29 de mayo de 2013

El legado de la Reina Roja.

En una de mis visitas a Cancún descubrí una tienda de libros usados regentada por una amable argentina, donde terminé haciendo algunas compras. Una de ellas fue el libro "La Reina Roja: los secretos de los mayas de Palenque", de Adriana Malvido.



Al principio lo tuve olvidado en el cajón de la mesita de noche, pero uno de estos encierros obligados por dos o tres días de incesante diluvio caribeño comencé a leerlo. Nunca he sido un apasionado de la cultura maya, pero la cosa es que me fue enganchando el tema conforme iba leyendo.


















La Reina Roja tuvo en sus manos la civilización maya durante la época dorada de ésta. No se sabe si en primera persona o manejando los hilos desde un segundo plano, pues se desconoce exactamente si era la mujer de Pakal "El Grande", la madre, la bisabuela,... Es algo muy complicado de averigüar, pues es imposible hacer un estudio genético de los restos debido al cinabrio con el que los mayas acostumbraban a cubrir los restos de los muertos.

















La ciudad de Palenque nunca estuvo en mis planes de viaje durante mi estancia en México, además de que las visitas a ruinas mayas habían quedado teóricamente finalizadas con Tulum, Chichen Itzá y Cobá. Pero la Reina Roja me atrapó de tal  manera que acabé atravesando los 800 kms desde mi estudio de Playa del Carmen a través de las muy mejorables carreteras mexicanas.

















Esperaba un viaje mucho más pesado de lo que en realidad fue, pues todo era de noche y ya se sabe mi total imposibilidad de dormir en autobuses, aviones o sucedáneos. El paisaje no iba a ser ningún entretenimiento, pues mirase a donde mirase se veía la más absoluta oscuridad. Por suerte, mientras todo el autobús dormía, yo me dedicaba a ver películas en el móvil y a terminarme el libro.

















Tras una parada intermedia en Escárcega, llegamos a la ciudad de Palenque sobre las 6:30 de la mañana. Tuve la gran idea de buscarme donde dormir en el edificio colindante a la estación de ADO, con lo que a la media hora estaba ya durmiendo. No duró mucho el sueño, pues a las dos horas ya estaba en una combi camino de las ruinas, emocionado por estar a punto de ver la que fue la casa de la Reina Roja.


















Lo primero que encuentra uno al acceder a las ruinas es una gran explanada con cuatro templos a la derecha, uno al lado de otro. El Templo de la Calavera (tiene una calavera grabada en la piedra), el Templo XII, el Templo XIII y el Templo de las Inscripciones. En el último de ellos están los restos del Pakal "El Grande". El Templo XIII es ahora llamado el "Templo de la Reina Roja", pues es ahí donde se encontraron sus restos y donde ahora, despúes de como 15 años, acaban de volver tras su estudio en México DF (casualidades de la vida). Es también el único templo que tenía un buen número de arqueólogos del INA (Instituto Nacional de Antropología e Historia) trabajando sobre él, protegidos del sol por rudimentarias lonas.


Al fondo había un gran edificio conocido como el Palacio y, pasando por un puente sobre un pequeño canal, se llegaba a una nueva explanada a modo de plaza, flanqueada por varios templos por sus lados. Me subí primero al Templo de la Cruz, donde aproveché la sombra que había en la cima para sentarme y descansar y, de camino, charlar con una familia mexicana muy agradable, que me hicieron una foto y todo. Las vistas desde allí arriba eran sobrecogedoras, observando como, los que minutos antes eran edificios imponentes desde abajo, no eran más que pequeñas ruinas en mitad de la inmensas montañas y bosques de la zona.


















Emocionado tras haber estado frente al mismísimo templo donde se encontraba la Reina Roja, pero harto de tanto calor y humedad, visité por último el Juego de Pelota y alcancé la salida tras atravesar una bonita zona de caminos y escaleras de piedra entre pequeños arroyos. Allí cogí la combi de vuelta a la ciudad.

















Palenque es, básicamente, una calle principal muy larga (llamada, por supuesto, Benito Juárez), que va desde la rotonda de entrada a la ciudad (con una escultura de cabeza maya, supongo que de Pakal) hasta el Parque Central. Por medio dejamos la zona de la estación de ADO y muchísimas tiendas, con un constante trasiego de personas que daban a la calle un ambiente radicalmente distinto a cuando llegué de madrugada.

















Almorcé mi ración diaria de tacos en un pequeño restaurante cerca de la Iglesia de Santo Domingo, resguardándome del sofocante calor y viendo el ajetreo de gente para arriba y para abajo por el Parque Central. Tras echarme en la cama del hotel una hora escasa y ponerme el bañador, puse rumbo a la que sería mi escapada de la tarde, las cascadas de Agua Azul (véase mi próxima entrada en el blog).


















http://www.alvaromartinfotografia.com