30 de noviembre de 2018

Marsella (2)


















Los hoteles no solamente están para dormir u otras actividades relajantes, sino que siempre está la opción de subir a la última planta en busca de buenas panorámicas. En esta ocasión estaba situado muy en alto, pudiendo captar torres de iglesias, vías de tren, obreros por los tejados y aves sobrevolando muy al estilo de la intro de Broken Sword.

Esta vez giramos a la izquierda en vez de a la derecha como la mañana anterior. Llegamos a la iglesia de Saint-Vicent de Paul, de estilo neogótico y construida donde antes había una capilla de los Agustinos Reformados. Silencio y bella luz a través de los coloridos rosetones en el interior, Juana de Arco presidiendo el exterior. Retomamos nuestro camino hacia el sur incorporándonos cual afluente a la arteria de Canabière y desembocando, como no podía ser de otra forma, en el mar. Más específicamente, en el puerto.

Una fila de puestecillos de pescado fresco y reciente, tras los cuales llegaban pescadores sonrientes por un amanecer provechoso u otros con el bocadillo de media mañana. El sol era radiante y creaba unos preciosos reflejos de los barcos en el agua. Fuimos bordeando por la parte este en paralelo a tareas como unir cabos o reforzar pinturas exteriores.

Tras terminar el puerto y atravesar un pequeño parque y un gran césped llegamos al Palais du Pharo. Un entorno para grupos escolares, personas sentadas en bancos de frente para disfrutar las vistas y otras sentadas de espalda para poder leer (libros, no móviles) sin dejarse la vista. Enfrente se veía la parte visitada la tarde anterior como una caja de diapositivas, con elementos como fuerte, museo, abadía, catedral y rascacielos, desde lo más cercano a lo más lejano.

Ya escarmentados, comenzamos a buscar dónde comer en modo previsor. Lo que había en una plaza hexagonal no nos convencía, comenzando por un restaurante con la carta en español pero sin chicha ni limoná, hasta un bareto de porretas y perroflautas. Arriesgándonos a quedarnos sin almorzar encaramos la Avenida de la Corse.

Y, como para ganar hay que arriesgar, terminamos dando con un local de comida a lo "prêt-à-porter" pero también con una larga y única mesa para comer allí. Lógicamente elegimos esta segunda opción, sentándonos entre una familia medio numerosa y una pareja mayor. Una comida deliciosa compuesta por un par de "Quiche Lorraine" y una ensalada de quinoa, todo compartido y rematado con un vino tinto.

La encantadora y angelical pareja de al lado fue sustituida por una mujer de unos cincuentaitantos. De físico gordo y de personalidad prepotente, hablaba por teléfono en español y más alto de la cuenta para demostrarnos su supuesta valía. Interrumpió nuestra conversación para contarnos que era dueña de una galería de arte cercana y que estaba esperando al artista en cuestión; un sesentañero sevillano, mas residente en Madrid, tranquilo, sencillo y agradable. La francesa nos dio el folleto de la expo, invitándonos a pasarnos un rato mientras ellos comenzaban a montarla. Tras comprobar que el sevillano era de los de tirar un cubo de pintura contra el lienzo y que la marsellesa pintaba de invitación lo que era petición de mano de obra gratuita, le respondí con mi positivo e irónico "hiii, hiii" de boca abierta y dentadura cerrada. Pagamos y salimos tras la singular pareja para tomarles fotos traicioneras y por la espalda antes de girar a la derecha y encarar la digestión cuesta arriba y sin freno de mano.

En un programa de los #DedondeseanEnElMundo aparecía un personaje diciendo que las distancias entre los puntos de interés eran imposibles de recorrer a pie y que las cuestas eran mortales. Ni una cosa ni la otra, menos aún para quien levanta ochenta y cinco kilos en sentadillas, ¡jojo! Hay tremendas escalinatas por China o Venezuela que quizá algún día compruebe, pero con las de Marsella nos plantamos en Notre-Dame en un plis-plas.

La ciudad tiene muchos emplazamientos desde donde disfrutar de buenas vistas gracias a lo poco llana que es la misma, pero no hay duda de que las mejores son las de aquí. Trescientos sesenta grados que cubren, lógicamente, todo. El puerto y el centro que ya habíamos recorrido, el mediterráneo y sus costas, las montañas que recogen y envuelven la ciudad, el State de Vélodrome y el Châteaun d´If se aprecian a primera vista.

Aparte del interior de la basílica y sus dos santuarios superpuestos, la cripta (sin misterio ni embrujo) y la iglesia (con una mujer ofreciendo Ferrero Rocher y barcos voladores a lo Skies of Arcadia), por el exterior me dediqué a captar discreta (e incluso indiscretamente) a un fotógrafo con sospecha, un joven a lo afro y a Mlle. Brigitte entre monedas y deseos.

La bajada la hicimos por una calle alternativa, muy tranquila salvo por ser la hora de salida de un colegio allá por la sobremesa. Me vinieron a la cabeza la bajada del Bastión de los Pescadores de Budapest y la de Üsküdar hacia la Torre de Leandro en Estambul. La parada y el descanso fueron sentados en la primera fila de la tranquila y silenciosa abadía de Saint-Victor. Muy vacía y acogedora para convertir a coristas en roqueros; a lo celestial en material.

A la salida nos llamaron la atención interminables y enormes bandadas de pájaros pequeños y negros de sudoeste a noreste. Fuimos bordeando lo que parecía un idílico circuito para videojuego de F1, con grandes pistas rodeando un atracadero. Tras jugarnos la vida para cruzar un túnel de F1, esta vez no parecido pero sí cercano (el monegasco, para quien no lo pille), comprobamos que el Fort Saint-Nicolas estaba cerrado por obras.

Necesitábamos comer, y entre ataques de risa sin recordar por qué y brazos cruzados sin saberlo tampoco, entre ratas comiendo en las mesas de un McDonald (cierto y lógico) y mujer teletransportada, hicimos parada en lo que parecía una franquicia pizzera y disfrute de gresca entre el camarero y una ladrona de servilletas (#LaLadronaDeLasServilletas: un título estupendo para Eduardo Mendoza e incluso para mí).

He de reconocer que, por mucho gimnasio al que estés acostumbrado, el cansancio tras kilómetros y horas de caminata es inevitable. Atravesamos el tétrico, recogido y totalmente circular Jardin de la Rotonde (un nombre de lo más currado) y que me recordó al Parque Karlaplan de Estocolmo (salvando las distancias, tanto físicas como de parecido), y también a otra de Roma a rebuscar en mi memoria. Unos pasos más al hotel y a dormir o lo que se tercie.

Fotografías:
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