos y vistos. Gente de charla, niños persiguiendo palomas y un sol la mar de agradable.

Nos hicimos con un banco en la cercana y menos concurrida Plaza de Quintero Báez para, entre fiambrera y ensalada de supermercado, apañárnoslas para almorzar entre hambrientos e inocentes gorriones, y terminando con el reciclaje debido. Dejamos a nuestra derecha la sede de RTVE y una academia de portugués, lógica la existencia de esta última a pocos kilómetros del país y me encantaría tenerla en mi ciudad.

Preguntando a un par de mujeres cogidas del brazo terminamos en la Plaza de San Pedro, en la que entre hermandad e iglesia se encontraban los invitados de una boda recién concluida. Pasamos entre ellos hacia un callejón sin salida, pero útil para realizar fotografías. Rodeamos la iglesia y dejamos, esta vez a la izquierda, un edificio abandonado con pinta de mercado de abastos o similar.

Continuamos visitando la ciudad entre tiendas cerradas y escaparates curiosos hasta llegar a la desierta Plaza de la Merced. Es llamativo porque es donde se encuentra la catedral y, un poco detrás de ella, la plaza de toros. También había una facultad lógicamente cerrada un domingo. Preguntando de nuevo nos dirigimos hacia la plaza principal para orientarnos y encontrar el coche, pero dimos con él por el camino.

El puerto de Huelva me recordó al de Málaga una década atrás, con edificios como el de la anterior ubicacón del Aula del Mar o el silo. Barcos de pesca atracados y grandes camiones de mercancías. Echamos un ojo al Muelle de Levante, bares y restaurantes a pocos metros de las aguas del Tinto. Una versión mini de lo de Lisboa en el Tajo. Que conste que estas comparaciones que suelo hacer en las entradas de mis viajes no son para menospreciar, en este caso, a Huelva. Son sólo relaciones y recuerdos que van surgiendo en mi mente.

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23 de abril de 2019

El Rocío


















Publicado después pero ocurrido antes, en Pilas cargamos el maletero y los asientos traseros de enseres y alimentos para un regimiento. De camino a Matalascañas y poco antes de la rotonda para El Rocío me surgió de repente visitar la aldea y así lo hicimos. Ni soy religioso ni a estas alturas me gustan las fiestas populares o las aglomeraciones, menos aún tras haberle echado un ojo por YouTube al "salto de la reja"...

Dejamos el coche frente al Charco de la Boca, una laguna con caballos masticando hierba y especies de aves yendo para acá y para allá, relajadas sobre el agua inmóvil o dándose chapuzones en la misma.

No era época de rocieros recién llegados tras atravesar Doñana ensuciándolo y arrasándolo a su paso, sino que sólo había gente de los alrededores tomando vino con su caballo amarrado y turistas  de las cercanías. Entramos en el Santuario de Nuestra Señora del Rocío, de tamaño medio y relativamente tranquilo, y salimos por unos de los laterales. Entre carruajes tirados por burros cruzamos hasta la Capilla Votiva de Nuestra Señora del Rocío. Muy recogida y calmada; la Virgen frente a cientos de velas encendidas y adorándola.

Había grupos  de extranjeros haciendo fotografías con trípodes y grandes objetivos, de esos Canon blancos tan conocidos. Unos jóvenes captando la fachada de la ermita subidos en una escalera plegable y unos simpáticos mayores aprovechando las luces cálidas y los reflejos acuáticos del anochecer.

Dimos una vuelta por las hermandades  de la zona, generando alguna de ellas profundos recuerdos y sentimientos. Los pájaros que abarrotaban la torre nos guiaron a aparecer por el otro lado de la ermita, con la frontal aún más elegante una vez iluminada. Nos montamos en el coche, me tomé de forma tardía mi típico batido (frutas, avena, lino, frutos secos, hierba de trigo y leche de soja) y tiramos para Matalascañas.

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22 de abril de 2019

Matalascañas


















Tocaba hacer una escapada a Matalascañas, donde ya estuve el  año pasado y a donde este fui invitado de nuevo. Entre llegar en verano y en invierno hay un abismo. Restaurantes y bares cerrados, mercadillos desaparecidos, calles solitarias y aparcamiento de sobra. Un pueblo de pescadores convertido en un destino turístico mediante una construcción masiva y acelerada unas décadas atrás. Miles de viviendas sólo ocupadas los tres meses de verano.

