27 de enero de 2020

San Petersburgo (2)

Las primeras pinceladas de esta Venecia norteña las descubrimos cuando cruzamos el Río Fortaka, en cullo puente hay un hombre tocándole los huevos a su caballo. Dejando a un lado laBilioteca Nacional de Rusia y al otro la Filarmónica de San Petersburgo, cruzamos esta vez el canal Griboedova para plantarnos frente a la Catedral de Kazán a la izquierda y la Iglesia del  Salvador Sobre la Sangre Derramada al fondo a la derecha.

Comenzamo recorriendo la zona circundante del parque que precedía a la catedral que lo presidía. La que parece fachada y entrada principal en realidad es un lateral, llevando a un bonito interior, mas más detallada y concreta sería la descripción proveniente de un experto en arte que de mí.

De nuevo cruzamos la Avenida Nevsky para cruzar el canal hasta la iglesia, no sin pararnos y entrar en la librería Don Knigi en el Singer Company Building, una imagen habitual en redes sociales o guás de San Petersburgo. En paralelo al agua nos detuvimos en el restaurante MOD (por lo visto, también tiene abajo o al lado su parte discotequera). Tomamos lo que parecía media manzana piintada de rojo, pero que terminó siendo un dulce riquísimo; infusiones aparte.

La iglesia es marcada y colorida en su exterior, estropeándola como siempre las obrass, siendo en este caso una especie de preservativo en la torre más alta. El interior es diáfano en cuanto a mobiliario, pero a tope de turistas, sobre todo de chinos cuyo único interés es son las fotografías con el móvil. Para compensar todo están las pinturas que cubren techo y paredes, que son para quedaarse un buen rato gozando de cada particularidad.

A  la salida paseammos por la otra parte del canal mientras íbamos echando un ojo a los puestecillos de mayor o menor atracción. Nos paramos e incluso abrimos una puerta para husmear lo que parecía un museo, pero como el cartel estaba en ruso no lo pudimos confirmar hasta el día siguiente.

Fuimos de un canal a otro en dirección noreste bordeando la zona aún más céntrica hasta dar con el Río Nevá (yo creo que único como tal) y pararnos a observar la panorámica, destacando la  justo enfrente Fortaleza de San Pedro y San Pablo, en la Isla Zayachy. La avenida paralela al río estaba cortada al tráfico aún no sé (o no recueerdo) por qué, con lo que paseábamos con más libertad.

Llegamos hasta el Puente del Palacio , uno de los muchos que se abren a la una de la madrugada para dejar pasar a barcos de mercancías y demás. Es una de las cosas que también aparece en todas las guías como imprescindible, pero nosotros ni mucho menos durábamos despiertos hasta esa hora tras tantas horas de caminata. Lo dejamos a la derecha y torcimos a la izquierda para rodear y plarnos frente al Palacio de Invierno. Es impresionante, grande y bonito. Y eso sólo de refilón nada más verlo, sin entrar en su historia, arquitectura, etc. Aprovechamos para ver el patio de la instalaciones  informarnos sobre tarifas y horaios para el día siguiente.

Fotografías:
https://www.flickr.com/photos/alvaromartinfotografia/albums/72157711918114252

Página web:
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26 de enero de 2020

San Petersburgo (1)

Entre que si te iba a dar una sopresa, que si entonces para qué me lo dices, que si es que no sabía como hacerlo, que si entonces lo hago yo que sí sé, que si entonces no es una sorpresa, que si me da igual, que si bla, bla, bla... ¡Nos vamos a ver a Bon Jovi a Rusia! Extremismo puro; si no quedan entradas en el sitio más cercano (Madrid) pues nos vamos al más lejano (Moscú). Además, ya lo vi hará quince años en lo que se llamaba La Peineta. Billetes de avión, reservas de hotel, entradas para el concierto, visados, seguros médicos y... ¡despegamos!

