11 de julio de 2012

El día que Kukulcán despierte...

Es obligada la visita a las ruinas de Chichén Itzá sin importar la razón que haya traido al viajero hasta la Península de Yucatán. Algunos llegan a esta zona arqueológica atraídos por la riqueza de la cultura maya y otros por el morbo de los que han querido ver el fin del mundo en una malinterpretación de su calendario. Los hay que llegan por razones más prosaicas que las anteriores, como aprovechar el paquete vacacional contratado o, simplemente, aprovechar también la pirámide para dar lustre a la imagen de perfil de Facebook. El caso es que allí se dan cita miles de personas cada día y, ese día, allí estaba yo.

Lo primero que uno ve al levantar la cabeza, aún en la explanada de los autobuses, es un enorme cartel que anuncia un mercado de artesanías. Al atravesar el arco sobre el que está colocado comprobamos que, efectivamente, estamos en un mercado de artesanía. Paso ligero durante unos segundos y cara de no entender español para escapar de los siempre agobiantes comerciantes y alcanzar la zona de taquillas. Confusa ella, pues hay que comprar dos entradas diferentes, a saber, una para cada institución de las que gestionan la zona arqueológica.

Una vez pasados los tornos de entrada toca atravesar un largo corredor, flanqueado a ambos lados por más puestos de artesanía, donde más comerciantes te acosan sin piedad hasta la llegada, por fin, a la zona arqueológica propiamente dicha. En esta es donde se reunen los guías, imprescindibles si se quiere salir de allí con la sensación de haber visto algo más que simples piedras.

La estructura de la zona, a grandes rasgos y desde el punto de vista de un no experto en cultura maya, es bien sencilla. Lo primero que se encuentra el visitante es una gran explanada donde se hallan los edificios más reconocibles, los que más aparecen en revistas y postales. El Juego de Pelota a la izquierda, la pirámide de Kukulcán en el centro y el Templo de los Guerreros y de las Mil Columnas a la derecha. Hay más construcciones, pero destacan estas tres.

















Se invierte bastante tiempo en realizar la visita al completo, pues el guía va desgranando cada detalle de las construcciones. El por qué aparece un tipo de animal y no otro, el funcionamiento del juego de pelota maya, la bajada de la serpiente por las escaleras de la pirámide durante el equinoccio o la colocación del Chac Mool. Todo ello lo complementaba con fotografías pegadas en un álbum que, si no tuviuera la absoluta certeza de que los mayas no manejaban cámaras fotográficas, su estado de conservación me hubiera llevado a pensar que eran parte de las mismas ruinas.

Para llegar al segundo área de la zona arqueológica y para moverse entre las distintas partes de la misma hay que hacer un ejercicio de paciencia y saber estar, pues de nuevo decenas de comerciantes esperan a los visitantes apostados a los lados de los senderos. Como si del tren del escobazo se tratara, hay que pasar lo más rápido posible mientras intentan llamar tu atención en todos los idiomas imaginables o imitan el estridente sonido de un jaguar con un artilugio de madera, llegando algunos a mostrar malas formas si no se les presta atención.

















De apariencia más descuidada, esta zona es realmente la de más interés en mi opinión. Esto es debido a que, a diferencia de la zona de la pirámide de Kukulcán, estas edificaciones no han sido restauradas con material nuevo, sino que, aunque se conserven en peor estado, casi no han sido modificadas. Destaca la estructura conocida como El Caracol, un enorme y original edificio usado a modo de observatorio astronómico por los antiguos mayas.

Toque de atención para el gobierno mexicano y, en especial, para el INAH (Instituto Nacional de Antropología e Historia). Es comprensible el deseo de explotar económicamente un filón como Chichén Itzá, pero la invasión de puestos de artesanía y el grado de acoso al que someten los comerciantes es desesperante. Se trata de una zona de un enorme atractivo turístico que, con más de un millón de visitantes al año, es de sobra autosostenible desde el mundo de vista económico como para tener que caer en semejante despropósito. Las autoridades tienen la certeza de que esto no va a disuadir a nadie de visitar una de las nuevas siete maravillas del mundo, y seguramente están en lo cierto. Pero deberían buscar en este menosprecio a los efectos de la citada paupérrima organización una de las razones de esa imagen exterior de la que México no sabe cómo deshacerse.

El dedicar tantas líneas a criticar la permisividad de las autoriades con el tema de los puestos de artesanía no significa que Chichén Itzá no tenga más que contar. Consciente de la cantidad de información a la que se puede acceder hoy en día sobre la cultura maya, veo más práctico centrarme en los aspectos más inusitados o llamativos que en la pura descricpción y explicación de las zonas arqueológicas que voy visitando.

Chichén Itzá es un imponente conjunto de construcciones de la antigua civilización maya que, si bien el turismo y todo lo que le rodea nos puede distraer de ello, fue una enorme y poderosa ciudad hace poco más de mil años. Es indescriptible la sensación de encontrarse ante la pirámide de Kukulcán que, más allá del propio valor histórico y cultural que posee, produce un tremendo sobrecogimiento al ser consciente de estar a escasos metros de ese monumento que siempre uno vio en libros de texto del colegio o documentales de Discovery.


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