Pero no se puede negar la evidencia, y estar en una casa adosada a cien metros de la playa es un gustazo. El sol de finales de invierno y principios de primavera invita a estar en el exterior. Desayunar en el porche echándole migas de pan a los gorriones e irse al paseo marítimo a hacer un poco de ejercicio es de las mejores formas de empezar el día.

La playa nunca me ha atraído especialmente, pero tirarse veinte o treinta minutos bajo una sombrilla con casi nadie alrededor es irresistible. La cocina daba a un patio trasero e invita a cocinar platos sanos y sencilos para comérselos viendo documentales como las tres partes de "El Imperio de los Zares" o capítulos sueltos y a media de "El Encantador de Gatos".

Nos fuimos hacia Mazagón pero sin llegar a él, deteniéndonos en el Parador Nacional. El interior clásico y elegante de la franquicia era de esperar, pero la localización con una playa virgen a los pies era un extra. El camarero tuvo el detalle de echar las cortinas por la bonita pero cegadora puesta de sol. Nos quedamos merendando y conversando hasta que llegó el momento de martirizarse viendo al Málaga.

En otra sobremesa empezamos una caminata por el paseo marítimo hacia el otro extremo en busca de la zona más animada o, al menos, menos muerta. Lo primero que me llamó la atención fue un bar llamado Ambos Mundos, creyendo que me resultaba familiar por haber estado en verano, pero descubriendo más tarde que era por un hotel que vi en La Habana dos o tres meses atrás.

Nos íbamos cruzando sobre todo con parejas mayores y algunos niños que jugaban a la pelota o al pilla-pilla. Los hoteles y urbanizaciones en primera línea de playa iban intercalando estilos de los años sesenta o setenta con otros más horrendos y modernos. Lo compensaban gatos que se colaban por las vallas y barcas de pesca apeadas en la arena.

Llegamos a donde termina la Playa Castilla, estando enfrente y en el agua lo que parecío una gran roca, pero que en el pasado era la Torre de la Higuera (llamada "La Peña" coloquialmente) y presidida e iluminada por el faro del mismo nombre.

Ya al anochecer hicimos parada en la calle del extremo occidental del pueblo para disfrutar de pasteles e infusiones. La iglesia estaba justo detrás, pero tuvimos que bordear unas obras para plantarnos ante su fea y sosa portada. Pero no todo es tan terrible, porque descubrí unos callejones en los que si mirabas hacia un lado veías la llamativa torre eclesiástica y hacia el otro el faro.

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12 de abril de 2019

Cancún


















El aeropuerto de Cancún lo he utilizado tres veces tanto para despegues como aterrizajes, aparte de ericapara recibir o despedir personas. Pero Cancún no es sólo su zona hotelera y aeropuerto, sino que es de reciente creación y actual expansión. Es una ciudad sin monumentos o museos de valor y está centrada en el turismo y la construcción/inmobiliaria que este conlleva. Y eso es lo que me atrae, su practicidad a la hora de vivir dadas, entre otras cosas, sus relativamente buenas comunicaciones por tierra, aire y mar. Le veo un sólo problema: su creciente e inquietante inseguridad.

No perdimos el ADO de Fiesta Americana de chiripa a pesar de la mala señalización para uno y la habitual hora pegada al culo de la otra. Echamos las típicas cuatro o cuatro horas y media de viaje viendo la película The Boss Baby y dando cabezadas. Nada más llegar comimos en el pseudorestaurante de al lado para saciar mis ganas locas de probar la riquísima y venenosa versión de la comida china en México.

Estuvo diluviando los dos días que estuvimos en Cancún, con lo que pongan encima de la habitual imagen de orillas suaves y aguas cristalinas la de calles inundadas y charcos por doquier. Una de las razones para ir el día antes del vuelo era para tomar fotografías por la ciudad porque nunca había estado en ella cámara en mano. Pero el clima lo imposivilitaba y echamos la tarde en el hotel escuchando el relajante e incesante goteo en la parte semitechada central de éste.

