7 de octubre de 2017

Estocolmo (1)














Hay cosas que se quedan marcadas aunque no tengan relación directa con el viaje en cuestión, y es que en la cola del aeropuerto de Málaga no sé cómo se nos acopló una sueca de avanzada edad que no paraba de hablarnos sobre la situación de su país en temas de inmigración. Yo iba con la mosca detrás de la oreja tras haberme informado con antelación sobre guetos de árabes y negros, así como por donde se pasaban las leyes y culturas de los países nórdicos. Pues esta mujer se me pegó como una lapa conforme avanzaba lentamente la cola, criticando la inmigración legal pero que debería ser ilegal, la ilegal como tal, los refugiados y, según ella, la invasión que estaba sufriendo su país. Yo, aunque entendiendo y compartiendo muchas de sus ideas, crucé los dedos para no tenerla cerca en el avión, pues era un poco cotorra. De todas formas, todo lo que escuche de ella lo tengo muy en cuenta, pues hablaba con sentido y propiedad.

El lento descenso permitía disfrutar de un anochecer sobre bosques e islas dispersas. Una hora de autobús nos plantó en la estación central, en la que está incluida la de metro. Esta, como muchas otras de la ciudad, más allá de estar muy profundas (lógico, tienen que pasar bajo el mar), son de estética lúgubre y fría, como cuevas de viaje al centro de la tierra. Lo compensó el metro que cogí, muy antiguo pero muy bonito y relativamente cuidado. Otra cosa era el público presente...

La última parada de la línea azul es Akalla, un barrio o área en el que nada más salir te sientes un extraño, y no sólo por estar en un país distinto, sino porque los rasgos caucásicos llaman la atención en plena Suecia. Como suelo comprobar en viajes y no viajes, mi orientación es buena, pero en aquella ocasión cometí el error de tomar como referencia una única salida de la estación, cuando realmente había dos. Era plena noche y lo que quedaba por las calles eran grupos de jóvenes sentados en los respaldos de los bancos y levantando la mirada al paso de los visitantes.

Con todos los negocios cerrados, entré al único que aún tenía luz. El dueño, árabe, hay que reconocer que fue correcto. Puso interés, le dio unas pocas vueltas al mapa que le entregamos y se lo pasó a otro que estaba solo en una mesa, pero no sabían donde estaba el hotel (era el único de la zona).

Tras caminatas sin rumbo por las solitarias calles dimos con un hombre con uniforme de trabajo y paso directo hacia un aparcamiento subterráneo. Se paró con expresión de sorpresa e inseguridad, la cual fue cambiando conforme veía que no había mala intención. Terminó intuyendo el hotel en el mapa, diciendo que tenía prisa, que tenía que coger el coche para el trabajo y que si queríamos nos acercaba. Ahora los de las sospechas éramos nosotros, dándole las gracias y continuando las caminatas sin dirección.

Nos plantamos delante de un pequeño hospital o clínica, o al menos eso indicaban las tenebrosas letras rojas en la oscuridad, muy a lo Silent Hill. En la explanada de delante había un único taxi, de esos tipo furgoneta con ocho o diez plazas. El conductor estaba viendo un programa en una cadena árabe en la tableta con soporte pegado al cristal.

Al acercarnos, bajó la ventanilla no más de dos dedos. La escena tuvo cierto parecido a las anteriores, cogiendo nuestro mapa pero combinándolo esta vez con su GPS, explicándonos más o menos cómo llegar. Le dimos las gracias y nos dimos la vuelta para volver a perdernos en la oscuridad. A los pocos pasos nos llamó por la ventanilla ahora del todo bajada, diciendo que nos subiéramos y que nos llevaba. De nuevo el traspaso de inseguridades, diciéndole que no teníamos dinero y demás. Ante su insistencia aceptamos. Durante el corto viaje nos contó que era de Siria  y alguna que otra peripecia ininteligible. Paró al lado del hotel, sin más. Ligeramente avergonzado por mis suposiciones y consciente de que destaparía mi mentira, le pregunté que cuanto era. Dijo que nada, que nada.

Pero sí que ganó. Es más, ganamos. Él tenía cara de orgullo por la obra benéfica y nosotros por una redención ante las sospechas más o menos infundadas por un lado; la de maligno y dañino por el otro. Aquella noche fue de gorilas selváticos con osos polares. Unas relaciones lentas y poco fluidas, guardando las distancias pero sin llegar a poner un muro, terminando en buen puerto.

La puntilla fue la entrada al hotel, cuya recepción cerraba a las diez de la noche y había que teclear un código para entrar. Menos mal que había habitaciones en la planta baja, por lo que se pudo llamar con los nudillos en una ventana con luz. A la primera miró en silencio y a la segunda ya respondió saliendo de su habitación y abriéndonos la puerta del hotel para que, al menos, no nos quedáramos en la calle y pudiéramos dormir en el salón de la entrada. Pero, como decían en Shakespeare in Love, "todo saldrá bien, aunque no sé por qué, pues todo es un misterio". Y así fue, pues investigando la recepción terminé dando con un sobre con mi nombre y apellidos. La tarjeta de la habitación en su interior.

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