30 de julio de 2020

Moscú (Bon Jovi)

Recogimos nuestras cosas en la habitación y acudimos a la recepción a preguntar qué podíamos hacer con ellas. Nos antendió la misma chica de cuando llegamos y, extrañamente, nos propuso que las dejáramos allí para recogernos ella personalmente después del concierto con las maletas y llevarnos al aeropuerto por 50 euros. Digo lo de "extrañamente" primero por la sorprendente oferta y segundo porque trataba  negocios personales en su trabajo. Pero dicha oferta era irresistible porque, supuestamente, nos quitaba muchos quebraderos de cabeza; así que aceptamos.

También fue una muy positiva sorpresa que, sin quererlo ni beberlo, la pequeña estación de tren que teníamos a escasos 100 metros nos llevara directamente a nuestro destino situado a más de 10 kilómetros. Y ese no era otro que el Estado Luzhniki en el barrio del mismo nombre y cuya traducción podría ser "Los prados". Y es por encontrarse en una de las curvas que hace el Río Moscova al pasar por Moscú. Sin duda, prefiero mil veces ese elegante nombre ruso al de "El Prat", punto de inicio de nuestro mítico viaje.


Ya al bajarnos del tren se veía al fondo de una larga y ancha recta por la que comenzamos a andar. Los carteles estaban en ruso y los chavales de las mil entradas no hablaban inglés para explicarnos. De todas formas no nos costó demasiado acceder al césped cubierto para encontrarnos en un estadio con muy poco público a pesar de la teórica e inminente hora de inicio del concierto. Ésto nos permitió plantarnos relativamente cerca del escenario y esperar mientras en el pantallón iba apareciendo el más que currado montaje multimedia de la gira.

Hablando sobre una cosa y la otra, sobre el entorno y el ambiente, fueron pasando los minutos y escondiéndose el sol. En ese típico instante en el que ya está todo el grupo menos el cantante me dió por volverme y quedarme boquiabierto con un estadio lleno a reventar por más de 85.000 rusos y dos españoles y andaluces entre la muchedumbre. Y... ¡saltó er Bon Jovi y empezó tó!


No voy a describir el concierto porque para eso se paga y se va uno a Rusia y, además, porque fue indescriptible como todo concierto de mi grupo preferido con diferencia. Pero sí que voy a dar ligeras pinceladas por aquí y por allá. Comienzo con el miedo que teníamos tras leer en pseudonoticias y comentarios sobre la decadencia de la voz del cantante, pero estuvo a FULL! No tiene la misma que hace 10, 20 o 30 años porque el tiempo pasa y los cientos de conciertos erosionan, pero a mí me pareció ESPECTACULAAA!!!

A pesar de llevar décadas escuchando todas sus canciones una y otra vez, incluyendo caras b, directos, acústicos, etc (no pudiendo hacer un Top X porque para mí todas entran en él), mis dos preferidas son las más que conocidas It´s My Life y Have a Nice Day, dos de sus himnos sobre cómo encarar y enfocar la vida. Pero, claro, por miles de veces que haya cantado toda su discografia en la ducha o en el coche, llegada la hora de la verdad y el éstasis, no me salía la mitad de las palabras. ¡Qué frustración!

Pero para frustración están los rusos. Más allá del roquero gigantón y solitario que teníamos pegado y que se tambaleaba cual barco borracho, los demás no pasaban de subir y bajar al ponerse y dejar de ponerse de puntillas como temerosa y vergonzosamente. Pero gracias a ese chasco de gente nos surgieron míticas frases para la eternidad como #RusoSiNoTeMuevesPaQueVienes y #RusoSiNoSaltasVetePaTuCasa.


Además, a pesar del grandioso y espectacular concierto, ni el grupo se libró de nuestro rapapolvo sideral  tras quedarnos plantados y patéticamente esperando a que salieran a cantar Always (como hacen Siempre) hasta que... encendieron las luces del estadio y nos quedamos con mandíbula caída como Beauty tras las locuras de Bobobo. ¡Qué desfachatez! ¡Pooon al Bon Jovi, Bon Jovi pooon al Bon Jovi, pooon al Bon Joooviii, Bon Jovi pooon al Bon Joooviii...! En resúmen, el estupendo concierto de Moscú lo terminé situando entre el escandalosamente bueno de Barcelona y el correcto de Madrid.

