25 de mayo de 2013

Campeche.

Después de mis aventuras en la selva relatadas en mi última entrada sobre México, tomé el autobús de Mérida a Campeche, el cual tardó como dos o tres hora en llegar a la capital del estado vecino al de Yucatán.

Me busqué un autobús urbano que me llevara desde la estación de ADO hasta el centro, encontrándome allí una enorme y animada muchedumbre comiendo en los múltiples puestecillos que había, charlando en los bancos y escuchando la música callejera que amenizaba la noche. Crucé todo aquel gentío en busca de mi hotel y, como casi siempre, di con él sin problemas. Otra cosa no sé, pero el sentido de la orientanción lo tengo estupendo.

















El Hotel América está en la Calle 10, a escasos cien metros de la plaza de la catedral, centro neurálgico de casi cualquier ciudad mexicana. Un edificio antiguo, pero en buen estado, con un patio central al que daban las puertas de las habitaciones de las distintas plantas. Habitaciones que eran sencillas y limpias, teniendo el establecimiento buen precio y personal agradable. Recomendable.

Salí a buscar un sitio donde cenar y acabé, cómo no, comiéndome unos tacos en un concurrido y típico restaurante (barecito más bien) en la Plaza de San Martín. Estaban echando no recuerdo qué partido de fútbol y la gente estaba bastante emocionada viéndolo, menos la pareja que tenía al lado, bastante acaramelados ellos.

















A la mañana siguiente salí a descubrir lo que Campeche tiene que ofrecer. Lo primero fue ir a visitar la Catedral de Nuestra Señora de la Purísima Concepción, majestuosa por fuera y sencilla por dentro. Aunque la cosa está disputada, creo que es la cateral que más me ha gustado de mi viaje por México, más que la de Valladolid, Mérida o San Cristobal de las Casas. Tiene adosada la Iglesia de San Francisco, con un único y coqueto patio como separación.

Subí por la misma calle del hotel, recorriendo preciosas calles empedradas con casas pintadas de alegres y vivos colores y no tardando mucho en dar con el Ex Templo de San José (ahora un museo  y que se encontraba cerrado). Especialmente bonita una de las torres, rematada a modo de faro.














Continué avanzando por las tranquilas calles del centro de la ciudad, donde había comercios tradicionales (peluquerías, zapaterias,...) y grupos de campechanos charlando animadamente en las puertas de sus casas, seguramente sobre los temas cotidianos del barrio.

Terminé encontrándome con las murallas de la ciudad, la cual está relativamente bien conservada y rodea el centro histórico. Di con la entrada a las mismas frente a lo que decía ser un "Salón Familiar", pero que no llegué descubrir qué es lo que era realmente, pues tapaban la vista del interior poniendo un biombo en la mismísima puerta. Sospechoso...

















Ya en las murallas, tuve la suerte de que no había nadie, así que pude aprovechar para hacer algunas buenas fotos, tanto de las murallas en sí como de las vistas de la ciudad. Por atrás se veían las alegres casas del centro, las dos torres de la catedral y el mar de fondo. Por el otro lado se veía una gran avenida justo abajo, con un frenético e incesante tráfico.

Tanto me deleité con las vistas y las fotos en las murallas que terminé dándome cuenta de que ya las habían cerrado, no teniendo forma de salir. Tuve que asomarme y llamar, con mucha suerte, a unos de los trabajadores que ya se iba. Amablemente me abrió y me dejó salir.



























Por más que intento recordar, no recuerdo donde comí aquel día. Es un gran dilema el que se me presenta. Por un lado, confío en mi memoria, pues suelo recordar las cosas, más aún en viajes apasionantes como este. Por otro lado, mi estómago no pasa por alto una comida. No sabría decir si es que realmente no me acuerdo o es que no comí...

En cualquier caso, el calor era sofocante, así que crucé la avenida que rodea las murallas, atravesando un hervidero de gente y comercios menos tradicionales pero más del día a día. Puestos de fruta y verdura, tiendas de telefonía y demás. Nada más llegar al paseo marítimo (ya sabemos que se llama malecón por allí) me metí en un Oxxo a tomarme un refresco y disfrutar del aire acondicionado.
 























Estando junto al mar, Campeche recuerda muchísimo a mi ciudad. Las fotos antiguas de Málaga muestran un paseo marítimo sin playas ganadas al mar y sin rocas o espigones para protegerlas. Pues así es actualmente Campeche, con el agua rompiendo directamente casi en el mismo paseo, dando un muy agradable olor a mar.

Conforme se avanza hacia el suroeste comienzan a verse casas más señoriales, algunos pequeños embarcaderos y una zona de colinas rocosas de baja altura que daban por cerrada la bahía de la ciudad. No podía faltar la enorme bandera mexicana sobre un altísimo mástil, común a todas las ciudades del país. Aquí se llama patriotismo y orgullo de ser de donde se es. En España eso se llama ser "facha", esa palabra que los que la usan no saben qué significa pero la utilizan para designar de forma despectiva a todo lo que no se alinee con su forma de pensar. Así es mi país...

En el camino de vuelta hacia el centro me paré de nuevo un rato a tomarme un respiro y refrescarme en la plaza aledaña y homónima a la Iglesia del Cristo Negro de San Román. Es curioso que, mientras en España las compañías de telecomunicaciones imponen su ley, en muchas ciudades mexicanas como Mérida o Campeche hay Wi-Fi gratuito en casi todos los parques públicos.

Llegúe al hotel ya a media tarde y, tras sentarme a descansar en el escalon del portal de justo delante (con ese calor y esas caminatas era necesario y recomendable descansar cada hora u hora y media). Recogí las cosas de mi habitación y cogí el autobús para la estación de ADO.

















Esta vez no fue tan fácil como a la llegada, pues me pasé la parada de la estación y me ví recorrieno la ciudad  casi entera, llevándome el autobús por barrios alejadísimos de la misma. Zonas inmensas de casas que bañaban colinas enteras, cuesta arriba y cuesta abajo, en un tremendo rodeo que al principio me enfadó y al final terminé disfrutando de poder ver zonas de la verdadera Campeche, más allá de los típicos lugares. Una chica me informó de que había dos estaciones de ADO, por eso no ví la que esperaba ver y me la pasé. Tocó taxi de urgencia para no perder el autobús y embarcarme en un largo viaje de vuelta a Playa del Carmen, con transbordo en Mérida incluído.


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