11 de junio de 2012

Las dos caras de Puerto Morelos.

Fue correcta mi elección de hacer a pie los aproximadamente dos kilómetros que separan Puerto Morelos de la Carretera Federal, evitando de esta forma taxi y colectivo. Demasiado poco andamos en el día a día de nuestras ciudades como para no disfrutar de buenas caminatas cuando estamos conociendo un país que no es el nuestro. Esto, unido a que no me desagrada andar, hizo que pudiera apreciar detalles que de otro modo me hubiera perdido.

Ya desde la carretera que lleva al pueblo se puede apreciar el marcado carácter pesquero que tiene Puerto Morelos. En las orillas de los pocos lagos que el tupido manglar deja al descubierto, madres con sus hijos (los padres y hermanos mayores están en el mar) andan de arriba para abajo con palos, cubos y demás rudimentarios utensilios de pesca.


















La carretera lleva directamente a la plaza del pueblo y el puerto pesquero, con varios embarcaderos y pequeñas barcas amarradas, algunas de ellas para llevar turistas a bucear al arrecife de coral. En esta zona están las tiendas y los sitios para comer, siendo algo más caros los de la misma plaza que los de las calles que desembocan en ella. Aquí encontramos también la clásica estampa de Puerto Morelos, con sus dos faros. El más cercano a la orilla es el símbolo del pueblo, inclinado por un huracán, y el de justo detrás el que hicieron para sustituirlo.


















El pueblo en sí tiene poca historia. Aunque bueno... mejor me explico. Si no atenemos al significado literal de "historia", es de los que más tienen de la zona, pues existía ya antes del desarrollo turístico de la Riviera Maya. Otras poblaciones cercanas, como el mismo Cancún, eran puro manglar hasta hace apenas 40 o 50 años, cuando creció a espaldas de la zona hotelera casi como una ciudad dormitorio de ella.

Aclarado esto, Puerto Morelos tiene poco que ver. Partiendo del embarcadero, y de cara al mar, encontramos una larga playa a nuestra izquierda, con el romper de las olas en el arrecife a escasos doscientos metros. Es tranquila y apacible, ocupada mayormente por mexicanos, en la que los niños montan historias y juegos de piratas sobre las barcas de pesca que sus padres tienen allí amarradas.


















Detrás, sólo unas pocas calles con bonitas (y posiblemente caras) casas de extranjeros, relajados centros de operaciones de los negocios inmobiliarios u hosteleros que tienen por toda la Riviera Maya. Esperemos que no acaben conviertiendo Puerto Morelos en un nuevo Playa el Carmen.

Volviendo a la plaza del pueblo, pero encaminánonos hacia la derecha, encontramos una playa menos atractiva y apetecible, salpicada de algas y postes de madera para el amarre de las embarcaciones. Es corta, y tras unos cuatrocientos metros nos topamos con el muro del puerto comercial. La garita de vigilancia, contenedores y una valla metálica, entre otras cosas, flanquean el paso, pero no impiden observar el misterioso barco hundido que hay al otro lado.


















En la misma playa, y casi engullidos por la arena, resisten los barracones prefabricados de lo que en su día fue un colegio. Paseando por las instalaciones abandonadas descubrimos unas aulas casi olvidadas por el tiempo, donde las últimas explicaciones de los profesores permanencen escritas en las pizarras, y los murales y dibujos de los niños aún cuelgan de los tablones.

Hacía poco que quedó atrás un grupo de niños recibiendo con entusiasmo la llegada de la barca de su padre y hermanos tras la jornada de pesca. Irrumpieron a la carrera, cubos con pescado en mano, en la zona del colegio para, por la simple evidencia, descubrir yo que vivian en él.

















Ya explorada la carretera de acceso al pueblo en la caminata inicial, tocó usar transporte público de vuelta a la Carretera Federal. Aproveché la espera del colectivo para visitar la iglesia de San José, situada en la misma plaza central. Me pareció curioso, por ser la primera vez que lo veo, que el lateral derecho de la nave central estuviera completamente abierto y dando a un jardín, con lo que la imagen que en él habia estaba completamente al aire libre.


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