19 de julio de 2016

Lisboa (2)



Estaba muy soleado al día siguiente y, partiendo desde el Parque Eduardo VII, en el que montaban los puestos para la feria del libro, rodeé la Praça Marques de Pombal y comencé a bajar la arbolada Avenida da Liberdade. Entre tiendas caras, rotativas de periódicos, cines y teatros terminé por desviarme hacia el Bairro Alto.

En la plaza Largo do Carmo hay tanto mesas y sillas fijadas al suelo para que personas mayores jueguen al dominó como bancos de piedra donde turistas paran a descansar o consultar el mapa. En esa misma plaza también está el Museu Guarda Nacional Republicana, en la puerta del cual hay dos garitas con sus respectivos soldados haciendo guardia de forma casi inerte.

La Igreja do Carmo, muy deteriorada por uno de los terremotos de la historia de Lisboa, ahora permite ver la estructura y esculturas del interior, que ha quedado al aire libre. Al final está el Museo Arqueológico Do Carmo. Casi pegado se encuentra el Miradouro de Santa Justa, al cual accedí en mi anterior ocasión usando el elevador, pero esta vez aparecí directamente por la parte superior. Me llamó la atención que una vía de tranvía que terminaba justo ahí, en las alturas, ya no está.

De camino al Largo Chiado se hizo una parada en el Jardim das Cerejas, un restaurante vegetariano (quizás vegano) llevado por árabes que me encantó. En la mesa de atrás había una brasileña que estuvo un buen rato hablando por teléfono, lo cual me hizo atender a la anodina conversación. La razón es que la entendía perfectamente, a diferencia de a los portugueses. Como un oasis en el desierto...

Bajo la catenaria del tranvía, y tras saludar a un inmóvil Fernando Pessoa, giré a mi izquierda en la Praça Luís de Camões para bajar hasta el Tajo por la cuesta Rua do Alecrim, cruzada por numerosas avenidas bajo ella. Mezcla de librerías casi centenarias con tiendas chic que intentaban falsear su antigüedad con patéticos eslóganes tipo "Desde 2015"...

No recordaba muy bien como/donde coger el tranvía hacia el barrio de Belém, así que anduve en paralelo al río durante un buen rato, dejando a mi lado muchas antiguas fábricas reformadas para poder ser en la actualidad discotecas, gimnasios y demás. El tiempo es oro, mucho más que lo que costó el taxi que terminé por coger.

La otra vez no entré en la Torre de Belém y esta tampoco. Estuve por los alrededores intentando hacer fotografías, y digo intentando porque el viento que hacía ya cercano a la desembocadura era tremendo. Donde me decidí a entrar fue en el Padrão dos Descobrimentos, y no me arrepentí. Las vistas desde la parte de arriba eran espectaculares, más que aptas para compensar el miedo a las alturas.

Cruzando la avenida por paso subterráneo le eché un ojo al interior del ya visitado Mosteiro dos Jerónimos y a uno de sus patios interiores. Tras dejar a mi derecha el Planetário Colouste Gulbenkian (me hizo recordar que aún me quedaba por visitar el Museo Calouste Gulbenkian, en la otra punta de la ciudad) hice una breve parada para merendar en un bar típico de barrio que estaba a punto de cerrar.

Continúe atravesando una zona de apariencia pija, muy al estilo El Limonar/Cerrado de Calderón de mi ciudad. Lo que quería era ver el estadio de Os Belenenses, donde se inició Eliseu Pereira, exjugador del Málaga CF. Entre campos donde entrenaban niños y pasillos interiores donde enchaquetados discutían sobre a saber qué, me adentré hasta el lateral del palco. Estadio mediano en un barrio tranquilo del que, tras repasar enfoque/desenfoque en el mundo de la fotografía, bajé a Pastéis de Belém.

Como su nombre indica, es una pastelería, concretamente la más famosa de Lisboa, teniendo como eslógan "Desde 1837" (mucho más decente que el citado párrafos atrás). A pesar de tener una buena orientación y fijarme mucho en los detalles, siendo el mío un órgano avanzado (el cerebro), ha tenido que ser a la vuelta, y echándole mano a Google Earth, cuando he descubierto que también estaba en modo de mosaico bajo mis pies. No consumí, pero sí que entré, quedándome asombrado por la cantidad de pequeños salones que había comunicados entre sí.

Con paradas en pequeños detalles de arte entre estrechos callejones terminé cogiendo un tranvía, esta vez de los clásicos y antiguos, para estar de nuevo por las zonas más céntricas de la ciudad. Tras trabajar mi tren inferior subiendo y bajando las infinitas escaleras de algunas de las estaciones de metro (las mecánicas son para vagos/as) y tras comprarme una pobre ensalada sin aliñar que me llevé al hotel, llegué a este con no más motivación que la de dormir.

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