29 de noviembre de 2018

Marsella (1)
















La habitual matraca de trenes, autobuses y aviones se compensó ligeramente con la cercanía del alojamiento respecto a la estación, concretamente la Gare de Saint-Charles. Nada más bajar la escalera monumental comienza una larga avenida de la que salimos unos metros a la derecha. La fama de la ciudad no tardó en confirmarse con la totalidad de ciudadanos y negocios de origen árabe mientras callejeábamos hacia la Porte d´Aix, recordando y disfrutando a lo largo de la misma de nuestro viaje a Marrakech.

Ya casi llegando al mar me quedé prendado al girar mi cabeza y descubrir lo que había al final de una calle llena de obras y furgonetas de reparto. Se trataba de la Catedral de Marsella, concretamente la parte trasera o cabecera de la conocida como La Major. La bordeamos por la derecha, dando al puerto, y nos introdujimos en su interior.

El barrio de al lado es ese de muchas ciudades que era olvidado y recientemente tenido en cuenta, un típico soho de restaurantes alternativos, talleres originales y pintadas artísticas, todo combinado con yonkis y descampados. La cosa es que accedimos a él en busca de comida, pero descubrimos que en Francia, por muy al sur que estés, se come a horario guiri (me recuerda a Génova). Acompañados por los retortijones, y tras buscar cerca del MuCEM (Museo de las Civilizaciones de Europa y del Mediterráneo), terminamos almorzando perrito caliente y en lo último que quedaba abierto. Y porque hablo portugués...

El Fort Saint-Jean es más bien pequeño, pero aún así hicimos eso de salir por un lado de la plaza central y aparecer por otro repetidas veces, hasta por fin recorrernos todo el laberinto creado en nuestras mentes. Tanto la torre del propio fuerte como la parte superior del museo al que se llega por un puente metálico ofrecen vistas del puerto, la fortaleza de enfrente y Notre-Dame en las alturas.

Dejando a izquierda y derecha la iglesia de Saint-Laurence y una estatua de dudoso significado respectivamente, terminamos por bajar al puerto. Paseando por el lateral norte y pasando por la noria, encaramos la calle o avenida de Canebière, por fin una zona no tan desierta como el resto. No sólo que había muchas tiendas y transeuntes, sino que con sólo meterse por una calle perpendicular se aparecía en esa frustrada aspiración a medina quedada en un gueto sin más. Si en sus países y ciudades de origen tienen su encanto, en Europa es la enésima confirmación de su falta de respeto e integración. Plazoletas llenas de puestecillos, basura por el suelo, gritos y mal olor.

El lado positivo de aquello era que, tras hacer unas compras en un supermercado ecológico, aprovechamos esa falta de adaptación de los moros a los horarios franceses para cenar un decente kevap al lado de la Porte d´Aix y cercanos al hotel. Tenían hasta un compi para atender en español, el cual se llevó las manos a la cabeza cuando le pregunté si lo de una foto de la carta era cerdo. No, encima tengo que ser yo quien esté pendiente de sus costumbres, ¡no te digo!

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