30 de noviembre de 2018

Marsella (3)


















Como ocurrió en Marrakech, el vuelo de vuelta salía por la tarde (otra cosa fue nosotros), con lo que teníamos toda la mañana para hacer visitas y pasear por Marsella. Por la estatua de la virgen situada tras hotel y estación nos incorporamos a una avenida de lo más vulgar, con talleres de coches, institutos, etc. Es por ello que llama la atención encontrarse un monumento tan importante e impresionante como el Parc Longchamp a la vuelta de la esquina.

La simetría es mi deleite, y esta construcción también lo fue. Dos edificios a los lados conteniendo un museo cada uno de ellos, unas imponentes estatuas, chorros y cascadas de agua (tsss, que podrían ser de chocolate, por ejemplo) y un estanque. Más allá de turistas o viajeros, que tampoco está masificada de ellos la ciudad, había muchos marselleses corriendo y subiendo escalinata por un lado y bajándola por el otro. Un trabajo de piernas más que reseñable.

Ya en la parte techada los toros nos ofrecían una nueva vista de la ciudad, con torres y picos salpicados por aquí y por allá a lo largo de la misma. Despidiéndonos de Notre-Dame en la distancia dimos una vuelta al parque trasero, entre adultos vagabundeando o reflexionando y niños saltando o persiguiendo gatos. Tocaron relax e infusión, silencio y brazos cruzados frente/de espaldas a Longchamp muy a lo Geroge Stobbar en Le Tricolore.

Preguntamos a un joven (más que nosotros) dónde estaba el Jardin Zoologique, quien correcta y educadamente nos indicó usando Google Maps. Le hicimos caso a medias para no cruzar de nuevo donde acabábamos de estar y conocer lo máximo de la urbe. Justo al lado de una parada de metro estaba la entrada a este original zoológico. Y digo esto porque, mas allá de estar enjaulados, los animales eran de plástico. La casa de Hansel y Gretel, un edificio de apariencia árabe que me recordó al del Jardín Majorelle y a buscar comida.

Del Parc Longchamp parte una avenida amplia pero poco concurrida y cuyo movimiento más destacado es el del silencioso y uniforme paso del tranvía por medio de la misma. Estuvimos probando sin éxito el almorzar por varios restaurantes con muy buena pinta y estética, pero el tema de los horarios nos volvió a jugar una mala pasada y terminamos en un bar digamos que de carretera, para entendernos. Filete de ternera con patatas fritas, más vasos que bebidas, el telediario en un soporte en la pared y mucha amabilidad en La Cerise.

Que la lluvia continuara era un plus para despedirnos de Marsella caminando paraguas en mano hacia la estación, en la cual cobran para entrar al servicio. Eso también me ha pasado en Marruecos y Barcelona (que cada uno tome sus conclusiones). También me llamaron la atención, en esta caso más positivamente, los trenes de dos plantas de la SNCF, los mismos que me llevaron de Mónaco a Niza hace más de diez años.

A la hora de valorar la ciudad de Marsella pongo en el lado malo de la balanza al tipo de público que te encuentras por barrios diversos y el ritmo de vida europeo de por allí, incluyendo los horarios de comida y demás. En el lado bueno de las cosas, éstas se me acumulan en la mente al salir como las ovejas de su redil. Las mañanas soleadas en el puerto, las tardes lluviosas sobre la hojarasca, el relax de cafés e infusiones en terrazas de bistrós y pastelerías, los ateliers a través de sus cristaleras y los áticos abuhardillados. ¡Tomo nota!

Fotografías:
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Página web:
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Marsella (2)


















Los hoteles no solamente están para dormir u otras actividades relajantes, sino que siempre está la opción de subir a la última planta en busca de buenas panorámicas. En esta ocasión estaba situado muy en alto, pudiendo captar torres de iglesias, vías de tren, obreros por los tejados y aves sobrevolando muy al estilo de la intro de Broken Sword.

Esta vez giramos a la izquierda en vez de a la derecha como la mañana anterior. Llegamos a la iglesia de Saint-Vicent de Paul, de estilo neogótico y construida donde antes había una capilla de los Agustinos Reformados. Silencio y bella luz a través de los coloridos rosetones en el interior, Juana de Arco presidiendo el exterior. Retomamos nuestro camino hacia el sur incorporándonos cual afluente a la arteria de Canabière y desembocando, como no podía ser de otra forma, en el mar. Más específicamente, en el puerto.

