29 de julio de 2012

Cerca del cielo.

















Encontrarme un Hard Rock casi nada más bajar del ferry es algo que, al menos en mi caso, trastoca cualquier plan previsto. Y eso ocurrió en Cozumel, donde fui a dar de frente con uno nada más salir de la terminal marítima. Eso obligaba a, por muy temprano que fuera, entrar y comer.

Después de dar buena cuenta de una Legendaria (la hamburguesa estrella de la cadena de restaurantes) en el que, tal y como reza un cartel en la puerta, es el más pequeño de los Hard Rock del mundo, volví a la terminal marítima para comenzar la excursión de esnórquel que tenía contratada.

Tres paradas en tres zona distintas del segundo mayor arrefice de coral del mundo. Los primeros minutos los invertí en aprender a no tragar agua con el esnórquel puesto pero, una vez acostumbrado, me lancé a hacer inmersiones relativamente profundas (tanto como dan mis pulmones) para poder nadar entre restos de galeones hundidos y peces de colores. Impresiona ver, como si fueran astronáutas sobre la superficie lunar, grupos de buzos caminano sobre el profundísimo fondo marino mientras iluminan con sus potentes linternas.

En el camino de regreso, entre botellas de agua y refrescos para rehidratar, el instructor estuvo hablando sobre sus años de experiencia en el mundo del buceo y sus peripecias en el mismo. Parte apasionante verdad y parte vacío adorno en busca de la admiración del visitante y la posterior propina.

La isla de Cozumel tiene una increíble oferta de naturaleza, pero el centro de la ciudad poco tiene que ofrecer. Típica plaza central e iglesia cercana, todo convenientemente aderezado por tiendas de recuerdos y artesanía de dudoso valor. Los artículos estrella son todo tipo de piezas relacionadas con el calendario maya y, de camino, también el azteca.

Ya a media tarde decidí, asumiendo un gran riesgo, alquilar una bicicleta para cruzar a lo ancho la isla, ansioso por descubrir sus famosas y paradisíacas playas. Los minutos pasaban y, por más que pedaleaba, la ansiada costa nunca llegaba y los catorce kilómetros parecían no tener fin. Llegado a un punto en el que calculé iba a pasar la noche aislado en medio de la nada, tomé la decisión de regresar. El objetivo de llegar al cielo, como llaman la costa de Cozumel por la casi imperceptible unión de este con el mar, quedó pospuesto.

Son pocas las experiencias de las que no se puedan extraer provecho o conclusiones. En esta disfruté (sobre todo a la ida) de un placentero paseo en bicicleta por una carretera rodeada de selva a ambos lados. También a detenerme lo mínimo, compaginar beber agua con las danzas rusas (esas que levantas un pie y luego otro a máxima velocidad) y reemprender la marcha con celeridad para no ser devorado por cientos de mosquitos.


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