4 de noviembre de 2017

Oslo (1)



El conductor del autobús nos vio extranjeros y cansados, de forma que salió de él el dejarnos en una parada no oficial, es decir, como si fuera un autobús privado, lo más cerca del hotel, en Møllergata. Cenamos en un típico kebab que había enfrente, donde los moros hablaban de esa forma simpática e inocente pero que nos clavaron 30 euros, aprovechado también que éramos extranjeros y cansados. De camino intercambiaban droga en nuestras narices.

A la mañana siguiente desayunamos en la plaza de Youngstorget, y con sólo bajar un poco más la calle nos plantamos delante de la Catedral del Salvador. Si bien no me llamaba la atención especialmente, sí que me gustó el patio trasero, con una forma de U que la abrazaba. Aparecimos en Jenbanetorget, donde se jugaba a voleyplaya en una zona acondicionada, aprovechando nosotros para entrar en la estación central a informarnos de antemano para el viaje de vuelta y evitar así problemas. Pero sí los hubo, sí...

De ahí parte la calle principal de Oslo, cuyo nombre es Jarl Johans, de unos dos kilómetros. Con la catedral ahora a la derecha, fuimos dejando a ambos lados multitud de parques, monumentos, estatuas y demás. Podemos citar algunos como parlamento, teatro nacional y universidad. El paseo termina en el Palacio Real y el Slottsparken que lo rodea, con lagos y céspedes donde relajarse. También la rodeaban jóvenes soldados, un grupo de unos veinte o treinta que se iban parando por cada uno de los laterales con explicaciones de un superior. Al  terminar se metieron en una pequeña casa en un lado del palacio, supongo que para recibir clases. No hace mucho que leí que la mili volvía a ser obligatoria en Noruega y esto pareció confirmarlo.

El barrio de Uranienborg es de casas llamativas y señoriales, con torreones y techos abuhardillados. Construidos alrededor del siglo XIX, burgués y señorial, sin tiendas y la tranquilidad que conlleva. Eso sí, algún que otro bar de copas ambientado a medio día. Terminamos en un mercadillo muy concurrido, de esos en los que sólo un experto sabe diferenciar entre valioso arte, prendas o joyas y simples baratijas.

El Froner Stadium es una pista de patinaje, aunque a principios de septiembre se usa para fútbol americano, rugby o similar. Nos compramos algunos pasteles típicos de allí en un puestecillo entre las instalaciones deportivas en el que atendía una adolescente con un tremendo pavo. Nos introdujimos en el Frognerparken para encarar el famoso Vigelandparken, cruzando sobre el puente de las esculturas. Cuerpos de hombres y mujeres desnudos a ambos lados del mismo, entre dos estanques, terminando en escalinata y monolito de dudoso gusto.

Más allá continúa el parque con más esculturas cuyo significado desconozco, terminando en un cementerio. Saliendo de los lugares típicos de los asiáticos alienados nos introdujimos en un sendero para ciudadanos de a pie literalmente, pues estaba poco transitado. Entre el silencio y los árboles sólo se escuchaba el fluir de los riachuelos, cruzándonos con alguna que otra pareja a paso ligero.

Era un sábado y los comercios comenzaban a cerrar en la zona poco turística en la que terminamos. Una calle con un par de bares de los que podemos englobar como tipo irlandés llevaba a un polígono industrial. Bueno, que nadie se lleve las manos a la cabeza, no era como el Guadalhorce o el Santa Barbara de Málaga, sino más limpio y decente, con otro tipo de productos, servicios y clientela. Lejos de tirar por otro sitio, lo atravesamos, viendo escaparates de moda con llamativas fotografías, precisamente también un estudio/escuela fotográfica e incluso unas oficinas de Tesla. Tanto a los nórdicos como a mí nos gustan las energías renovables y ecológicas, pero he de decir que esta compañía siempre me recuerda a Command & Conquer, ese videojuego al que tantas horas le eché en mi adolescencia.

Fotografías -> https://www.flickr.com/photos/alvaromartinfotografia/albums/72157685262907822

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