Pero ahora viene lo mejor, mas lo peor en vivo y en directo, porque, tras nuestras más de dos horas de saltos y desatinados/desafinados cánticos, nos tomamos loca y desesperadamente una venenosa y cancerígena Coca-Cola. Y tranquilamente fuimos comentando el reciente espectáculo en dirección a donde habíamos quedado con la recepcionista del hotel. Peeero, no todo iba a ser tan fácil e idílico, encontrándonos un estrecho y angosto pasillo formado por tiesos soldados/policías a cada lado. Si el concierto afortunadamente duró más de lo previsto, esto de ir avanzando pasito a pasito cual Muñecas de Famosa remató nuestra tardanza.


No la veíamos por ningún sitio y fuimos de un lado para otro en su búsqueda hasta perdernos. Pensamos que se había ido harta de esperar o que, directamente, nunca apareció. No me acuerdo si no cogía el teléfono o no teníamos conexión. Desesperados de noche, contando el tiempo para la salida del avión y sin nuestro equipaje.

Nos acercamos a un grupo de chicas que habían ido al concierto (o no) y que estaban emperifolladas charlando y dispuestas a irse de marcha para pedirles que llamaran a la recepcionista y explicarle y solventar semejante embrollo. Y, por suerte, así fue. Dimos con nuestra chofer, también arreglada para salir con su novio si no recuerdo mal, diciéndonos que llevaba un ratazo sin dar con nosotros de camino al descampado donde tenía estacionado su SUV. La verdad es que fue un encanto y, tras más o menos una hora conversando en anglosajón, le dimos sus 50 euros y nos metimos en el aeropuerto de Domodédovo.

Fotografías (San Petersburgo):
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Fotografías (Moscú):
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16 de abril de 2020

Moscú (6)













Que la Catedral de Cristo Salvador actual no tenga más de veinte años no le resta un ápice de magestuosidad y atracción; qué menos con las tecnologías de ahora. La combinación de sus paredes blancas y sus torres doradas la hacen limpia y preciosa. Pero, más allá de su exterior, y por mas viajes que hago, no termino de pillar las reglas del poder o no hacer fotografías en museos, catedrales, etc. Casi convencido de que es un producto de la aleatoria estupidez humana, resumiré lo que primero se me vino a los ojos: el hermoso fresco de la cúpula, sus más de diez portales y el original iconostasio.

A diferencia de la catedral original, y elujubrando que aprovechando el hueco de la enorme piscina que hubo entre la existencia temporal de la una y la otra, la catedral nueva tiene un sótano. En él está la Iglesia de la Transfiguración del Señor. Se accede por una estrecha escalera que no recuerdo si de caracol, pero sí curvada. No me viene a la cabeza ninguna otra catedral o iglesia con otra bajo la misma. Quizá me suena una cripta o similar en Edimburgo...


Detrás de Cristo Salvador hay un puente peatonal y de acero llamado Patriarshiy, que cruza el río Moscova y el canal Vodootvodny, atravesando la isla que hay entre ambos. Este segundo tramo es el que cruzamos el día anterior, y, respecto al primero, nos paramos echados en la barandilla para disfrutar del relativamente cercano Kremlin. Como era nuestro próximo destino, bajamos por unas escaleras semioculas para caminar en parapelo y en sentido contrario al río hasta plantarnos frente a una de las torres puntiagudas de las turbias y misteriosas instalaciones; Puerta Borovitsky.


Empezamos a recorrer el Jardín de Alexander con las murallas del Kremlin a la derecha y estuvimos tanteando para entrar en el Museo de la Armería, pero terminamos por desistir dado el tiempo que nos quedaba; sólo entramos a echarle un ojo a la tienda. También nos paramos y sentamos en la acera para tomarnos otro de los típicos helados de los puestecillos de por allí. Nos encontramos con la Tumba del Soldado Desconocido y un par de soldados firmes a cada lado, tras la cual se encuentra una larga losa de granito rojo dividida en 33 partes, representando cada una de ellas a las ciudades de la gloria militar.

Comimos en el sótano de una más que decente hamburguesería de la calle Kuznetskiy, frente al centro comercial Tsum. Cruzamos entre Ferrari y Maserati hasta la Plaza de la Revolución para tomar el metro en la estación de Teatral'naya y despedirnos del Moscú. Del centro, claro, porque todavía quedaba una gran tarde/noche...

