12 de junio de 2012

Una de piedras y arena.

Las expectativas de ver en vivo la típica postal de Tulúm, con un espectacular Mar Caribe de color turquesa, se iban desvaneciendo conforme avanzaba hacia la entrada de las ruinas. La constante lluvia que arreciaba (con repentinos cambios de intensidad incluídos) hacía intuir que, si quería ver ese día las ruinas, me tendría que mojar. Teniendo en cuenta el calor que hacía y que iba en bañador, lo único que faltaba era darle utilidad a la toalla, envolviendo la cámara de forma que sobresaliera tímidamente el objetivo y decidiéndome a salir del techado en el que ya llevaba rato sopesando la situación.

Rodeados en el pasado de densa vegetación selvática, templos y demás construcciones salpican en la actualidad una verde explanada, sin duda resultado de la adaptación de la zona a las visitas turísticas. Como por encargo de los antiguos mayas, numerosas iguanas vigilan desde las edificaciones el contínuo flujo de turistas que cada mañana invade su descanso. Inmóviles, mimetizadas con la roca, controlan con la mirada todo movimiento a su alrededor. Algunas, incluso, se acercan a los caminos, dejándose querer por los visitantes.


















Más allá de su valor histórico o estado de conservación, cada zona arqueológica tiene algo que la hace especial. Incluso para el que ni se ha molestado en recopilar información antes de la visita, es fácil descubrir que en el caso de Tulúm se trata de su espectacular ubicación. Esta atalaya sin igual domina una gran área de costa, rematando desde las alturas una pequeña pero concurrida playa.

La visita terminó alargándose más de lo previsto, y la idea inicial de descubrir las afamadas playas cercanas a las ruinas (no la de las mismas ruinas) se transformó en ir a almorzar a Tulúm pueblo, en un típico sitio de comida mexicana sobre la Carretera Federal. Típico en apariencia, porque la comida corrida (como se le llama al menú del día en México) se componía de una fuente con pollo, mole, ensalada, espaguetis y arroz... Extraña combinación... Al terminar, y aún con tiempo por delante, decidí cambiar el ticket de vuelta del autobús por uno que me dejara en Akumal.


















Akumal, en principio, es una pequeña población con una espectacular playa de arena blanca, donde multitud de palmeras cocoteras dan la bienvenida asomando su copa casi sobre la orilla. Es al meterse en el agua cuando uno descubre que no se encuentra en una playa cualquiera. Las primeras veces pasan por confusión, pero a las siguientes ya uno empieza a sospechar que hay algo más. Lo que parecían ser peces termina revelándose como enormes tortugas marinas asomando la cabeza para respirar y que nadan plácidamente a escasos dos o tres metros del atónito bañista.

Al terminar el día pude ahogar mis penas por no haber tenido equipo de esnórquel con una increíble puesta de sol sobre aquella preciosa playa, mientras un grupo de turistas ahogaban las suyas con un "cold coconut" de elevado contenido alcohólico.


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