16 de noviembre de 2017

Zaragoza (1)










La estación de Las Delicias no es tan fea y sosa como había leído, pero sí que es excesivamente grande para una ciudad que parece más de tránsito entre Madrid y Barcelona que como destino final. Además, está más alejada de la cuenta respecto al centro de la ciudad. Tiene pinta de haber sido hecha para la exposición del 2008 y sin pensar en el futuro.

El Mercado Central de Zaragoza o de Lanuza era la prioridad, pues cerraba a las dos de la tarde. Dejé a un lado la Aljafería con la intención de verla a la vuelta y me desvié un poco a la derecha para pasar entre la Iglesia de Nuestra Señora del Portillo y La Misericordia, la segunda plaza de toros más antigua de España (tras la de Béjar) y la primera en estar cubierta. Entre moros y pintadas me reincorporé a Conde de Aranda y terminé en el citado mercado.

Lo imaginaba más grande, pero lo compensaban las preciosas fachadas. Nada de turistas en el interior, sino tres pasillos repletos de zaragozanos decidiendo qué comer en sus casas o qué servir en sus restaurantes. La parte de atrás luce menos entre bloques, pero la de delante llama más la atención, presidida por la estatua de César Augusto y las Murallas Romanas. Un grupo de alumnos de la Universidad de Zaragoza lo plasmaban sentados en sus sillas plegables con reposabrazo.

La Plaza del Pilar es uno de los lugares urbanos más bonitos e impresinantes de España y el mundo. Es rectangular y alargada, con la Iglesia de San Juan de los Panetes a un lado y la Catedral del Salvador en el otro, con la Fuente de la Hispanidad y el Museo del Foro Caesaraugusta delante de cada uno de forma respectiva. Por suerte, hay otros elementos que compensan, como la Bola del Mundo y los monumentos a Francisco de Goya y a la familia Goicochea, estos dos últimos en la Plaza la Seo.

Más allá de eso y a pesar del alto valor histórico, religioso o estético de iglesia y catedral, lo que se va a ver en Zaragoza es la Basílica del Pilar, una maravilla tanto por fuera como por dentro. Esa mañana de sábado había boda, con lo que sólo se podía visitar una mitad, suficiente para ver el camarín de la Virgen del Pilar y tocar el supuestamente desgastado propio pilar, a partir del cual dicen comenzó la construcción.

Callejeando de nuevo entre público irónicamente selecto y lavado de cara del ayuntamiento con frases y pinturas al estilo Lagunillas, tocaba poner los pies en alto en el hotel. Y bien altos, pues esa octava planta regalaba exclusivas e inesperadas vistas. Un mar urbano del que surgían las torres de la basílica y de Santa María Magdalena.

Por la tarde me alejé del centro para atravesar el Parque Bruil hasta el río Huerva y seguirlo hasta su desembocadura en el Ebro, continuando en paralelo a él. Por el camino un hombre descubrió que le estaba haciendo una foto con su perro y me pidió que ya se la hiciera "en condiciones", posando. Le di mi página web por si quería verse y me respondió que él también era fotógrafo y desde más de treinta años. No sé si era mi mala interpretanción del acento mañico o que él estaba subidito de tono. En fin, a mí me da igual. Crucé el río por el Puente del Pilar y lo volví a cruzar por el Puente de Piedra.

La Plaza del Pilar, ahora sábado por la tarde/noche, ya estaba realmente ambientada. La calle Alfonso I de Zaragoza es la calle Larios de Málaga, aunque con más tiendas tradicionales y menos franquicias. Termina en la Plaza de España, en la que ondeaba una enorme bandera nacional. Sí, esa que falta en la plaza del mismo nombre de Madrid. Los alcaldes de ambas ciudades son podemitas, pero la Sra. Carmena se lleva la palma en lo que a impresentabilidad e ineptitud se refiere.

De ahí el Paseo de la Independencia con cierto toque señorial. Edificios de cierta antigüedad con cines, teatros o grandes almacenes incrustados, soportales y catenarias. Pasa por la plaza de Aragón (también con su bandera correspondiente) y terminando en el Paraninfo de la Universidad de Zaragoza, con exposiciones temporales en la planta baja y el Museo de Ciencias Naturales en el sótano, todo con una estética renovada y elegante. En resumidas cuentas, una avenida que parte del centro y atraviesa España, Aragón y Zaragoza, ese decir, país, comunidad autónoma y ciudad. A ver si todos nos aprendemos ese orden.

El Teatro Romano es de pago para atravesarlo por su pasarela interior, pero es perfectamente visible desde el exterior, tanto a través de su vallado como desde la terraza e interior de su cafetería. Es por ello que se le puede echar un ojo en cinco minutos. De todas formas ya era la hora de cenar, habiéndome decidido de antemano por La Republicana, en pleno Tubo, la zona de tapas por antonomasia. También había leído opiniones diversas, tanto buenas como malas, dándole yo más de un simple aprobado. Bohemia y castiza, tanto la decoración como la comida, sin guiris sino maños. Cené tapas de ensaladilla rusa, mudéjar, migas con huevo frito y bomba. Del establecimiento me gustó todo menos su nombre.

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