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2 de abril de 2020

Moscú (5)

La Biblioteca Nacional Rusa de San Petersburgo no la llegamos a ver, con lo que la Biblioteca del Estado Ruso de Moscú no nos la podíamos perder. A pesar de que Dostoyevsky nos recibió con simpatía y amabilidad, yo, tanto antes como después del viaje, continúo más afín a Tolstói. Contra aquellos que nos gobiernan y La muerte de Ivan Ilich me han encantaron respectivamente.

El día estaba muy soleado y la luz entraba a borbotones por los ventanales. Eso no impedía que las enormes lámparas dejaran de lucir colgando y enganchadas de trabajados techos y marmoleadas columnas; todas encendidas. Tras la seguridad, comenzamos a subir tremendas escalinatas con lectores y estudiantes a ambos lados.


Fuimos atravesando y descubriendo entre grandes y ordenadas estanterías de madera y tambaleantes y saturados estantes metálicos. Las típicas pantallas bibliotecarias verdes que recubren las bombillas de luz anaranjada, una por cada mesa de los muchos universitarios que había, me recordó a la estupenda película de Los ríos de color púrpura y me recordó que la segunda parte me queda por ver.

Y un rayo de lógica y explicación brotaba al pasar de la calle Mokhovaya a la Volkhonka entre cuesta abajo, obras y un cruce de grafitis por las paredes exteriores de los edificios y presidido por Vladímir el Grande con su enorme cruz. Y es que, lo que de entrada creíamos que era una facultad, resultó siendo el Museo Pushkin, el más grande de Rusia tras el Hermitage.


Cuando terminan los edificios de la acera contraria y aparece de repente un monumento de tamaña envergadura como la Catedral de Cristo Salvador (o Redentor) te quedas boquiabierto. Y es que, dentro de las ortodoxas, es la más alta del mundo con sus 103 metros.

Fue construida en el siglo XIX pero, tras la llamada "revolución" de los socialcomunistas de la URSS, y a lo que también se dedicaban en los tiempos previos a la Guerra Civil Española, la demolieron entre fusilamiento y fusilamiento. Se supone que era para construir el denominado Palacio de los Sóviets, pero éste nunca fue levantado.

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31 de marzo de 2020

Moscú (4)

Ya había dejado de llover y aprovechamos para atravesar la Plaza Roja, cruzar el puente Bolshoy Moskvoretsky (que estaba en obras...) sobre el río Moscova y plantarnos en la serpenteante isla. Caminamos por el lado sur de ésta y fuimos disfrutando de las casas del lado opuesto, con bonitos y suaves colores. Cruzamos de nuevo, esta vez no el río sino el canal, por el puente Luzhkov. Éste es peatonal y curvado, con la peculiaridad de tener escalones por la parte central. El otro lado del canal ya pertenecía al distrito de Zamoskvorech, y continuamos paseando por la ribera de éste. Había grupos de jóvenes protegiéndose bajo los puentes mientras hablaban, escuchaban música y monopatinaban. De hecho, por todo el borde del río, una vez reincorporado el canal, había rampas "half pipe" invertidas que no sé si eran también para ello.

Aparte del monumento a Pedro el Grande, visible desde lejos por sus velas, y la cercana y dorada cúpula de la Catedral de Cristo Salvador, se veía en la lejanía y a través de los pequeños callejones un enorme edificio que me desorientó. Pensaba que era el Edificio de Kotelnicheskaya Naberezhnaya (Universidad Estatal de Moscú), visto el día anterior. Pero, no, resulta que las Siente Hermanas, que también había citado pero sin saber qué eran realmente, son los siete rascacielos de estilo soviético que hay repartidos por Moscú. El de este caso era el Ministerio de Asuntos Exteriores.


Después de hombres enchaquetados que salían a fumar en los portales de sus oficinas, pasamos por delante del Central House of Artist, el cual parece incluir el Museo de Arte Contemporáneo New Tretyakov, galerías un poco anticuadas y exposiciones temporales. Me llamó la atención que, una cosa que me encontré y sorprendió hace más de veinte años junto al Guadalquivir, como son chorros de agua que surgían del mismo suelo para refrescarse, estuvieran también junto al Moskova, frente a la galería. No es que sea un gran descubrimiento, pero me extrañó en una ciudad como Moscú. También es cierto que, investigando por la red, se ven muchas personas tomando allí el sol en verano. El cambo climático...