Escampó y aprovechamos para cruzar por enésima vez la alocada Avenida de Tulun y plantarnos en el Parque de las Palapas. Normalmente, y sobre todo un sábado por la noche como era, está a reventar de gente comprando en los puestecillos de comida, sentados en las mesas de piedras bajo las sombrillas ("palapas" allí) y con música en el escenario. Pero estaba casi todo para nosotros y cenamos huaraches (masa de maíz de forma ovalada con guisos y salsas encima) y tacos. Pasamos la sobremesa en una terraza solitaria del hotel contraponiendo puntos de vista sobre estilo de vida y salud con la cansina música del bar de fondo.

La mañana nos hizo el favor de escampar y fuimos a desayunar unos ricos tamales en el Mercado 23, unas cuantas calles de puestecillos tanto construidos como temporales; tanto con comida como productos varios. En realidad fue una parada imprevista porque el que íbamos buscando era el Mercado 28, en el cual estuve años atrás para una reunión en un estudio de fotografía. Terminamos encontrando este mercado de forma cuadrada en el centro de muchos otros mercados de forma pentagonal e igualmente numerados que lo rodean.

En el Mercado 28 está integrada la llamada Plaza Bonita, teniendo poco destacable aparte de tiendas de regalos y recuerdos turísticos tanto fabricados como hechos a mano. Atravesamos el ahora mucho más soleado y activo Parque de las Palapas para visitar el Parque del Artesano y el Jardín del Arte, dos nombres demasiado parecidos y que pueden quedarse en mi RAM mas no en mi ROM. Lo que sí recuerdo es la alcoholizada y alocada noche acaecida en aquellos lares años atrás. Me despedí de la simpática mujer que en un banco pelaba a su perro y continuamos la marcha.

La Iglesia de Cristo Rey estaba tan abarrotada durante la misa dominical que tuvimos que ir esquivando a los que asistían desde fuera de ella. Tras calcular que sería muy justo de tiempo descansar yendo al cine lo hicimos en una tetería relativamente "chic". Cogimos un taxi para Plaza Las Américas, un mastodóntico centro comercial para repetir y recordar el también venenoso y rico Johnny Rockets. Estaba diluviando y la gente se concentraba en la puerta con miedo a salir. Nosotros aprovechamos la llegada de un taxi y tal y como salían de él entramos nosotros. Muy a lo Crazy Taxi.

La recepcionista del hotel competía con la de Holbox en fealdad, estupidez, bordería y amargura, con lo que nos limitamos a pedirle la maleta y la mochila que estaban tras el mostrador. Hicimos tiempo con el WiFi y haciéndonos con provisiones en el Oxxo. La estación de ADO estaba congestionada y echamos nuestros últimos minutos juntos entre conversar y estar pendientes de las indicaciones de horarios. Nos despedimos entre abrazos y miradas a través de cristaleras, uno para Mérida y otro para el aeropuerto.

Bueno, no sé que decir de México a estas alturas... Desde el encantador pueblo mexicano (más allá de los narcos y asesinos con los que no me he cruzado) hasta las personas concretas que he ido conociendo (más allá de las recepcionistas que he nombrado). Decían que no hay dos sin tres, he confirmado que no hay tres sin cuatro... ¿existe el "no hay cuatro sin cinco"? México DF y Oaxaca me invian a ello cual bellas y dulces sirenas. El tiempo dirá...

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10 de abril de 2019

Uxmal


















Bién temprano en la mañana compré unas pocas empanadas para llevar y me fui vía Uber a la estación de autobús, comprobando que estaba todo en obra porque estaban cerrando CAME para ampliar TAME. De la misma forma que hace años desde Chocholá a San Antonio Mulix, también hice parada en Umán desde Mérida a Uxmal. Me recordó a la espera en los escalones de la iglesia al pinche wey  ("tío mierda", para que nos entendamos) que nos llevó y estafó a sus cabañas ecológicas. En fin, también me decepcionó llegar a Uxmal y comprobar que es una miniversión de Chichén Itzá encuanto a tener que atravesar un plaza con tiendas turísticas para poder acceder a las ruínas como tal.

Tras zamparnos las ya frías y pegadas entre sí empanadas comenzamos la visita, dándonos de frente nada más entrar con el que a día de hoy es el icono de la antigua ciudad Maya: la pirámide del adivino, también conocida como del hechicero, del enano o del gran Chilán. Es cinco metros más alta y para mí más impresionante que la pirámide de Chichén Itzá, llamándome también la atención sus esquinas curvadas.