Una fila de puestecillos de pescado fresco y reciente, tras los cuales llegaban pescadores sonrientes por un amanecer provechoso u otros con el bocadillo de media mañana. El sol era radiante y creaba unos preciosos reflejos de los barcos en el agua. Fuimos bordeando por la parte este en paralelo a tareas como unir cabos o reforzar pinturas exteriores.

Tras terminar el puerto y atravesar un pequeño parque y un gran césped llegamos al Palais du Pharo. Un entorno para grupos escolares, personas sentadas en bancos de frente para disfrutar las vistas y otras sentadas de espalda para poder leer (libros, no móviles) sin dejarse la vista. Enfrente se veía la parte visitada la tarde anterior como una caja de diapositivas, con elementos como fuerte, museo, abadía, catedral y rascacielos, desde lo más cercano a lo más lejano.

Ya escarmentados, comenzamos a buscar dónde comer en modo previsor. Lo que había en una plaza hexagonal no nos convencía, comenzando por un restaurante con la carta en español pero sin chicha ni limoná, hasta un bareto de porretas y perroflautas. Arriesgándonos a quedarnos sin almorzar encaramos la Avenida de la Corse.

Y, como para ganar hay que arriesgar, terminamos dando con un local de comida a lo "prêt-à-porter" pero también con una larga y única mesa para comer allí. Lógicamente elegimos esta segunda opción, sentándonos entre una familia medio numerosa y una pareja mayor. Una comida deliciosa compuesta por un par de "Quiche Lorraine" y una ensalada de quinoa, todo compartido y rematado con un vino tinto.

La encantadora y angelical pareja de al lado fue sustituida por una mujer de unos cincuentaitantos. De físico gordo y de personalidad prepotente, hablaba por teléfono en español y más alto de la cuenta para demostrarnos su supuesta valía. Interrumpió nuestra conversación para contarnos que era dueña de una galería de arte cercana y que estaba esperando al artista en cuestión; un sesentañero sevillano, mas residente en Madrid, tranquilo, sencillo y agradable. La francesa nos dio el folleto de la expo, invitándonos a pasarnos un rato mientras ellos comenzaban a montarla. Tras comprobar que el sevillano era de los de tirar un cubo de pintura contra el lienzo y que la marsellesa pintaba de invitación lo que era petición de mano de obra gratuita, le respondí con mi positivo e irónico "hiii, hiii" de boca abierta y dentadura cerrada. Pagamos y salimos tras la singular pareja para tomarles fotos traicioneras y por la espalda antes de girar a la derecha y encarar la digestión cuesta arriba y sin freno de mano.

En un programa de los #DedondeseanEnElMundo aparecía un personaje diciendo que las distancias entre los puntos de interés eran imposibles de recorrer a pie y que las cuestas eran mortales. Ni una cosa ni la otra, menos aún para quien levanta ochenta y cinco kilos en sentadillas, ¡jojo! Hay tremendas escalinatas por China o Venezuela que quizá algún día compruebe, pero con las de Marsella nos plantamos en Notre-Dame en un plis-plas.

La ciudad tiene muchos emplazamientos desde donde disfrutar de buenas vistas gracias a lo poco llana que es la misma, pero no hay duda de que las mejores son las de aquí. Trescientos sesenta grados que cubren, lógicamente, todo. El puerto y el centro que ya habíamos recorrido, el mediterráneo y sus costas, las montañas que recogen y envuelven la ciudad, el State de Vélodrome y el Châteaun d´If se aprecian a primera vista.

Aparte del interior de la basílica y sus dos santuarios superpuestos, la cripta (sin misterio ni embrujo) y la iglesia (con una mujer ofreciendo Ferrero Rocher y barcos voladores a lo Skies of Arcadia), por el exterior me dediqué a captar discreta (e incluso indiscretamente) a un fotógrafo con sospecha, un joven a lo afro y a Mlle. Brigitte entre monedas y deseos.

La bajada la hicimos por una calle alternativa, muy tranquila salvo por ser la hora de salida de un colegio allá por la sobremesa. Me vinieron a la cabeza la bajada del Bastión de los Pescadores de Budapest y la de Üsküdar hacia la Torre de Leandro en Estambul. La parada y el descanso fueron sentados en la primera fila de la tranquila y silenciosa abadía de Saint-Victor. Muy vacía y acogedora para convertir a coristas en roqueros; a lo celestial en material.