Pero es que también lo vi en Barcelona unos pocos años después y allí es donde me encontraba un rato después haciendo unas horas de transbordo. No quería volver a pisar Cataluña para no dejar ni un sólo euro allí. No sólo porque ya le damos demasiado, sino porque a casi la mitad, ni agua. ¡Me sentiría el raro entre tanto Gurb! Me paré a pensar que los aeropuertos son zona neutral y, una vez más calmado mi patriotismo y horas de lectura, me puse a disfrutar de la Torre Collserola y del Templo del Tibidabo en la lejanía.

Ya aterrizados en el aeropuero de San Petersburgo nos enteramos de que la conexión autobús-metro entraría en funcionamiento en más de una hora, con lo que nos decantamos por un taxi. Entre el aeropuerto y lo que se podía ir considerando ciudad había unas afueras desoladoras. Grandes terrenos descampados por aquí y grupos de tres o cuatro edificios de más de veinte o treinta plantas por allá. Los cruces vacíos y los semáforos aburridos. Todo desierto y nosotros entre la soñolencia y la radio ininteligible de fondo.

Conforme íbamos entrando en San Petersburgo como tal empezaban a aparecer el orden, las calles y avenidas más señoriales y nuestro semioculto hotel. Éste era pequeño pero más que decente, con la pega de que nada más que había chinos acudiendo en tiempos cronometrados a  la  máquina de café e infusiones, pareciendo ser su único interés. La ciudad continuaba como deshabitada y con un frío terrible a pesar de ser (o parecer) de día. ¿Qué pasa? ¿Este es el esplendor de la famosa San Petersburgo? Pues sí, pero a las cinco de la madrugada que eran. Es lo que tienen las altas (o bajas) latitudes...

El hotel estaba cerca de la estación de tren, y dirigiéndonos hacia la rotonda/plaza en la que se encuentra pasamos por al lado de otro hotel llamado VOX. Cuando conoces a la persona con la que vas no hace falta más que señalar el cartel y emitir una ligera sonrisa para picarla telepáticamente. En la Plaza del Levantamiento, plagada de banderas rusas (¡pero qué fachas!) dejamos a un lado la curiosa estación de metro del mismo nombre para encarar la Avenida Nevsky, la principal de San Petersburgo y también con telas de los mismos tres colores cruzándola hasta el final (¡pero qué refachas!).

Lo poco abierto que nos íbamos encontrando avenida abajo era algún que otro antro del que salían jóvenes tambaleantes y vociferantes, más allá de vagabundos acurrucados. En vista del decrépito ambiente nos metimos en un extrañamente abierto y lógicamente vacío Starbucks para desayunar, envenenarnos y entrar en calor, ya que empezaba a ponerme en modo varsoviano.

El refrigerio nos permitió ir haciendo paradas para fotografiar detalles curiosos o disfrutar escaparates interesantes, porque estos turísticos de allí tenían su gracia con las conocidas "matrioshkas" y bonitos juguetes/adornos tales como los autómatas. Me vinieron a la mente libros como Las Luces de Septiembre y videojuegos como Syberia (su nombre ya le da cierta relación).

Fotografías:
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30 de agosto de 2019

Tavira

Tocaba escapada veraniega y nos decidimos por Tavira, donde ya estuve  hace más de diez años para desayunar de camino a Lisboa. Esta vez llegamos de noche y nos quedamos en las afueras del pueblo a dormir, concretamente en Mi Casa Su Casa; más que recomendable. Fácil de encontrar, aparcamiento en la puerta, un hombre saliendo a recibirnos de madrugada, habitaciones estupendas y desayuno en  modo "haga y coja lo que quiera".

La otra vez dejé el coche por el sur cerca de un hotel mamotreto (idealizado por aquella época) y bajé por la calle Dr. Marcelino Franco. Esta vez dejamos el coche por el oeste al lado de la iglesia de San Francisco y bajamos mirando negocios locales de cierta originalidad, aparte de un museo fotográfico/estafa. En cualquier caso, terminamos en el centro, con su plaza y parque. Es donde paré la otra vez, pero esta continuamos.

