4 de diciembre de 2012

Mérida artística y cultural.

Tras la decepción de la visita a Cancún, una enorme ciudad dormitorio para los trabajadores de su Zona Hotelera sin alma ni vida propia, y algo saturado de selva y ruinas, encontré en Mérida un enriquecedor y necesario cambio de aires.

Llegué de noche y procedente de Valladolid a la terminal de ADO CAME de Mérida, donde me recogió una amiga en su recién adquirido Nissan Tsuru, uno de los coches más extendidos en México. Tras cenarme un burrito y dar varias vueltas en coche por la ciudad, terminamos encontrando un pequeño hotel bastante confortable y céntrico, donde me decidí alojar tras regatear convenientemente.

Leyendo en mi inseparable móvil en la cama del hotel, descubrí que del henequén, una planta del género de los agaves, se extrae un fibra con numerosas aplicaciones en la producción textil, y a la llamada del dinero acudieron decenas de inversores a finales del siglo XIX y principios del XX. Este florecimiento económico dió lugar a un expansión urbanística de la ciudad, que fue absorbiendo las haciendas de henequén que ya existían.

















Como máximo exponente de este proceso luce majestuoso el Paseo Montejo, una enorme avenida flanqueada de preciosas y señoriales mansiones afrancesadas, convirtiéndola en la principal arteria de la ciudad. Desgraciadamente sólo pude disfrutar de ella de noche, aunque lucía preciosa también.

Actualmente, y pasada ya la fiebre del "oro verde", son muchas las haciendas de henequén las que han sido completamente restauradas y equipadas para uso turístico o ciudadano, como hoteles, paradores, museos o centros sociales.

Sin embargo, no se acomodó Mérida en su nombramiento como Capital Americana de la Cultura en el año 2000, sino que lo aprovechó para seguir potenciando esta vertiente y convertirse en un verdadero referente de arte y cultura.


















Con esto, mi primera mañana la dediqué a pasear por el centro de Mérida y, nada más salir del hotel, descubrí Santa Lucía, una pequeña iglesia situada en una acogdora plaza del mismo nombre donde se suelen reunir jóvenes y mayores para ver actuaciones de música o danza popular.

El centro neurálgico de la ciudad es la Plaza Grande, y de camino a ella se pueden observar edificios como el de la Universidad Autónoma de Yucatán, el Teatro Peón Contreras, el Templo de la Compaía de Jesús (o de la Tercera Orden), el Parque Hidalgo o el Teatro Daniel Ayala. Todo esto en escasos 400 metros, para que podamos hacernos una idea de la concentración de edificios históricos y relacionados de una u otra manera con el arte y la cultura que hay en Mérida.


















El Parque Principal (como también se conoce a la Plaza Grande) está presidido por la catedral de San Ildefonso, la catedral más antigua de México y de toda la América continental. En la puerta había quedado con una modelo y su maquilladora para una sesión de fotos, pero no apareció. Parece que la informalidad no es algo exclusivo de España, aunque sí es donde con más frecuencia se da...

En esta misma plaza, y al  lado del Palacio de Gobierno del Estado de Yucatán, se encuentra el coqueto Pasaje Picheta, una galería de tiendas y cafeterías muy al estilo de las Galerías Goya de Málaga o el Mercado de Fuencarral de Madrid, pero sin ese toque alternativo, sino más bien antiguo. En la parte más alta tenía una pequeña sala de exposiciones de entrada libre.

















Paseando bajo los soportales de la plaza se puede respirar un encantador aire añejo, en una acera salpicada de cafés clásicos, de los de ruidos de cafeteras, voces de camareros, sillas de hierro arrastrando y ancianos con sombrero arreglando el mundo. Un ambiente que me recordó a la Málaga de los 80 o a la mismísima Lisboa actual.

Los otros dos lados de la plaza tienen más edificios ilustres, como el Palacio Municipal o Ayuntamiento, el Centro Cultural Olimpo, el Museo de Arte Contemporáneo y la Casa de los Montejo, antiguos fundadores de la ciudad. Muchos de ellos estaban abarrotados de grupos de niños de visita con sus colegios.


















Las cuatro o cinco cuadras de alrededor de la catedral son un hervidero de gente para acá y para allá, lo que le da una tremenda vida a las calles de la ciudad. Delimitada al sureste por varios arcos de piedra, este área está infestada de tiendas de electrodomésticos que ocupan edificios enteros, talleres artesanales, galerías comerciales en los bajos de los edificios, puestos de comida,... Todo ello salpicado de pequeñas plazas con sus correspondientes iglesias, donde siempre hay espectáculos, mercadillos de artesanía o, simplemente, gente de relax con sus portátiles. Destacar que todas las plazas del centro histórico tienen Internet inalámbrico gratis, de lo cual deberían tomar ejemplo nuestros queridos políticos españoles.

Al igual que cuando visité años atrás la ciudad de Guadalajara, en la otra costa del país, me encontré con un enorme mercado en las inmediaciones del centro. Si bien no llegaba a las descomunales dimensiones del de la ciudad de Jalisco, sí estaba integrado en un gran área comercial, en la que las calles estaban invadidas de puestos y vendedores.

















Ya por la noche me recogió otra amiga en el hotel, esta vez en un Mazda 3 (me gusta analizar los coches que usa la gente de los sitios que visito) y salí a los bares de un centro comercial, que es donde los mexicanos acostumbran a pasar su tiempo libre y tomar copas, ya alejados del centro histórico. Sin embargo, y para mi agradable sorpresa, la siguiente noche pude salir por el centro. Resulta que ciertos días de la semana (no sé cuales) cortan el tráfico a partir de cierta hora para que los bares puedan poner sus terrazas sobre la calzada, creándose un entorno estupendo para charlar o escuchar música en la misma calle.

Por desgracia, poco más pude ver de Mérida, habiéndome perdido muchas cosas de las que ofrece la ciudad. Aún así, volví un par de veces, pero todas de paso, yendo o volviendo de otros pueblos o ciudades, sin ocasión de hacer más visitas. Esto significa que... volveré.


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