Empezó a llover de nuevo y nos resguardamos entre los que parecían ser puestos para ferias, mercadillos, quioscos o a saber; pero vacíos. Fue una bonita escena la del rascacielos de fondo, los tardíos rayos de sol entre las nubes y las gotas de agua sobre el crucero turístico estilo Mississippi. Dejamos atrás a una romática pareja también resguardada (¿está en su sitio la palabra "también"?) y a un chaval absorto en su móvil para profundizar en el Parque Gorki y hacer parada a merendar.


Tras porciones de pasteles e infusiones de tés nos levantamos para voler por otra parte del parque. A pesar de que el sol había desaparecido y estaba chispeando, había más viandantes por allí. Unos trabajadores montando y probando un escenario y un estanque con grandes chorros de colores nos llevaron hasta el museo del parque, con grandes columnas y adornos soviéticos, incluyendo la cara de Lenin. Nos pusimos a cubierto para aprovechar las muchas alternativas fotográficas que daba, sobre todo con el ojo de pez.

Ahora, a tiempo pasado, me da mucho coraje no haber continuado hasta el final del parque pues, aparte de haber localizado el estadio Luzhniki, a donde iríamos el día siguiente, hubiéramos descubierto el famosos y, por lo que veo, precioso Cementerio Novodévichi. También es verdad que la lluvia y la noche no acompañaban a ello. Y, además, creía que era donde se desarrolló una escena de Golden Eye (una de mis películas preferidas) pero, no; fue en el Memento Park de Budapest (¡pero tampoco lo ví allí!). Subimos la gran avenida o casi autovía proveniente del Puente de Krimsky para entrar en la estación de metro de Oktiábrskaya.

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17 de marzo de 2020

Moscú (3)

Un clásico en nuestros viajes es desayunar en el hotel e ir a la parte más alta del mismo en busca de unas vistas que capturar. Cumplimos y tomamos el metro hasta la estación de Kuznetskiy para aparecer en una concurrida calle peatonal. Nos incorporamos a Ulitsa Bolshaya Lubyanka,  una gran avenida con tiendas y paseantes de mucho lujo (sí, eso de estar vacío pero aparentar lo contrario), demostrándolo tanto las marcas como las vestimentas respectivamente.

Llegamos al Teatro Bolshói y entreabrimos la puerta para investigar, pero los dos hombretones de turno nos echaron para atrás con mala cara. Empezó a llover con fuerza y nos cobijamos en una concurrida parada de autobús donde nadie le esperaba, teniéndome que poner pegado a la parte trasera. Cuando escampó nos dirigimos al cercano TsUM. Está en muchas guías, pero nos decepcionó por no ser más que un El Corte Inglés (¡socorro, ECI por todas partes!) estilo Puerto Banús. Hay que reconocer que el edificio como tal tiene su estilo/encanto gótico renacentista. Aquí también aprovechamos la azotea, donde se encontraba el restaurante, para ver los alrededores.


Un poco para acá y para allá hasta que nos paramos a preguntar por nuestro siguiente "check-point". La mujer, joven, alta y atractiva, nos dijo amablemente que la siguiéramos, que iba a pasar cerca. Nos dió unas ligeras indicaciones al despedirnos, pero terminamos volviendo a preguntar en la ya conocida y nombrada plaza del Monumento a Pushkin.

Resulta que a habíamos pasado por delante de Eliseevsky, pero su entrada era la de un portal común que llevaba a un pasillo también común. Se trata de un antiguo palacio contruido en el siglo XVIII y adaptado a ultramarinos por el comerciante y millonario Grigiry Eliseev. Robado/requisado/nacionalizado por los bolcheviques durante la Revolución Rusa (El Coleta piensa en estas cosas cada noche mientras se la...), siempre ha mantenido diseño y arquitectura neobarroca, así como productos tanto de la época como actuales. Lo estropea una pequeña habitación del fondo más estilo chino de barrio.


Todavía no entendemos el sentido de que dos grandes camiones de limpieza fueran disparando enormes chorros de agua al cielo. El caso es que, cuando lo vimos venir, corrimos a refugiarnos en una parte cubierta de la acera en la que restauraban un edificio. Esa coincidencia espacio-tiempo nos salvó de empaparnos como los almerienses camino de sus trabajos. Cruzamos la Plaza de la Revolución, nada que ver con la de La Habana en cuanto a estética, pero mucho encuanto a significado; cuando los comunistas masacran e invaden lo pintan todo de rosa (más bien de rojo) con la palabra "revolución". En fin, atravesamos una cuesta/curva/callejón para pararnos a almorzar.