Cruzamos el río Gilao por un bonito puente que conecta las dos partes céntricas del pueblo. Estuvimos una hora tomándonos infusiones y charlando en una esquina de la Plaza de Antonio Padinha. Allí se encuentran el Jardín de la Alagoa y la iglesia de San Pablo.

Continuamos en paralelo al río hasta volver a cruzarlo por otro puente, echarle un ojo al mercado, pasar cerca de las multitudes comiendo pescado, atravesndos el parque y llegando al castillo. Lo tenía un poco borrado de la memoria y subimos a él. Un tranquilo patio central y unas muy buenas vistas de Tavira. Por las escaleras, si no tienes cuidado, te puedes matar.

Almorzamos al lado de donde dejamos el coche, concretamente en el restaurante Avenida. Probé el bacalao dorado, un plato muy típico de allí y riquísimo. ¡Me lo apunto! También comprobé y confirmé mi incomparable portugués respecto a la última vez que fui a tierras lusitanas. Pude hablar con el camarero más allá de leerle y señalarle la carta.

Pasamos en coche por las calles estrechas de la parte antigua para dejarlo bajo el puente más grande y cercano a la desembocadura. Dejamos la réflex en el maletero (por eso sólo hay fotografías de la mañana) y recogimos otras cosas como las toallas. Y es que... ¡nos íbamos a la playa! Compramos los billetes para el ferri y nos pusimos a esperar en la acera; sentados y a la sombra. Pasó un vagabundo y embarcamos poco despúes.

Son unos veinte minutos de navegación hasta poner pie en madera, concretamente en la del pequeño puerto (si es que llega a serlo). Es más que suficiente y es lo que pega en ese parque natural, pero al lado había un enorme cartel anunciando la próxima construcción de un nuevo superpuerto. ¡Yuju! (...). Anduvimos un poco para atravesar un campamento ("camping" para los que no sepáis español) y dimos con una preciosa y enorme playa. Plantamos la sombrilla en la parte más oeste, junto al faro y el espigón. Un agua muy limpia y fría.

El tiempo allí pasó volando, y el último ferri no salía muy tarde, así que hicimos todo de vuelta y terminamos descansando (sí, la playa cansa) tomándonos un rico helado. Caravana a la salida por turistas/residentes temporales acudiendo en masa a los centros comerciales, nos perdimos en un descampado al que le terminé por ver su aquel. De vuelta para cruzar la frotnera sobre el río Guadiana tras una por sorpresa e improvisada escapada a un pueblo que tenía olvidado.

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4 de agosto de 2019

Córdoba

La carretera de Málaga a Sevilla poco tiene que ver con la de Málaga a Córdoba. A partir de la separación tras bajar del Puerto de las Pedrizas, la primera empieza con la Vega de Antequera, toda llana y sin más, y continúa por más y más fábricas conforme te vas acercando a la capital. La que va hacia Córdoba poco tiene que ver, pues lo que ves es campo y más campo, con bonitos y pequeños pueblos por aquí y por allá (con la excepción de Lucena, pero que no se ve mucho desde la autovía).

Quedamos en la estación de autobuses y, una vez nos encontramos tras llamadas y mensajes, aprovechamos para desayunar allí. Comenzamos a caminar por los Jardines de la Victoria, esa alamenda que no recuerdo si tiene álamos y que atraviesa gran parte de Córdoba de norte a sur. Dejamos  a un lado el Teatro de la Axerquía, donde estuve hace un par de años para un concierto de Ara Malikian, y al otro lado el Alcázar de los Reyes Cristianos, en el que me hubiera encantado hacer fotografías pero estaba cerrado.

Cruzamos el Guadalquivir por el puente de San Rafael para pasear de forma paralela a las aguas por la Avenida de Cádiz. Resulta que íbamos a conocer e investigar una zona que por internet parecía atractiva, pero que conforme íbamos avanzando e introduciéndonos la cosa cambiaba. Lo que en un principio se llamaba Sector Sur pasó a llamarse Polígono del Guadaquivir, activando las alertas. A través de tan bonito entorno llegamos a donde íbamos.

