13 de enero de 2018

Budapest (1)


La mañana era soleada y el viaje del aeropuerto al hotel resultó agradable, tanto en el autobús como en el metro, con la comodidad de poder compartir el mismo tipo de billete en los distintos medios de transporte. En las estaciones no había tornos, mas sí un hombre de normalmente avanzada edad echado en la pared con brazos cruzados y mirada desafiante, muy a lo Clint Eastwood. No llegué a distinguir si siempre era el mismo teletransportado o clones, pero... ¡ay si te intentabas colar! En fin, la parada de Határ Út nos dejaba justo delante del hotel, dándonos tiempo a ver al Málaga ganar a la Real Sociedad wifi a través.

La boca de metro Kálvin Tér está cerca del Puente de la Libertad, que comunica el Mercado Central con la Colina Gellért. En la parte izquierda el conocido hotel del mismo nombre, donde clientes y no clientes disfrutan de su hermoso balneario. En la derecha la Iglesia Rupestre o de la Cueva. Subiendo la colina no en línea recta sino bordeándola ligeramente atravesamos un barrio de caserones lujosos y tenebrosos, con algún que otro vecino sacando al perro en la oscuridad. El cansancio del vuelo y la falta de luz nos hicieron volver a los aposentos nada más llegar a la Estatua de la Libertad.

La mañana siguiente nos bajamos una estación más adelante, la de Ferenciek Tere, cercana en esta ocasión a otro puente, el de Elisabeth. De todas formas, no llegamos a cruzarlo, sino que anduvimos pegados al río Danubio hasta el puente de la tarde antes. Y es que queríamos repetir la subida a la colina de una forma más ligera y directa para, ahora sí, disfrutar de las espectaculares vistas con luz. Y la luz no sólo se paga en recibos caseros, sino en número de turistas a esquivar, teniendo también en cuenta que ya no era domingo sino lunes.

Con el resto de Buda a la izquierda y todo Pest enfrente, no importaba en cual de los miradores situarse, todos permitían saborear la ciudad desde las alturas. Río Danubio como referencia, castillo y parlamento como presidencia y los puentes como unión, decenas de torres surgían aquí y allá, destacando las de la catedral. Era para echar un buen rato, no ya por disparar mi cámara como un mono con dos pistolas (y puntería), sino para aprovechar el panorama urbano cual mapa de la ciudad en tres dimensiones.

Tras haber tomado la tarde antes un chocolate caliente proveniente de un chocolatero estafador con precios desorbitados y una bajada de mil y un escalones, esa mañana lo hicimos atravesando un gran grupo de jóvenes mexicanos y cuesta abajo, deteniéndonos en el Monumento de Saint Gellért para saltar una valla y soltar disparos por doquier. Entre algunas de las muchas iglesias y sus respectivas torres nos plantamos en el parque del castillo, subiendo mediante escalera mecánica al castillo como tal.

Ya se sabe que los lunes cierran la mayoría de los museos, con lo que poco pudimos disfrutar del interior del castillo. Sí que estaba abierta la biblioteca, pero ni era el objetivo del viaje ni sabemos húngaro. En los alrededores vimos un cambio de guardia ante el Palacio Sándor, que es la residencia y despacho del presidente de la república, y unas ruinas que permitían visualizar la Buda más de vivir y menos de visitar, más casas que monumentos. Era la hora de comer y nos detuvimos en un restaurante llamado Tárnok, de atrayentes colores rojo y amarillo por fuera y con un menú que incluía "gulash", tanto en plato de cuchara como de tenedor. No provocó queja, pero sí sentido de ser muy estándar y para turistas dada la zona en la que se encontraba.

El Bastión de los Pescadores supera como mirador a la Colina de Gallért, que ya es decir... Pasear por sus escalinatas y pasillos al aire libre es gratis, mas hubo que pagar para disfrutar del clímax visual del torreón más alto. Sólo un euro y con calefacción en el bar, muy a tener en cuenta esto último. Hay una bajada al Danubio partiendo de la plaza con la estatua del rey San Esteban I de Hungría, pero también se encuentran allí las taquillas para visitar la Iglesia de San Matías, un punto ineludible.

Fue construida alrededor del año mil, recibiendo reformas a lo largo del tiempo, pasando por diferentes estilos como gótico, renacentista e incluso dándole uso de mezquita los "amigos" turcos durante el tiempo que duró su invasión, estancia y expulsión. Tanto por fuera como por dentro es realmente preciosa, mereciendo más que la pena visitar las partes altas del interior. Una vez terminado el recorrido y descansado en sus asientos, comenzamos la bajada. Pasamos por al lado del edificio de los archivos medievales, donde un guía español soltaba su charla sobre el mismo: tenía menos tiempo del que aparentaba, era un intento de reproducir la arquitectura no recuerdo si de Praga o Viena, etc. Y es que toda esa parte de Buda en la que nos encontrábamos era eso: medieval. Continuando la bajada atravesamos un parque donde cada árbol tenía el nombre de cada una de las capitales de los países europeos, rodeando una estatua que parecía representar al sol y desembocando frente al parlamento.

Es una maravilla dar un paseo nocturno por el lado oeste del Danubio, más aún si este finaliza en la Plaza de Clark Adam, en la que confluyen o de la que parten (según se mire) varios detalles de interés. De allí parten un túnel que permite el paso de vehículos bajo el castillo, un funicular que lleva a los visitantes hacia el castillo y el remate final, una de las entradas/salidas del Puente de las Cadenas, símbolo representativo por excelencia si uno se fija en cualquier página web o guía turística de la ciudad. Más que su historia, elegancia y la bienvenida de los leones, lo que más me llama la atención de él es una minihistoria de mi adolescencia. Era por aquella época, cuando Internet comenzaba a expandirse por los hogares, cuando me iba a la facultad a descargar archivos JPG de Lara Croft para no gastar megas, cuando ver un vídeo era como haber entrado en las entrañas de la red. Pues no recuerdo como me apareció un vídeo de escasos segundos y totalmente pixelado de un coche atravesando el puente con visión desde el interior. Me quedé con la boca abierta, un majestuoso puente en el que sus luces lucían (valga la redundancia) en la noche de un país lejano. Pues sí, allí estaba yo, unos 18 o 20 años después.

Lo crucé y continué el paseo por la otra orilla. La este, la de Pest. Me planté de nuevo en Ferenciek Tere y volví para el hotel, no sin acercarme al cercano centro comercial Europark para hacerme con refrigerios variados.

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