Más de una vez he dicho que no soy experto en historia, menos aún en la maya, con lo que lo más práctico es acudir a un libro o página web con mapa incluido. De todas formas y resumiendo, indicar que tras la pirámide nombrada atravesamos el Cuadrángulo de las Monjas y el Juego de Pelota (esto no suele faltar en las ciudades mayas). Tocó trabajar glúteos, piernas y equilibrio para subir la Gran Pirámide y disfrutar de sus selváticas vistas.

En el lateral derecho está el Palacio de Gobierno, aprovechando las zonas de luz para hacer fotografías y las de sombra para descansar tras escalinatas para arriba y para abajo. Resultó que el autobús no pasaba con la frecuencia esperada y con lo que tuvimos que esperar un buen rato conforme los guiris mejor informados se iban poniendo a la cola. Un nueva escapada que fue celebrada con unos tacos nada más llegar a la ciudad y mientras escuchábamos a un extranjero darlo todo para pedir los suyos en español.

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5 de abril de 2019

Isla Mujeres


















Hace unos años estuve en esta isla rodeándola por completo y viendo que, a pesar de ser relativamente pequeña, tenía más de un punto que destacar. Más allá de las partes más conocidas como Playa Norte donde te deja el ferri y Punta Sur presidida por la diosa Ixchel, se me quedó grabado el contraste social en tan poco espacio, habiendo entre las dos zonas otra llamada Salinas, donde decenas o cientos de casas en estado lamentable rodean un par de lagunas llenas de basura y con un olor putrefacto. No se trata de criticar a la isla que, de por sí, me gusta mucho y me trae buenos recuerdos, sino que esto no es una guía turística sino más bien un cuadernos de bitácora donde tanto lo bueno como lo malo tienen cabida.

Recién llegado de Cuba mi réflex echaba tanto humo como los fusiles de Rorke´s Drift (o, más mexicano, El Álamo), haciendo la excepción de dejarla en el hotel de Cancún para hacer con una visión aún más abierta la escapada a Isla Mujeres propuesta por una chica llamada Marisol. Lo de la cámara ha hecho que ponga esta fotografía desde el ferri nada más salir de Puerto Juárez siete años atrás.

Me recogió en taxi en la misma rotonda de la estación de autobuses de Cancún y nos estuvimos tanteando en espera del ferri hacia Isla Mujeres, incluyendo la presentación de unos amigos que volvieron a aparecer cerca de la hora de comer. Durante el balanceo hacia la isla estuvimos intercambiando puntos de vista sobre un hecho puntual que me contó y que desembarcó en apertura de mentes. Nos tumbamos/sentamos unos veinte o treinta metros más allá de la orilla, pero no en la playa sino en el mar, con el agua por la cintura. Y eso invita a hablar y hablar, tocando tanto temas globales como personales. Una arquitecta harta de ejercer como tal porque va en contra de la protección del planeta y lo deja para reflexionar sobre qué hacer con su vida. ¡Olé!

Nos levantamos por hambre/exceso de sol y comimos donde no recuerdo el nombre y tomamos el postre donde tampoco, pero en ambos casos salí con el dedo gordo hacia arriba. Quien en los primeros minutos me hizo dudar, a esas alturas hacía que el tiempo pasara volando tanto que perdí el ferri. Eso hizo sentarnos a tomar infusiones y hacernos ver nuestro sincronismo a la hora de descubrir nuestras visiones de la vida. Una conversación de la que no recuerdo cada frase pero sí la coincidencia de carácteres a la hora de interpretar la existencia. Ahí el tiempo corrió aún más rápido.

Rematamos yéndonos al punto clave de la isla para ver la puesta de sol y nos despedimos tras casi robarle inintencionadamente un bolso que le llevé todo el día y que tenía casi implantado. Nada de tonteo o ligoteo (que yo sepa), sino ocho horas de conversaciones profundas y existencialistas que echo mucho de menos en mi día a día. La vuelta a tierra firme la pasé con la mente en el limbo tras semejante coito reflexivo y mental, despertándome de mi estado semionírico el taxista dicharachero que me llevó a coger mochila y cámara e irme para Mérida.

