22 de noviembre de 2017

Zaragoza (2)

La ventana de la habitación la usé tanto la tarde como la noche del día anterior, y ahora por la mañana no iba a ser menos. Unas fotografías con esa luz anaranjada del amanecer, gimnasia, ducha, desayuno en el sótano y a la calle de nuevo con mochila. Un poco American Psycho, ¿no?

Recto por la calle Mayor llegué al Museo de Goya, que me resultó gratuito y exclusivo, pues no había nadie. Un edificio de hace unos quinientos años que expone unas quinientas obras de entre las más de siete mil que posee. Muchas no eran del autor que da nombre al museo, aunque sí los grabados. Una sala oscura de luces tenues que invita a invertir algo más de tiempo. "El sueño de la razón produce monstruos" es mi preferida. No sólo por la imagen y su significado, sino porque allá por los años 90 la revista Hobby Consolas puso esa frase como subtítulo en el análisis del juego Tenka. Y es que, a pesar del paso del tiempo, se me quedo grabada (como no...). En el sótano, junto a unos restos arqueológicos, echaban un vídeo sobre la historia de Goya en modo dibujo animado, estética clara y sencilla, para todos los públicos.

Esta vez no había boda sino misa, pero el caso es que, al menos en fin de semana, hay ligeras trabas para ver la Basílica del Pilar. Fui hacia el pie de una de las torres más cercanas al Ebro desde donde se coge un ascensor. Lo típico: no apto para personas con miedo a las alturas. Aún se puede subir más por escalones que rodean maquinarias (supongo que del propio ascensor) y que me recordaba a la Catedral Anglicana de Liverpool. Pero sí, aún se puede subir más, esta vez por una estrecha escalera de caracol. Lo importante e impresionante son las vistas de 360 grados de unas de las ciudades más grandes de España. Cuando eres realmente consciente de donde estás la experiencia y el disfrute aumentan exponencialmente.

Me adentré de nuevo en el centro a través de Alfonso I y sus callejones. La luz del día no mejora la zona, sino que la cambia. Esquivé la tremenda cola de una administración de loterías, compré frutas de Aragón y terminé en la Plaza de San Felipe. Tenía decidido no visitarlo, pero sí que me encontré de frente el Museo de Pablo Gargallo. Eso sí, en la plaza había mucha actividad, como grupos bailando y pintores que no sólo vendían sino que pintaban allí mismo. Zaragoza es una ciudad con mucha personalidad, no englobada en esa estandarización que se expande con rapidez.

La noche anterior me dí la vuelta antes del comienzo de la Gran Vía, pero en esta ocasión sí la recorrí. Me gustan las avenidas donde lo peatonal va por medio y lo de los vehículos por los laterales. Me desvié a la izquierda para seguir por el río Huerva, esta vez en sentido de su nacimiento. En un cruce donde llamaba la atención un gran edificio de forma peculiar (Cámara de Comercio e Industria de Zaragoza) me entró la duda. Pregunté a un grupo de personas mayores dónde podía comer por la zona, respondiéndome y recomendándome que en la parte más alta del Parque Primo de Rivera. Bueno, ahora se llama Parque José Antonio Labordeta, que España huye de su historia.

Me pedí unas tapas de croquetas de jamón, croquetas de setas y pimientos fritos en la barra del merendero. Los que también comían allí estaban pendientes de la televisión, donde se mostraba en directo una marcha de un millón de personas en Barcelona, a favor de la unidad y en contra del independentismo.

Dí toda una vuelta por la parte alta del parque, bajando casi por donde entré y continuando río arriba, ahora más cuidado por donde rodea al parque citado y volviéndome a introducir en él. Una cafetería llamada "La Rosaleda" a pocos metros de "La Romareda", trenecito y alquiler de vehículos sin motor, monumentos y estatuas, un puente antiguo y unas casetas.

Cuando se ve un partido del Zaragoza en la TV aparece una mole enfrente, resultando ser un hospital El estadio en sí no es alto desde el exterior, por lo que doy por hecho que el césped no está a ras de suelo. Está sucio y destartalado, como La Rosaleda antes de su remodelación.

Continué caminando y caminando en la sobremesa de ese domingo, entre bloques de hasta quince plantas y calles desiertas. Sólo un abuelo cojeando y yo camino de ello pasábamos por la puerta del Parque de las Delicias, terminando en la Avenida de Madrid. Si también estaba desierto, al menos había tiendas y escaparates que llamaban la curiosidad. En fin, una tarde y una mañana para dar una vuelta completa a la quinta o sexta ciudad española, terminando en el punto inicial: la Aljafería. Es cierto que pensaba visitar su interior, pero entre su hora de apertura cercana a la salida del tren y un cuerpo para el arrastre, terminé por sentarme a descansar y escribir.

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