El restaurante Vanil´noye Nebro estaba en una tranquila y sencilla plaza en la que había mesas en el exterior cubiertas con grandes sombrillas (menos mal). Los camareros eran una desagradable perroflauta y un servicial homosexual a leguas. Este último demostró su profesionalidad y decencia haciendo todo lo posible para protegernos y cubrirnos durante el diluvion universal que acaeció. Mientras tanto, la camarera se resguardaba y fumaba sin parar. Fue todo un momentazo; es inegable.

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14 de marzo de 2020

Moscú (2)



Continuamos hacia el reciente y moderno Parque Zaryadye, del que me encantó la parte del camino que quedaba suspendida sobre la carretera e incluso sobre el Río Moscova. Entre su muy bien diseñada y cuidada vegetación tiene muchos puntos de interés, como una sala de exposiciones incrustada en el terreno o una sala de conciertos de cubierta semitransparente. Esta última tiene también unas gradas exteriores en las que en ese momento la gente asistía a bailes de negros africanos. Lo hacían presididos por las grandes y coloridas letras que formaban BRICS, siendo las iniciales de Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica.

Entendí su significado por un pseudomáster que hice hace más de una década y describiéndolo ahora con vagancia y copia/pega de Wikipedia como: "asociación económica-comercial de las cinco economías nacionales emergentes que en la década de los 2000 eran las más prometedoras del mundo". Yo lo resumo como "países no de acuerdo con occidente y que planean por su cuenta". Y por nuestra cuenta nos volvimos por el lateral contrario al río, por donde se encuentran hermosos y reducidos edificios en los que se encuentran monasteriores, museos e iglesias.


Después de habernos pasado por encima el helicóptero oficial de Putin y, lógica y supuestamente, el mismo Putin para aterrizar en el muy cercano Kremlin, nos fuimos alejando del colosal Rascacielos de Stalin, las Siente Hermanas o, actualmente, Edificio Principal de la Universidad Estatal de Moscú. Y ya, para terminar el día de la llegada a Moscú, lo que nos quedaba por visitar era el GUM, un espectacular edificio tanto por fuera como por dentro y que alberga un lujoso y pijo centro comercial. Lo fuimos visitando entre sus victorianas plantas y pasillos, llamándome la atención una tienda de las marca TechnoGym, la de mi amada máquina Kinesis One.

Nos sentamos a merendar los típicos y baratos helados rusos y, tras ello, nos metimos en un ascensor para evitar las ya usadas escaleras mecánicas. Coincidimos en el mismo con una mujer con un carro y vestimenta trabajadora que nos miró con desconfianza. Entonces la puerta se abrió y aparecimos en las cocinas subterráneas, saliendo la nombrada y quedándonos nosotros como si nada. Parecía no ser ascensor para el público, y no recuerdo ni como, terminamos en otra planta subterránea ocupada con un supermercado "gourmet" a lo El Corte Inglés, y que no habríamos descubierto si no fuera por este lío. Me recordó a la escena de Indiana Jones en la que Harrioson Ford y Sean Connery, sentados y atados, aparecen sin querer por donde no debían.


Pasando por delante del Teatro Bolshói nos metimos en el metro. Un rato después, y supuestamente, habíamos salido de la misma parada que por la mañana. Es decir, la del hotel. Pero no reconocíamos nada y no sabíamos por qué. Perdidos de nuevo y con Google Maps liándonos aún más, comenzamos a preguntar por aquí y por allá. En una floristería que todavía estaba abierta no tenían ni idea. Mirando un mapa de nuevo en la estación se nos acercó un hombre que, estando en Málaga, sería un chusma para robar/pedir. Pero, no, venía a ofrecerse para ayudarnos en vista de la pinta de desesperados que tendríamos. No fue la única vez, pues los rusos se acercan en cuanto intuyen duda.

Entre una cosa y otra y un buen rato después terminamos descubriendo que esa estación de metro tenía cuatro salidas/entradas, en distintas calles cada una y a tropecientos metros de una a otra. Una vez ubicados, entramos en nuestro Opencor de turno (espero que ECI me pague por mis citas) y llegamos al hotel. Nos dijo la recepcionista que no había habitación libre, pero que para compensar las molestias nos tenían una reservada en el otro Ibis de enfrente, de una estrella más. Bueno, una recompensa tras la odisea.

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