6 de septiembre de 2015

Londres (2)



La mañana siguiente estaba chispeando y la dediqué a hacer la compra en Butterfly Walk, un centro comercial en Camberwell Street, los alrededores de la casa. Al poco cogí el metro hacia Warren Street (al noroeste de la ciudad), donde había quedado con una pareja amiga mia para almorzar y echar la tarde paseando por el bonito y enorme Regent´s Park,

Aunque la comida fue en un chino del montón, lo llamativo era la cercanía de la enorme torre de comunicaciones de BBC London Radio (me recordó a la primera misión de Final Fantasy VIII) y una estatua de John F. Kennedy en el lateral de una de las avenidas.

El nombrado parque es un gustazo para pasear, con zonas tanto permitidas como no permitidas para perros, lagos y canales con embarcaciones, el Zoo de Londres en su interior y, lo que más me gustó, una pequeña colina desde donde se veía (y fotografiaba) el Skyline de la ciudad. Terminamos la tarde en la cervecería The Pembroke Castle, situada junto a unas vías de tren y un metálico/grafiteado puente sobre ellas.

Comencé al día siguiente mi caminata turística por el lateral sur del Támesis desde Waterloo Station, pasando por el London Eye (no subí, la cola era tremenda), "skatepark", mercadillo de libros, las obras de reforma del National Theatre y multitud de bares y terrazas. Estaba todo muy animado al ser fin de semana y, tras comprarme comida pseudomexicana en un puesto terminé por entrar en la Tate Modern, ese tipo de museo que visito porque es gratis... Eso sí, las vistas de la catedral desde arriba eran espectaculares.

Cruzando el Millennium Bridge hacia la parte norte de la ciudad, y atravesando el pequeño parque que rodea St Paul´s Cathedral, comencé a adentrarme en la City, donde poco se puede ver aparte de bancos, oficinas y edificios altos. Entre mi orientación y el mapa terminé donde quería, en la Tower of London, una fortaleza adornada (supongo que sólo aquellos días) por casi infinitas flores de color morado carmesí, y todo rodeado de cientos/miles de turistas. Además, tuve el honor de que el encargado del Tower Bridge me detuviera justo a mí para poder abrirlo y dejar pasar una embarcación.

Ya de noche, y tras casi una hora andando por calles y avenidas desiertas, alcancé la estación de metro de Borough, una de esas en las que hay que elegir entre una infinita escalera de caracol de piedra o un montacargas/elevador, llevándote ambos a casi las profundidades del planeta y, como suele ocurrir, recordándome a un videojuego (en este caso el final de Resident Evil 2).