A la salida nos llamaron la atención interminables y enormes bandadas de pájaros pequeños y negros de sudoeste a noreste. Fuimos bordeando lo que parecía un idílico circuito para videojuego de F1, con grandes pistas rodeando un atracadero. Tras jugarnos la vida para cruzar un túnel de F1, esta vez no parecido pero sí cercano (el monegasco, para quien no lo pille), comprobamos que el Fort Saint-Nicolas estaba cerrado por obras.

Necesitábamos comer, y entre ataques de risa sin recordar por qué y brazos cruzados sin saberlo tampoco, entre ratas comiendo en las mesas de un McDonald (cierto y lógico) y mujer teletransportada, hicimos parada en lo que parecía una franquicia pizzera y disfrute de gresca entre el camarero y una ladrona de servilletas (#LaLadronaDeLasServilletas: un título estupendo para Eduardo Mendoza e incluso para mí).

He de reconocer que, por mucho gimnasio al que estés acostumbrado, el cansancio tras kilómetros y horas de caminata es inevitable. Atravesamos el tétrico, recogido y totalmente circular Jardin de la Rotonde (un nombre de lo más currado) y que me recordó al Parque Karlaplan de Estocolmo (salvando las distancias, tanto físicas como de parecido), y también a otra de Roma a rebuscar en mi memoria. Unos pasos más al hotel y a dormir o lo que se tercie.

Fotografías:
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Página web:
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29 de noviembre de 2018

Marsella (1)
















La habitual matraca de trenes, autobuses y aviones se compensó ligeramente con la cercanía del alojamiento respecto a la estación, concretamente la Gare de Saint-Charles. Nada más bajar la escalera monumental comienza una larga avenida de la que salimos unos metros a la derecha. La fama de la ciudad no tardó en confirmarse con la totalidad de ciudadanos y negocios de origen árabe mientras callejeábamos hacia la Porte d´Aix, recordando y disfrutando a lo largo de la misma de nuestro viaje a Marrakech.

Ya casi llegando al mar me quedé prendado al girar mi cabeza y descubrir lo que había al final de una calle llena de obras y furgonetas de reparto. Se trataba de la Catedral de Marsella, concretamente la parte trasera o cabecera de la conocida como La Major. La bordeamos por la derecha, dando al puerto, y nos introdujimos en su interior.

El barrio de al lado es ese de muchas ciudades que era olvidado y recientemente tenido en cuenta, un típico soho de restaurantes alternativos, talleres originales y pintadas artísticas, todo combinado con yonkis y descampados. La cosa es que accedimos a él en busca de comida, pero descubrimos que en Francia, por muy al sur que estés, se come a horario guiri (me recuerda a Génova). Acompañados por los retortijones, y tras buscar cerca del MuCEM (Museo de las Civilizaciones de Europa y del Mediterráneo), terminamos almorzando perrito caliente y en lo último que quedaba abierto. Y porque hablo portugués...

El Fort Saint-Jean es más bien pequeño, pero aún así hicimos eso de salir por un lado de la plaza central y aparecer por otro repetidas veces, hasta por fin recorrernos todo el laberinto creado en nuestras mentes. Tanto la torre del propio fuerte como la parte superior del museo al que se llega por un puente metálico ofrecen vistas del puerto, la fortaleza de enfrente y Notre-Dame en las alturas.

Dejando a izquierda y derecha la iglesia de Saint-Laurence y una estatua de dudoso significado respectivamente, terminamos por bajar al puerto. Paseando por el lateral norte y pasando por la noria, encaramos la calle o avenida de Canebière, por fin una zona no tan desierta como el resto. No sólo que había muchas tiendas y transeuntes, sino que con sólo meterse por una calle perpendicular se aparecía en esa frustrada aspiración a medina quedada en un gueto sin más. Si en sus países y ciudades de origen tienen su encanto, en Europa es la enésima confirmación de su falta de respeto e integración. Plazoletas llenas de puestecillos, basura por el suelo, gritos y mal olor.

El lado positivo de aquello era que, tras hacer unas compras en un supermercado ecológico, aprovechamos esa falta de adaptación de los moros a los horarios franceses para cenar un decente kevap al lado de la Porte d´Aix y cercanos al hotel. Tenían hasta un compi para atender en español, el cual se llevó las manos a la cabeza cuando le pregunté si lo de una foto de la carta era cerdo. No, encima tengo que ser yo quien esté pendiente de sus costumbres, ¡no te digo!

Fotografías -> https://www.flickr.com/photos/alvaromartinfotografia/albums/72157703852565334

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