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31 de marzo de 2019

Celestún


















La salida de El Lucero del Alba creó dudas por ambas partes, pero el interés aparecido tres o cuatro días después por la escapada a Celestún empezó a aclarar el tema y el uso de mi hombro y brazo como almohada ya en el autobús lo confirmó todo.

Nada más llegar completamos la lancha que iba a partir compartiéndola con un grupo de mexicanos aparte del piloto/guía. Nos despedimos de los impasibles pelícanos prometiéndoles volver a verlos y comenzamos a navegar en paralelo a la costa con botes sobre las olas y bocanadas de agua a la cara hasta girar para introducirnos en la Reserva de la Biosfera Ría Celestún.

Íbamos zigzagueando de forma curvada por las pseudoislas donde los cientos de flamencos hacían pie ("patas" en este caso). A veces nos miraban indiferentes y otras echaban a volar sobre nosotros en un escenario idílico, con el motor apagado y sólo escuchando el piar de las aves y los suaves golpes del agua contra la tambaleante lancha.

De las aguas cristalinas de la playa, y pasando por las rosadas de la ría, entramos con calma en las oscuras de los manglares hasta llegar al transparente y grande Ojo de Agua y hacer una parada para bañarnos entre minúsculos pececillos.

No era necesario hacer todo el camino de vuelta, con lo que nos bajamos al lado del puente de entrada al pueblo y nos llevaron en motocarro al mismo. Nos sentamos a pie de playa a comer en un restaurante tranquilo como todo Celestún. Me encantó el pescado empanado ("emparedado" allí) escuchando el romper de las olas desde poniente y a los camareros de charla a falta de más clientes.

Ya estaba anocheciedo cuando nos levantamos a dar un paseo por la playa y hacer parada al final del muelle. Decidimos quedarnos en una de las pocas hostales y estuvimos en ella más de cuatro horas, con lo que fue difícil encontrar cena al salir. Nos hablaron de un Oxxo cercano, pero terminó siendo una copia barata que, junto con una taquería a punto de cerrar, nos hizo el avío.

Desayunamos en la plaza del pueblo y caminamos hacia el puerto para cumplir la promesa con los pelícanos plantados en grupo sobre las barcas amarradas. Diana estuvo todo el rato hablando por el móvil por temas de trabajo mientras yo aprovechaba para captar como vivía la gente y los animales de allí. Y ahí terminó la romántica y hollywoodiense escapada a Celestún.

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29 de marzo de 2019

Mérida (3)


















Para aprovechar el tiempo mientras Diana llegaba al centro y siguiendo la ruta de parques me planté en el de San Cristóbal y su entorno típico de iglesia y personas tumbadas o sentadas a la sombra. Era la habitual estampa de estas zonas porque es donde el ayuntamiento tiene instalado WiFi gratuito.

Era domingo y sobremesa, con lo que las calles estaban muy tranquilas y resultaba aún más gustoso el centro de Mérida. Atravesé la Plaza Grande hacia la parte contraria; la noroeste. El Parque de Santiago tiene variables que lo diferencian, como un gran mercado, un pequeño Cinemex y terrazas para tomar café y charlar.

Llegó Diana y juntos continuamos por la misma calle hasta desembocar en el Parque de la Paz, el último de mi ruta de plazas y parques de mi estancia en la ciudad. Se encuentra entre el zoológico y la expenitenciaría, con ambos lugares cerrados o a punto de cerrar.

Más allá de los horarios, el Parque Zoológico del Centenario tiene mucha fama, pero veo absurdo hacer un viaje a la Península de Yucatán para ver a los animales en cautividad. Eso no quita que esté a favor de los zoológicos (siempre que estén bien cuidados) porque el planeta se está yendo a pique. La Expenitenciaría Juárez ya no funciona como tal, sino que ahora se puede visitar un interior que incita a hacer una sesión de fotografía.

Diana me llevó a comer a Las Vigas, un restaurante que jamás hubiera descubierto sin ella porque está más que oculto en la planta alta del hotel Los Arcos. Y es que, aparte de las escapadas que aún están por contar, fui a muchos sitios con ella tanto por el centro como por los alrededores de su casa. En lo primero, además de lo ya contado, al Mercado de Artesanía a comprar una calavera, a Los Trompos a comprar un par de mochilas y a El Hoyo a tomar infusiones. En lo segundo estuvimos, aparte de en su casa con su encantador gato Tsuki, a la enorme Plaza Galería Mérida a comer sushi y a ver peli ("Glass") y a desayunar empanadas con zumo ("jugo" allí) de pepino y limón en Huevos Motuleños y Más.