Resultó ser un barrio de VPO que apestaba a orina. Unos bloques pagados por todos pero sólo para que gitanos y más gitanos estén tirados a la sombra entre jaulas de gallos de pelea y botellas de vino y cerveza. No tardé mucho en entender que no era lugar para asentarme. Por suerte, no eran más que cuatro o cinco calles entrelazadas, con lo que rápidamente ya estábamos  por zona transitable y decente, parándonos en un bar a tomarnos una infusión.

Entre el puente de San Rafael y el Romano fuimos a nivel más bajo que la carretera y junto al río, por un camino de nuevo paralelo al mismo y lleno de árboles y matorrales. Por allí había gente sacando al perro o corriendo. Resurgimos en la Torre de Calahorra, nos plantamos junto a la mezquita/catedral y nos introdujimos por el centro de la ciudad en busca de dónde almorzar. Terminamos quedándonos en el restaurante La Tata. Recuerdo la maravillosa y estupenda ensalada de la huerta positivamente; recuerdo a la mujer fuma que te fuma echada en la barra exterior negativamente.

Dejamos a un lado la iglesia de San Pedro para callejear por las típicas casas andaluzas y cordobesas; muchas preparadas para la inminente Feria de los Patios. Todo un museo de naturaleza y arte por partes iguales y al aire libre. Rodeamos el interior de la Plaza de las Correderas, visitamos una farmarcia como no podía faltar e hicimos una nueva parada frente al Templo Romano; heladería El Rubio. Allí continuamos y continuaríamos temas repetitivos que más adelante hubo que parar en seco.

El siguiente punto habitual y lógico en el que aparecimos fue la Plaza de las Tendillas; junto con la anterior, las dos principales de Córdoba. Como he dicho alguna que otra vez, en las ciudades españolas coexisten franquicias con tiendas particulares, ya sean nuevas o clásicas. Me quejo por enésima vez del alcalde de Málaga, mi ciudad, por darle preferencia a lo de fuera frente a lo de dentro, destrozando el entorno.

Apareció casi a cosa hecha la tienda cuyo nombre era "¡Qué bueno volver a verte!" acompañado de los nombres de Sevilla y Málaga, ciudades de las que cada uno de nosotros procedíamos. Tras rechazar, mas agradecer, un regalo quinielístico, fuimos sin prisa pero sin pausa de vuelta a la estación de autobús; una despedida agridulce por las temidas y repetivas matracas a reflexionar. Me relajé conduciendo de vuelta y me pedí un chino del mismo sabor pero más gustoso. Todo está en compensar.

Fotografías (no de 2019, sino de 2014):
www.flickr.com/photos/alvaromartinfotografia/albums/72157638394632816

Página web:
www.alvaromartinfotografia.com

7 de julio de 2019

Viñales (2)


La siguiente parada fue en una plantación de tabaco, ineludible por ser Viñales la zona de mayor producción de tabaco de toda Cuba. Aparte de la extensión de las plantaciones hasta el infinito, entramos en una fábrica de tabaco. Más allá de la plantación y recolección, un hombre hizo un puro delante de nosotros, explicándolo paso a paso, y se puso a fumárselo la mar de tranquilo. Era un tipo muy chulo pero con gracia, diciendo que el gobierno sólo le permite quedarse con un 10%, pero que él hacía lo que quería.

Un compañero estaba en la barra de fuera recolectando y contando los billetes que le entraban de los visitantes a cambio de zumos de fruta (sobre todo coco) y botellines de 125 mililitros rellenos de semillas de lo que parecía tabaco. Entre bueyes, vacas y perros llegamos a la carretera, donde algunos se pararon en el puestecillo de un hombre mayor que vendía plátanos.

El almuerzo fue en un restaurante al aire libre, con sólo estructuras de hierro y recubierto de paja. Mi amiga Cinthia y yo comimos unos muy buenos platos de comida criolla; por suerte, un poco apartados de la multitud. Estábamos rodeados y casi encajonados entre grandes montañas y mogotes, todo verde y vigilado por rapaces revoloteando. Buscamos nuestro autobús, pues repito que todos eran iguales y sólo diferenciables por sus números, y retomamos la ruta.

