22 de julio de 2012

En el centro de Yucatán.

Cuando organicé la visita a la zona arqueológica de Chichén Itzá programé la vuelta de forma que, en vez de ser directa, hiciera un transbordo de autobús en Valladolid. De este modo, disponía de algo más de una hora para visitarla, tiempo que parecía suficiente para ver una ciudad pequeña como esta. Pero llegado el momento me sorprendí, descubriendo que Valladolid ofrece demasiado para poderlo disfrutar en tan poco tiempo. Aproximadamente un mes después tenía un viaje a la ciudad de Mérida, con lo que aproveché para solucionarlo volviendo a parar en Valladolid, esta vez unas cuatro o cinco horas y así  poder ver la ciudad con más calma.

















La ciudad hereda la estructura de la de las ciudades españolas, común hoy en día a muchas otras ciudades mexicanas. El centro es la plaza de Francisco Cantón, parque y punto de reunión para los vallisoletanos, que aprovechan la puesta del sol y la caida de la temperatura para pasear, charlar en los bancos o aprovechar la conexión inalámbrica para llevarse sus portátiles, todo ello aderezado por chucherías y aperitivos (botanas en México) que los vendedores ofrecen desde sus típicos carritos.


















Comí en el Bazar Municipal, aprovechando su techado para huir del agobiante calor durante un buen rato. Dos de los laterales de la plaza se encontraban cortados al tráfico porque en ellos se llevaban a cabo los preparativos para un discurso electoral en esa misma noche. Me aventuré entre trabajadores, camionetas, andamios y un sinfín de sillas de plástico para llegar hasta la catedral, denominada Templo Parroquial de San Gervasio, remodelada y reorientada varios siglos después de su construcción. 



Entonces comenzó la búsqueda de los edificios religiosos. De los muchos de los que dispone Valladolid, decidí visitar la iglesia de San Juan de Dios por cercanía y San Bernardino de Siena por su fama y atractivo. La primera de ellas se encuentra a unas pocas manzanas (cuadras en México) de la plaza central y me llevó poco tiempo llegar a esta ella. Adornada su fachada por los típicos banderines de colores mexicanos, la iglesia preside una plaza mucho menos bulliciosa y más tranquila que la de Francisco Cantón.


















Cerca de esta última se encuentra el Museo de San Roque, un antiguo hospital reconvertido para mostrar la historia del antiguo Zací, lugar donde fue fundada originalmente la ciudad de Valladolid. Aunque la entrada principal se encuentra en una de las calles que parten de la catedral, tuve la suerte de encontrar una entrada alternativa por uno de los laterales y que permite también descubrir el Parque de los Héroes.


















En la misma acera de la catedral y a pocas cuadras de esta llegamos a la popularmente conocida como Las Cinco Calles, una pequeña plaza que rompe el esquema tradicional mexicano, siendo confluencia de las citadas cinco calles en vez de las cuatro habituales. Atravesándola alcanzamos el barrio de Sisal, donde concurridos parques y áreas verdes rodean el Ex Convento de San Bernardino de Siena. La iglesia es de estilo franciscano aunque el resto de la enorme construcción bien podría confundirse con una fortaleza medieval, con gruesos muros y altas almenas.


















Dado que no quedaba mucho tiempo hasta la salida de mi autobús para Mérida, decidí usar el tiempo restante en callejear por el centro de la ciudad. A diferencia de la mayoría de las ciudades europeas o norteamericanas, Valladolid aún conserva el encanto del comercio tradicional, la mayoría situados individualmente en locales a pie de calle y otros dentro de castizas y acogedoras galerías, como la del Mercado de Artesanía. Aquella tarde pude disfrutar de mezclarme en el bullicio de vallisoletanos camino de sus quehaceres diarios al zapatero, sastre o relojero, lo que, unido a inminente comienzo del citado discurso electoral, hacía de las calles de Valladolid un hervidero de gente inesperado y agradablemente sorpresivo para una pequeña ciudad en mitad de la selva yucateca.


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