Nada de no recordar y agradecer a mi amiga Cinthia su compañía y alojamiento, así como la insistencia para que fuera de nuevo a México y reencontrarnos seis o siente años después. Aparte de viajes y escapadas no puedo olvidar las visitas a la casa. Primero citar a la servicial y encantadora madre (me enamoré de la nata ("crema" allí) con chile (pimientos picantes) que trajo un par de veces, y segundo a su padre; un hombre tranquilo y conversador.

Otro día vino un grupo de amigos encabezado por Jade (a la cual ya conocí años atrás) y su prácticamente gracioso y simpático novio italiano. Junto a una madre, su hijo y un gay vinieron a cortar la tarta de reyes, costumbre perdida y cedida en/por España. Si la primera visita fue relativamente corta, en esta también se fueron rápido los tres citados, pero la pareja se quedó hasta tarde con nosotros y las temáticas y conversaciones fueron muy amenas.

Creo haber resumido más o menos mi estancia en Mérida con esta y mis dos entradas anteriores. Por supuesto que conforme veo fotos, hago memoria y escribo me surgen más y más historias, sorpresas y detalles, pero ni el papel, la tinta y menos aún el tiempo son infinitos.

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18 de marzo de 2019

Holbox


















Son muchos los años que estuvo mi amiga Cinthia insistiendo para que fuera allí, pues ella iba de vez en cuando y le enamoraba. Recomendé la recomendación a mi mejor amigo, a donde fue con la novia de turno y no salió satisfecho del todo. En fin, quizá debería hacer dejado esto para el final.

Llegamos desde Mérida a Chiquilá de madrugada y nos quedamos en el puerto esperando al primer ferri para cruzar a la isla. Una vez allí fue todo recto por la calle principal sin asfaltar (como todas por suerte) hasta el hotel. No lo reservé yo, y resultó uno típico para yankis ("gringos" allí). La recepcionista nos quería tener horas durmiendo en el exterior aún estando la habitación disponible. En estos casos me pongo en modo serio y seco (no maleducado) y es como la mujer mejoró la operación mas no su horrenda cara y expresión. No recuerdo el nombre, pero en Google Earth aparece un tal Casa Bárbara aparentemente remodelado pero el mismo. No vayáis.

La plaza estaba al lado y en ella había una semicubierta para música o bailes, además de zonas para hacer deporte o descansar (incluso para echarse a dormir). Continuando hacia la playa desayunamos, pidiéndome mis empanadas de turno. Llegamos a la playa y nos encontramos la pintura del hombre con gorro y las típicas letras "HO_BOX" donde la gente se ponía en la L que falta para las fotografías.

Hacia la izquierda, por la orilla y con las chanclas en la mano, alcanzamos los sacos de arena y palos de madera donde muchas variedades de aves disfrutaban del menor número de personas. Fue en la citada plaza donde almorzamos sushi, tanto normal como empanado ("emparedado" allí). Echamos la tarde por el pueblo tomando unas infusiones y viendo americanos por aquí y por allá. Terminamos cenando en el puestecillo Keox Janal y descubriendo unos maravillosos tacos vegetarianos.

La mañana siguiente desayuné en el hotel (porque estaba incluido) y tiré por la orilla derecha entre trabajadores quintando sargazo y turistas (con cierto toque norteuropeo) dándoles de comer a los pájaros. Las playas donde puedes avanzar mar adentro sin que el agua suba más alla de los tobillos me encantan. Eché/aproveché el tiempo con los muchos grafitis del pueblo y terminé cogiendo el ferri de vuelta a la península con el sabor agridulce que me había dejado la isla.

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7 de marzo de 2019

Mérida (2)


















Entre semana quedé con una chica llamada Diana para tomar unas cervezas ("chelas" allí) y sus habituales y correspondientes tapas ("botanas" allí) que las suelen acompañar. Fue en El Lucero del Alba donde, entre partidos y pantallones, tuvimos un par de horas de conversación. Más tarde quedé con mi casera y amiga Cinthia para rematar mi vientre lleno en el Hermana República.