La última parada fue ante la Cueva del Indio, donde nos esperaba en la entrada un grupo que combinaba fuego y música (tragar fuego, concretamente). Estuvimos descendiendo entre estalagtitas y estalagmitas a través de poca luz (¡pero la oscuridad ya estaba allí!). En las profundidades había un embarcadero desde el que partimos por un río subterráneo, mientras que el timonel nos iba indicando a dónde mirar para reconocer y captar representaciones naturales y parecidos razonables en la roca.

En modo de resumen: nos apeábamo, fotografiábamos/disfrutábamos y nos metíamos en un autobús. Y así, todas las visitas. Y esta última no fue diferente, desembocando, atravesando el mercadillo turístico de turno (cacharritos para imitar sonidos de animales al soplar, arte de la zona y los personajes de siempre) y de vuelta al punto de partida.

Mientras atravesaba el pueblo de Viñales compaginaba ver la calmada vida de allí con reflexionar y confirmar mis pensamientos. "Plus ultra" de la lacra comunista, Cuba es un país e isla que invita a verlo de un extremo a otro. Ciudades y pueblos; plantaciones y campos. Me corroboraba ideas y me ponía otras del revés. Y es que, al igual que Bobobó, yo quería arroz a la cubana, pero allí no lo encontré.


Viñales (1)

Una de las noches en La Habana nos fuimos después de cenar al Hotel el Tejadillo, donde por un precio módico te daban una hora de wifi junto con una infusión. Muy amables los empleados y muy acogedor el ambiente, más aún lloviendo como estaba. Y, como quedaba cerca de nuestra casa de Airbnb, es donde elegimos para que nos recogiera el autobús para la escapada. No me gustan los viajes organizados, pero en esta ocasión era por practicidad.

El autobús era de los que se ven por toda la ciudad, no sé si del gobierno o dependientes del mismo. Fue muy puntual y cuando nos montamos estaba vacío. Pero resulta que era el primer punto de recogida y estuvimos más de una hora de hotel en hotel recogiendo sobre todo a españoles, italianos y sudamericanos.

Bueno, nos lo tomamos como el típico autobús turístico de todas las ciudades. Llevó también un tiempo salir de la metrópolis, pero una vez fuera ya era todo campo, embalses y plantaciones con casas diseminadass por aquí y por allá. Todo el tiempo con la guía explicando e informando sobre cada uno de los lugares que íbamos a ir visitando; en español e italiano si no recuerdo mal.

Después de atravesar la provincia de Artemisa, nombre que me trae muchos recuerdos de mi adolescencia, entramos en la de Pinar del Río y, concretamente, en el municipio de Viñales. Es aquí donde pasamos el resto de la jornada, en el Valle de Viñales y, a su vez, en la Sierra de los Órganos; un nombre que me encanta.

El Mirador de los Jazmines fue nuestra primera parada. Un hotel tranquilo y con piscina, a la izquierda de una enorme terraza desde la que disfrutar de unas vistas espectaculares, todo lleno de los famosos mogotes. Había un grupo dd música que, si bien no suele gustarme la parafernalia turística, allí venía como anillo al dedo.

Otro rato de autobús hasta el Mural de la Prehistoria, una enorme pintura de 120 x 80 metros hecha por Leovigildo González Morillo de forma directa y con pincel sobre la roca del mogote Pita. Quizá en las fotografías no se valoran las dimensiones reales, pero cuando uno lo compara con los caballos que pastan por abajo sí que lo entiende. Lógico que hicieran falta más de cinco años para terminarlo. No quisiera pasar por alto al simpático abuelete que tiraba de los bueyes e intentaba ligarse a mi amiga Cinthia.

Fotografías:
www.flickr.com/photos/alvaromartinfotografia/albums/72157678768097568

Página web:
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