19 de octubre de 2017

Estocolmo (3)














Esta vez sí nos adentramos en Gamba Stan, encontrándonos nada más llegar a la muchedumbre pendiente de la Guardia Real haciendo el correspondiente cambio de guardia presidido por la Catedral de San Nicolás. Aprovechamos para visitar el Palacio Real por dentro, muy recomendable.

La Plaza Mayor es una visita obligada, recordándome a la varsoviana Plaza del Mercado. Destacan los dos edificios uno al lado del otro y de llamativos colores. Está a la derecha la Casa de la Bolsa, construida allá por el siglo XIX y acogiendo en la actualidad el Museo Nobel, entregándose ahí el premio de Literatura. Muy sorprendente y motivadora la idea de que la información vaya moviéndose por el techo cual carrusel de una lavandería. Por último, no centrada en el centro de la plaza, unas gárgolas surten encastradas a su fuente.

Entre callejones, y dejando a un lado una iglesia luterana o alemana, dos cosas me llamaron la atención: la primera fue una especie de cabina de teléfono vistosa y alegre que resultó siendo un meadero. La segunda me sorprendió por haber una guardería o colegio de educación primaria en pleno centro histórico, además coincidiendo con la hora de salida.

Escalera para abajo desembocamos en una calle peatonal algo más ancha, con tiendas de temáticas concretas y  un restaurante llamado Magnus Ludula que fue una decepción. No lo parecía, pero tenía que ser una trampa para guiris, no queda otra. Aparecimos en el lado contrario de la plaza principal, girando la esquina del palacio, dejando a la izquierda el Museo Medieval y su correspondiente parque y encarado el camino hacia dos islas vecinas, una unida a la otra.

Por cierto, mis experiencias viajeras me dicen que los que suelen montar espectáculos bochornosos son moros y negros, guiris borrachos y españoles. En el primero de los casos fue evidente nada más llegar, con negros que salían del metro dándole patadas a los cristales del mismo, mirando con sonrisa provocativa a los que continuaban su viaje. En el segundo no me hubiera hecho falta comprobarlo en Londres, Varsovia y demás, Magaluf me pilla más cerca. El tercero se repitió aquí, con una española de atuendos deportivos, aunque no hacía otra cosa que gritar por el teléfono móvil, puteando a gritos al teleoperador de turno de Vodafone. Todo ello pasando por delante del Grand Hotel, supongo que para que los del Premio Nobel le asignaran el de impresentable.

Las coronas que dan nombre al Puente de las Coronas se pusieron en su momento como decoración, aunque hoy en día son casi emblema de la ciudad. Subiendo y rodeando la iglesia de Skeppsholmen y continuando las esculturas llamémoslas llamativas. Y es que están al lado del Museo Moderno, un edificio antiguo. Te tientan tanto en el mismo museo como por toda la ciudad para visitarlo, pero es cierto que las tiendas de los museos venden lo más representativo de su interior, con lo que el quizás poco ortodoxo método de echarle un ojo a la entrada en vez de a la salida permite calificar. Y no, no visitamos el museo más allá de su tranquila terraza exterior a tomar infusión  y disfrutar de los gorriones.

Si esta isla es de unos 500 metros, la continua es de únicamente 200 metros. Eso no significa que no valga la pena. Nos sentamos en una pequeña loma de roca para regocijarnos de los gritos despavoridos provenientes del parque de atracciones de enfrente: Tivoli Grona Lund con su montaña rusa, caída libre, etc.

Bordeando las dos islas ya de vuelta nos encontramos con casas de postal, construcciones de madera con flores de miles de colores, así como un velero acondicionado en modo bar de copas. Una pareja que estaba cenando entre la iglesia de San Jacobo y la ópera posó ante mi descarada toma. La cena fue en un Zócalo, donde me llevé una grata sorpresa. ¡Primer lugar fuera de México con sabor real mexicano! ¡Aleluya! Repetí, por supuesto, un dos por uno es irrechazable.

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