Ya en el finde empezamos por donde más o menos lo dejé unos días atrás; desde el Parque Hidalgo. Rodeamos el Parque La Madre para atravesar el reciente y moderno Palacio de la Música. Le sobra cultura a la ciudad, estando cerca los teatros Daniel Ayala, José Peón Contreras y Armando Manzanero entre otros.

Continuando por la calle 60 se llega al Parque de Santa Ana, de plaza grande e iglesia pequeña. Más allá de fachadas de tiendas pintadas a mano y paredes  con grafitis curiosos van quedando sobre todo en la acera izquierda mansiones de cuento o, más bien, de videojuego o cómic, recordándome a la Villa de Vasconcellos de Broken Sword o al Castillo de Moulinsart de Tintín respectivamente.

Tocaba volver hacia el centro por el famoso y paralelo Paseo de Montejo. Como había una maratón al día siguiente el tráfico estaba cortado para los preparativos y pude ver al principio de la avenida el emblemático Monumento a la Patria casi sólo para mí. Como ocurre en otras ciudades, viniéndome a la cabeza la avenida Hassan II de Fez, esta está inspirada en los Campos Elíseos de París. Más mansiones y casas señoriales a ambos lados, ocupadas por terratenientes y ricachones en el pasado y ocupadas hoy en día por bancos (aún más ricachones) y algún que otro museo como el Palacio Cantón.

Pasamos el Monumento a los Montejo y nos metimos en La Negrita, una muy conocida cantina en la que a aquella hora aún había sitio en la barra. Teniendo en cuenta que prácticamente no bebo alcohol, entre dos cervezas Indio y sus tacos y botanas las horas pasaron volando entre historias y risas. Cuando ya nos íbamos los salones interiores eran una locura de gente y música. En el exterior estaba anocheciendo y nos fuimos para la casa.

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1 de marzo de 2019

Izamal



La otra vez que estuve en Mérida me metí en la parte superior del mercado y teniendo poco que ver porque estaban limpiando y a punto de cerrar. Esta vez entramos en la planta baja a primera hora de la mañana para desayunar. Con lo que me gustan las empanadas mexicanas y lo rápido que me las tuve que comer por la inquietante presencia de cucarachas.

Estuvimos esperando en una miniexplanada cerca del Parque Eulogio Rosado a que nos recogiera la combi hacia Izamal, aprovechando el aire acondicionado que salía de una de las cientos de Farmacias Similares, un despilfarro energético que puntualmente nos vino bien. Por el camino hubo parada en una gasolinera para que el conductor orinara y también en un pueblo de cuyo nombre no puedo acordarme.

El centro de Izamal es el Convento de San Antonio de Padua y lo que todo el mundo va a ver básicamente por turismo o religión. Frente a ella está el Parque 5 de Mayo donde una mujer con micrófono y orando nos recibió. El edificio fue construido sobre y con restos mayas y posee el atrio cerrado más grande tras San Pedro de El Vaticano. Quizá por eso fue visitado por Juan Pablo II hace unas décadas y hay una estatua que lo recuerda.

Cuando llegamos había misa en la iglesia, con lo que le dimos una vuelta al claustro y su jardín, recordándome a San Bernardino de Siena en Valladolid, a unos kilómetros de allí. Una escalera lleva hasta el camarín de la Virgen de la Purísima Concepción y los detalles históricos y obras de arte que la acompañan.

Al salir a la izquierda está el mercado donde comimos y a la derecha el Parque Itzamna que atravesamos. A diferencia de la mayoría de pueblos y ciudades mexicanos que cada casa tiene un color diferente, en Izamal tienden a ser todas del mismo color naranja, dándole ese toque distintivo. Entre los muchos puntos arqueológicos nos dispusimos a subir la pirámide Kinich Kakm.

Lo que parecía no más de veinte escalones resultó un efecto óptico porque a poco de empezar había una explanada para tomar o recuperar energía y hacer la verdadera subida. Desde arriba destaca el convento rodeado por casas y árboles con capillas y restos mayas intercalados. Junto con las plazas y el mercado ya nombrados terminó siendo una escapada de dos o tres horas que mereció la pena.

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